TENIS | ROLAND GARROS
Columna
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Roland Garros y la fría era de lo aséptico

Con cierta añoranza he ido comprobando una progresiva pérdida de familiaridad en el ambiente del circuito, así como una creciente homogeneización del juego

Aficionados observan desde la grada en un partido disputado en la pista Simonne Mathieu de Roland Garros.
Aficionados observan desde la grada en un partido disputado en la pista Simonne Mathieu de Roland Garros.ANNE-CHRISTINE POUJOULAT (AFP)

Cada año, cuando por estas fechas regreso a París, cierta sensación de nostalgia se apodera de mí al rememorar los grandes momentos aquí vividos al lado de mi sobrino. En este escenario es, sin lugar a dudas, donde Rafael ha sido capaz de desplegar su mejor tenis y donde su esfuerzo se ha visto mejor recompensado.

Con cierta añoranza he ido comprobando también cómo las viejas (aunque sobradas de solera) instalaciones de los primeros años, en un intento de adecuarlas a las necesidades del mundo de hoy, han ido dando paso a la nueva y magnífica Philippe Chatrier y a una remodelación de todo el complejo que rezuma el buen gusto francés por los cuatro costados; aunque a mí me resultan prácticamente irreconocibles.

La sensación de calidez y cercanía que aquellas nos proporcionaban han dado lugar a unos espacios mucho más modernos pero que, al mismo tiempo, producen la distancia y la frialdad de lo no reconocido. Con el nuevo diseño se ha dado cabida, además, a los usos actuales en los que todo, a mi modo de ver, está excesivamente sometido al rigor y al cálculo propios de los nuevos tiempos. Todo tiene que estar en su lugar e inamovible, y nada debe dejarse a la improvisación o a lo no estipulado. Lo malo es que esta frialdad en pos de un mejor control también se traslada a las personas.

Estos días, sin ir más lejos, un periodista que me requería para una entrevista se topó con la dificultad de encontrar un espacio al que él pudiera acceder para poder realizarla. Me contó que ya no tenían autorización para entrar en los lugares hoy destinados exclusivamente a jugadores y acompañantes, donde antes se podían mover con total libertad. El motivo de tales restricciones es que los jugadores no sufran distracciones y que nadie pueda interferir en su tranquilidad.

Durante años conviví con normalidad y comprendiendo que el trato con los enviados especiales forma parte de nuestro trabajo, el hecho de que cualquier periodista me preguntara con naturalidad y sin necesidad de preámbulos, cuándo me venía bien contestar a unas preguntas. Imagino que al resto de los requeridos les ocurría lo mismo. Hoy día, por lo visto, estos ajetreos comprometerían la paz que los tenistas necesitan para disputar con garantías el torneo.

Este ordenamiento y control, desgraciadamente, también lo vemos reflejado en la pista. En estos primeros días de entrenamiento he podido comprobar cómo el propio jugador con el que colaboro, al igual que nuestros contrincantes en las sesiones de preparación, deja muy poco margen a la improvisación. El juego diverso de los primeros años ha ido dando paso a uno cada día más controlado y estudiado, y a la consiguiente homogeneización del mismo.

Cuando nosotros llegamos por primera vez a Roland Garros en 2005 había mucha más variedad, creatividad e improvisación en todos los aspectos. En aquella época había aún tenistas que eran especialistas en tierra y otros en pista rápida; había estilos de juego muy variados, jugadores correosos y otros que subían a la red; tenistas menos completos que los actuales que conocían sus virtudes y sus carencias, y que debían desarrollar un tenis acorde y más imaginativo.

Sin embargo, el juego que vemos hoy, y que he vuelto a comprobar tras los primeros días de entrenamiento, es un juego sin fisuras, uniforme, estudiado y muy rápido. Se ha dejado por el camino la personalidad de cada jugador en favor de un perfeccionamiento al que, por otra parte, te sometes o te quedas fuera.

Y, por supuesto, antes había un ambiente mucho más natural y familiar. El reencuentro no solo año tras año, sino torneo tras torneo, con tenistas, entrenadores, preparadores y periodistas, todos moviéndonos sin restricciones en los distintos clubes del circuito proporcionaba un ambiente familiar y desenfadado que echo algo de menos en los híper profesionales y asépticos torneos de la nueva era.

Debo aclarar y recalcar, por si hubiera creado algo de confusión, que Roland Garros sigue manteniendo y promocionando la grandeza que lo ha hecho muy justamente prestigioso en el deporte del tenis. Todos los cambios vividos no han sido suficientes para disminuir la emoción que sigo sintiendo cada vez que me adentro en las preciosas instalaciones en el Bois de Boulogne.

Espero con ansia y mucha ilusión esta nueva edición en la que sigo manteniendo, en mi fuero interno, las esperanzas de vivir un año más la victoria por mí más deseada.

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