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La Bombonera, el último recurso de una Argentina desesperada

La selección cambia el estadio de River por el de Boca, más pequeño y con el público casi cayendo sobre los jugadores. Pero la historia no ayuda a ser optimistas

La Bombonera durante el último supreclásico con River Plate, en mayo de 2017.
La Bombonera durante el último supreclásico con River Plate, en mayo de 2017.

Así como Conversación en La Catedral comienza preguntándose en qué momento se jodió el Perú, cualquier crónica de fútbol que se escriba en Buenos Aires por estas horas podría parafrasear al inicio de una de las obras cumbres de Mario Vargas Llosa: ¿En qué momento se jodió la selección argentina? Precisamente ante Perú, este jueves, el equipo que comanda Lionel Messi se jugará gran parte de la clasificación al Mundial Rusia 2018. Lo hará con el estado emocional tan alterado que decidió cambiar de estadio como quien visita a un chamán para sacudirse la energía negativa. Argentina abandonó su histórica casa desde el Mundial 78, el Monumental, el estadio de River Plate, y pasará a ser local en la Bombonera, la cancha de Boca Juniors, de cuyas tribunas más verticales y cercanas del campo de juego se espera que actúen como una escenografía intimidante para Perú. A falta de un cuadro confiable, Argentina apunta al marco. Si Messi es el director de una sinfónica en el Barcelona, su selección apela a la acústica de los estadios.

La albiceleste pretende que la Bombonera sea un Coliseo romano. Su reputación va en ese camino: como muy pocos en el mundo, el estadio de Boca desprende una aureola atemorizante para los rivales. Futbolistas que jugaron allí dijeron haberse sentido amedrentados por cómo se movían las tribunas. Pero a veces el mito choca con la realidad y éste es un caso: las estadísticas no demuestran a la Bombonera como más infranqueable que el Monumental, la cancha que la selección acaba de dejar inculpándola de no acobardar a los rivales porque los hinchas alientan más lejos del campo de juego. Incluso la única vez que Argentina no pasó las Eliminatorias fue en la casa de Boca, en 1969, justamente ante Perú, cuando empató 2 a 2 y se quedó afuera de México 70.

El Monumental y la Bombonera fueron estrenados con pocos años de diferencia, el de River en 1938 y el de Boca en 1940, pero sus diseños y contextos son casi opuestos. El Monumental fue levantado lejos del centro de Buenos Aires, en terrenos ganados al Río de la Plata, por lo que el club disponía de espacio suficiente. Como además los Juegos Olímpicos tenían más importancia que los Mundiales de fútbol, y Buenos Aires pretendía ser sede olímpica, River le agregó una pista de atletismo. En cambio el nuevo estadio de Boca fue levantado en el mismo lugar en el que se encontraba la antigua cancha de madera del club, en La Boca, uno de los barrios con mayor densidad demográfica. En esa falta de espacio, el arquitecto debió construir las tribunas lo más vertical posible y prescindir de una grada lateral (donde hoy están los palcos).

Argentina recibió en el Monumental a las potencias europeas que visitaron el país en la década del 50 pero la casa de la selección en cuatro de las primeras cinco Eliminatorias, entre 1957 y 1973, fue la Bombonera. La cancha de Boca entraría en desuso cuando el gobierno de Juan Domingo Perón, en 1974, decidió que el Monumental sería la sede principal del Mundial 78.

Con las reformas efectivizadas (durante el gobierno militar), la cancha de River quedó como la más grande del país. Como además la selección se consagró campeona del mundo, el Monumental pasó a ser la residencia oficial sin que nadie lo cuestione. Desde entonces, 1978, hasta este jueves, la desproporción de las presentaciones de la "albiceleste" en los estadios de los dos clubes más populares del país es enorme: 79 veces en el Monumental, incluidos los compromisos más importantes, contra sólo tres en la Bombonera, que encima fueron partidos sin urgencias, un amistoso ante Hungría en 1992, la última fecha de las Eliminatorias de 1998 contra Colombia (con ambas selecciones clasificadas) y un amistoso sin historia frente a Brasil en 2012.

Sumados los partidos previos a 1978, Argentina jugó 28 veces en cancha de Boca: ganó 18 (el 64%), empató 8 (19%) y perdió 2 (7%), una efectividad que parece garantía de éxito para este jueves, por más que la herida de 1969 contra Perú no haya cicatrizado. Lo paradójico es que, aunque también con fracasos históricos a cuestas (como el 0-5 ante Colombia de 1993), los números también avalan al Monumental como un escenario casi imbatible: entre 1995 y 2015, Argentina estuvo invicta en la cancha de River durante 20 años y 40 partidos. Incluso las estadísticas de los dos clubes que actúan en estos estadios obligan a replantear la leyenda que la Bombonera supone una dificultad extra. Si se cuentan todas sus presentaciones como local, por campeonatos locales e internacionales, River tiene un 62% de triunfos, 23% de empates y 15% de derrotas en su casa, contra el 61%, 24% y 15% de los "xeneizes" como anfitrión.

Lo que no es mito es que la arquitectura de la Bombonera parece hacer jugar a los hinchas. Pista de atletismo mediante, 32 metros separan a los arcos del Monumental de sus tribunas cabeceras, mientras que en la cancha de Boca hay sólo 7 metros de distancia. Respecto al banderín del córner, lo más cercano que un hincha puede estar en el estadio de River son 19 metros, contra apenas 4 de la de Boca. Y en mitad de cancha, un plateista del Monumental se ubica a 30 metros del campo de juego, mientras que en la Bombonera puede estar a 4 (en el lado de los palcos) u 11 (en la platea). También la verticalidad de las tribunas favorece a la imagen intimidatoria de la Bombonera: su primera bandeja tiene 22 grados de inclinación contra los 15 de la platea baja del Monumental, la segunda está a 38 grados contra los 22 del sector medio de River, y la tercera se inclina a 44 grados contra los 36 de la parte alta del Monumental.

"El público ha contribuido a decidir resultados pero sigue sin patear al arco", escribió Juan Villoro, aunque el fútbol argentino sólo parece aceptar la primera parte. Tanto revuelo alrededor de un estadio se entiende desde esa lógica. Y desde una selección desesperada.

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