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Un escudo manchado

Desde el pacto por el caso Neymar el Barça es un listo que se saltó las reglas y al que todo el mundo puede señalar por la calle por obra y gracia de sus dirigentes

El presidente del Barcelona, Josep Maria Bartomeu.
El presidente del Barcelona, Josep Maria Bartomeu. REUTERS

Los aficionados del Barça con alguna que otra cana brillando en el flequillo sabemos que nuestro club lleva una vida entera conviviendo con la tragedia, haciendo cosquillas al león mientras mete la cabeza entre sus fauces, abrochándose la chaqueta con despreocupación mientras se asoma al precipicio con intención de descubrir a qué huele el vacío. A base derrotas y afrentas, a fuerza de goles en contra y zancadillas de todo tipo aprendimos a vivir en la oscuridad, capaces de respirar a dos metros bajo tierra sin necesidad de oxígeno, felices sin sol que nos caliente o señale la diferencia entre el día y la noche. Crecimos sin mayor sustento que el propio orgullo de sentirnos diferentes, de formar parte de un club que era mucho más que eso, de alinearnos a la vanguardia de un ejército desarmando en el que, como los Hijos del Hierro, nadie tenía miedo a la muerte porque lo que estaba muerto no podía morir.

Como en cualquier familia siempre han surgido tensiones, las típicas fricciones propias del cariño y el roce continuo; esas peleas de cocina que terminan en nada sentados frente al televisor del salón mientras nos mordemos las uñas, compartimos una cerveza y sentimos los latidos del corazón bajo la piel del otro, sea cual sea el resultado. Una discrepancia natural sobre la que fuimos capaces de construir un club tan singular como modélico a los ojos de medio mundo. Y así fue hasta ayer al menos, cuando la junta directiva ratificó un acuerdo con la fiscalía para que sea el propio club quien expíe las culpas de sus máximos responsables y la desastrosa gestión de un fichaje que ilusionaba a la familia blaugrana sin necesidad de trucar la etiqueta del precio.

Desde ayer el Barça es un delincuente común más, un club con antecedentes en su palmarés, un listo que se saltó las reglas y al que todo el mundo puede señalar por la calle sin riesgo a equivocarse por obra y gracia, (maldita gracia), de sus dirigentes actuales y algún otro que ya no está. En el mayor gesto de cobardía que soy capaz de recordar en la historia del deporte, al menos hasta la fecha, una junta directiva ha preferido manchar el escudo inmaculado de un club a tener que afrontar sus propias responsabilidades. Y eso no es lo peor.

Lo más grave, lo más insoportable del asunto, reside en la certeza de que el fanatismo y el amor mal entendido a unos colores impedirán que se alce la voz contra semejante canallada. A los pocos minutos de conocerse la noticia, como era de esperar, ya volaban columnas de opinión y editoriales interesados en los que se justifica la decisión adoptada y se advierte a los posibles disidentes de la pena estipulada para quien no acepte lo pactado: alta traición. Me queda, al menos, el honor de saberme condenado por mi propia conducta y no por un delito que unos pocos han decidido descargar sobre la conciencia de todos y el bolsillo de muchos.

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