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Porque nos da la gana

Pese al sainete montado en las salas VIP del fútbol, nadie de dentro habla de ventilar el sistema

Villar en el partido de España contra Luxemburgo el 9 de octubre.
Villar en el partido de España contra Luxemburgo el 9 de octubre. EFE

En las grandes fortificaciones del fútbol, FIFA y UEFA, dos torres de marfil de plutócratas que funcionan desde sus orígenes como un politburó, hay un credo inquebrantable: porque nos da la gana. Ahora les han calado de tal manera los bajos fondos que hasta han tenido que comisionar la Ética, como si por fin fueran conscientes de que entre ellos la moral necesita más formalismos que la propia conciencia. Y de resultas de ese comisionado, unos trampean a otros, se inhabilitan por aquí y por allá tras haberse aliado tiempo atrás los dos presidentes en arresto, Joseph Blatter y Michel Platini, con 1,8 millones de euros por medio por supuestos susurros de asesoramiento. El segundo dejó de lado al primero y ahora éste ha filtrado el presunto choriceo. Un pago tan oscuro e inexplicable del suizo al francés como los caudales repartidos a discreción por Sudamérica, Qatar, Rusia...

Así que tras las guerrillas han saltado por los aires las intrigas palaciegas y el fútbol mundial está descabezado y a la deriva. Entre fiscales y FBI anda el juego, pero ni así se doblan los directivos: tolerancia intramuros, toda; transparencia exterior, cero. La penúltima demostración corrió a cargo del secretario general de la UEFA, Gianni Infantino, que el pasado jueves socorrió a su sancionado presidente. Su argumento fue un acto de fe: "Las explicaciones del abogado del señor Platini han satisfecho a todos". ¿Qué explicaciones? Las que nos da la gana. Ni siquiera a los patrocinadores millonarios, inquietos, se supone, al ver que la marca puede quedar salpicada por el lodo.

Pese al sainete montado en las salas VIP del fútbol, nadie de dentro habla de ventilar el sistema, de acabar con las castas, de fiscalizar al máximo el trapicheo de votos y los lunáticos congresos en los lugares más exóticos y festivos del planeta. Sostuvo Infantino que el sector se debe arreglar desde el fútbol, es decir, entre inhabilitados, sospechosos, detenidos e interrogados. Que el establishment que ha dejado a este juego al borde de la bancarrota moral se juzgue a sí mismo mientras dirimen otra partida entre ellos. La mejor manera de evitar la necesaria catarsis. Todos a salvo, o que pague algún paria. Lo que sea, pero que el antiguo régimen se perpetúe por los muchos que queden y los que estén por llegar.

Para resguardar el rancho, la UEFA ha puesto de alguacil al español Ángel María Villar, uno de los suyos, de la FIFA y de lo que se tercie siempre que cumpla con la máxima: El fútbol es nuestro y aquí no interviene dios alguno. Porque aquí nadie tiene por qué rendir cuentas. ¿A santo de qué si somos la gran familia del fútbol? Pues eso, nadie mejor que Villar, que jamás sintió que tuviera que dar la cara pública, solo a los de casa. Villar, fiel como pocos al sistema, es el silencio eterno hasta para publicitar sus méritos, que también los tiene, y más de los que piensa.

Vive enrocado en su personaje, pero para el corralito tiene una gran cualidad en estos tiempos de turbulencias asfixiantes, es invisible. Por ahora, al revés que muchos de sus aliados, no tiene tacha judicial. Ni así tiene voz. El escrutinio público le espanta y lleva años de espaldas a la gran clientela, los aficionados, a los que como buen fifo y uefo hace tiempo que nunca tiene nada que decir, ni lo bueno —que lo tiene, como dos Eurocopas y un Mundial— ni lo malo. Nunca. El pueblo no es de la familia, no le vota. Lo mismo da que le sostenga el gran andamiaje que le permite, a él y a tantos, estar en la cresta de su carrera directiva y en la ola infinita del negocio. ¿Por qué esa fobia por la palabra con altavoz? ¿Hay algo más? Quizá sea solo porque nos da la gana. Y lo peor es que no se vislumbra en el horizonte a nadie que tenga ganas de no hacer lo que le dé la gana. Puede que entonces el cargo y los sobrecargos no tuvieran tanta gracia.

Aún a riesgo de que el fútbol agonice, hay algunas rendijas para el optimismo. Por un lado, que una vez más este deporte resuelva sus incongruencias en los tribunales ordinarios de los que siempre intenta huir hasta con amenazas a quienes tomen esa vía. Las cosas de familia se resuelven en la mesa camilla. Pero hay veces que alguien es capaz de denunciar lo obvio para que la justicia le dé la obvia razón: ocurrió con el caso Bosman y pudiera suceder con el episodio de los menores del Barça o los malditos fondos de inversión. Dicho de otro modo, hay salida cuando alguien regatea al sistema para agujerear al sistema. Y queda otra esperanza: Que fifos, uefos y de más clanes se devoren a sí mismas. Lo están poniendo en bandeja. Y a su manera: Porque nos da la gana.

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