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El Montañista
Coordinado por Óscar Gogorza

John Snorri, límite de la dignidad en el mortífero K2

La familia del montañero, cuyo cuerpo cuelga a 8.300 metros, implora que no circulen fotos de su cadáver en la red

Dos montañistas regresan del K2, en 2020.
Dos montañistas regresan del K2, en 2020.Colin Monteath (age fotostock)

Durante años, y ante la indiferencia más absoluta de todos los que se abrían camino para colarse en la cima del Everest (8.848 metros), los hitos que marcaban la vía a seguir eran cuerpos humanos momificados que los aspirantes a cima observaban deseando no correr la misma suerte, mirando hacia otro lado o recreándose en la estampa, puro morbo. Algunos cadáveres permanecían acurrucados en posición fetal, buscando el calor que se les había escapado; otros aparecían sentados y en apariencia dispuestos a erguirse y continuar con la faena: la muerte los había alcanzado mientras trataban de recuperar la fuerza necesaria para descender. Los más irrespetuosos se fotografiaban a su lado… Las imágenes se viralizaron tanto como las instantáneas de las cantidades de basura que contenía la cima del planeta. Varios sherpas, después de numerosas protestas, retiraron los restos, un gesto tan cosmético como de dignidad básica. Ahora, la familia del islandés John Snorri, fallecido el 5 de febrero de 2021 en el no menos icónico K2 (8.611 metros), implora respeto para su memoria… y para sus restos, que cuelgan atados en las cuerdas del cuello de botella, a unos 8.300 metros de altitud.

Este verano la masificación amenaza con generar nuevos dramas, atascos y sinsentidos en la montaña ubicada en el Karakoram de Pakistán. Son unos 400 aspirantes los que abarrotan el campo base del gigante pakistaní y la familia de Snorri teme que las fotos de sus restos vuelen en la red: ni siquiera pide el rescate del cadáver y su entierro en las proximidades del último campo de altura para evitar poner en peligro a aquellos que pudieran asumir la tarea. Sin embargo, Mingma G, uno de los diez nepaleses que ese invierno de 2021 hicieron historia al firmar la primera invernal de la montaña, se ha ofrecido a rescatar los restos de Snorri y darles sepultura o, al menos, a dejarlos fuera de la vista de los alpinistas y de sus cámaras. En una montaña tan piramidal y vertical como el K2, el simple gesto de cortar las cuerdas en las que descansa enredado el cuerpo del islandés bastaría para que estos desapareciesen para siempre.

Snorri, cliente del alpinista pakistaní Ali Sadpara, y el chileno Juan Pablo Mohr firmaron presumiblemente la segunda ascensión invernal del K2, pero algo se torció durante su descenso y ninguno regresó a la seguridad del campo 4. El verano posterior, el hijo de Ali Sadpara, Sajid, regresó a la segunda montaña más elevada de la Tierra para buscar a su padre. Lo encontró cerca del cuello de botella, rescató su cuerpo, así como el de Juan Pablo Mohr, y con la sola ayuda de dos alpinistas más (el boliviano Hugo Ayaviri y el canadiense Elia Saikaly) les dio sepultura junto al campo 4. Los restos de Snorri, en una zona más técnica, hubieran requerido un rescate muy técnico a una altitud en la que sobrevivir ya es una gesta.

Los primeros que encontraron a los desaparecidos explicaron que la muerte les sorprendió durante el descenso, puesto que se hallaban conectados a las cuerdas fijas por aparatos descensores y no por los bloqueadores con los que se asciende tirando de las cuerdas preestablecidas. Así pues, ni habían sufrido un accidente fatal, ni se habían extraviado en las pendientes somitales. Todo apunta entonces a un caso de agotamiento en condiciones extremas de frío y con un ataque a cima que arrancó muy bajo, a unos 7.300 metros, con un desnivel enorme a resolver en perspectiva.

Sin protocolos

Sajid Sadpara había visto con vida a su padre, por última vez, en las inmediaciones del cuello de botella. Allí, sin saberlo, se despidió de él para siempre cuando su regulador de oxígeno artificial dejó de funcionar, lo que le salvó de un destino trágico. Sajid decidió esperar al trío en el campo 4, pero a la mañana siguiente estos no habían regresado. Supo entonces que la espera sería vana y decidió salvar su vida abandonando a la carrera la montaña, aunque resuelto a regresar para dilucidar los hechos que causaron la pérdida. El realizador canadiense Elia Saikary dio un paso al frente financiando la expedición de búsqueda, contando con grabar un documental en el que sigue trabajando. Pero fueron los sherpas que trabajaban en la ruta los primeros en dar cuenta del aviso: los tres cuerpos estaban localizados.

Las imágenes rescatadas de las cámaras que portaban los tres fallecidos no permitieron revelar si habían alcanzado o no la cumbre y no ha trascendido si se han podido recuperar los tracks de sus localizadores gps. ¿Alcanzaron de forma tardía la cima y lo pagaron durante el descenso? ¿decidieron dar media vuelta más tarde de lo que sus organismos pudieron soportar? ¿fallaron los reguladores de oxígeno artificial que, al menos de forma segura, llevaban Sadpara y Snorri? La familia del alpinista islandés John Snorri sufre ahora un verdadero calvario emocional, muy similar al de todos los familiares de los desaparecidos en las montañas. ¿Cómo quitarse de la cabeza la imagen de un ser querido a la vista de cualquiera que camine a su lado?

Solo en las montañas más remotas del planeta, allí donde los helicópteros apenas resultan operativos, se dan estos casos de cuerpos humanos abandonados a ojos de los alpinistas. Es un asunto acerca del cual no existe un protocolo claro de actuación, puesto que se asume que el rescate de ciertos cadáveres podría devenir en nuevas defunciones. Equipos numerosos de especialistas bien pagados (¿por quién?) podrían resolver con relativa facilidad el caso que ocupa a la familia de John Snorri, pero siempre planeará la duda de un posible accidente durante la tarea. Mientras, la decencia humana debería evitar que circulasen las imágenes del morbo.

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