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Una montaña de basura

Nepal obligará a los montañeros del Everest a bajar con ocho kilos de basura

Habrá policía en el campo base, a 5.300 metros, para controlar la limpieza en la ascensión

Un guía nepalés recoge, en 2010, basura dejada en el Everest. Ampliar foto
Un guía nepalés recoge, en 2010, basura dejada en el Everest.

En 1953, Edmund Hillary y Tenzing Norgay conquistaron los 8.848 metros del Everest y ya tuvieron que pisar desperdicios por el camino. Desde que, tres años antes, Nepal había autorizado a los extranjeros a explorar la inédita cara sur de la montaña, la basura se acumulaba en sus campos estratégicos. En el collado sur, a 8.000 metros de altura, podían verse los restos de tiendas abandonadas y arruinadas por el efecto del viento y la nieve. Eran los desperdicios de tentativas llevadas a cabo en 1952 por sendas expediciones suizas. Más de 60 años después, tras cientos de expediciones a la montaña más elevada de la tierra, el collado es el vertedero más elevado del planeta, un lugar en el que entre bombonas de oxígeno desechadas, cartuchos vacíos de gas, estacas de nieve y plásticos puede contemplarse el cadáver de un alpinista colocado en posición fetal. El Gobierno de Nepal ha lanzado ahora la Operación Limpieza de la afeada cara de su montaña fetiche.

Hasta la fecha, cada alpinista tenía la obligación de presentar a su oficial de enlace (un enviado del Gobierno) la basura generada en altura. Pero entre la desidia de estos y la desfachatez de muchos escaladores, el Everest apesta. Por ello, el Ministerio de Cultura y Turismo de Nepal ha decidido que cada escalador deberá bajar ocho kilos de basura del Everest. No se trata del primer esfuerzo por lavar la cara del gigante. Desde 2008, los serpas que trabajan para la Eco Everest Expedition han desalojado de la montaña 15 toneladas de basura, 600 kilos de desechos orgánicos y los cuerpos sin vida de seis escaladores que llevaban años a la vista.

Una de las primeras medidas pasó por pagar a los serpas para que bajasen de la montaña bombonas de oxígeno abandonadas. Se les remuneraba por unidad recogida, y de esta forma se recuperaron incluso botellas empleadas que databan de 1953 durante la conquista del Everest. El serpa que las encontró se ganó un generoso sobresueldo vendiéndolas como souvenir.

Ahora, la nueva ley deja algunos escépticos por el camino. Mingma Sherpa, el primer nepalés en escalar los 14 ochomiles y una auténtica leyenda en su país, no tiene claro que la medida pueda funcionar: “Lo que no sabemos es quién va a encargarse de hacer el recuento de la basura, quién va a controlar que esa basura proviene de los campos de altura y no del campo base, donde es muy fácil recogerla”.

Las botellas de oxígeno de la expedición de Hillary, de 1953, estuvieron más de 50 años abandonadas

Las autoridades de Nepal estiman que cada alpinista genera algo menos de seis kilos de basura sin contar con las botellas de oxígeno y los residuos orgánicos. Los montañeros deberán depositar sus ocho kilos correspondientes en la oficina del Comité para el Control de la Polución, unas instalaciones que aún no existen y que nacerán antes del próximo mes de mayo en un emplazamiento sin determinar junto al campo base de la montaña, a 5.300 metros de altitud. Quien no entregue su cantidad de basura asignada recibirá una multa o la confiscación del depósito de la expedición, que asciende a 4.000 dólares (unos 2.900 euros).

En la práctica, cualquiera que pague por escalar el Everest deberá bajar al menos tres kilos de una basura amontonada en sus laderas durante años de dejadez. Cuesta mucho imaginar a los clientes de las grandes agencias internacionales de guías (tipos que apenas saben atarse sin ayuda los crampones, que no son autónomos, que viajan enchufados al oxígeno artificial desde el campo base, que son arrastrados por los serpas ladera arriba y ladera bajo, que no saben fundir nieve para hidratarse) hacer un alto en el camino de descenso para arrancar cerca de tres kilos de inmundicia de entre la nieve y el hielo, y eso sin contar con las bombonas de oxígenos vacías que deberían acarrear y cuyo peso en vacío por unidad es de 2,5 kilos. No cuesta mucho imaginar que serán sus serpas quienes deban hacerlo por ellos y que en muchos casos pagarán encantados la multa con tal de no bregar con desechos ajenos.

“Algunos pueden crear menos basura, pero deberán cumplir con su cuota, incluso si ello supone que tienen que recoger residuos que ya estaban allí”, afirma Dipendra Poudel, miembro del departamento gubernamental de montañismo. Con unas 800 personas que aspiran a escalar el Everest cada año, incluyendo a los serpas, las autoridades estiman que podrán recoger algo más de seis toneladas de residuos anuales.

Con todo, el verdadero problema del Everest es su banalización. Esta montaña dejó de ser un asunto de montañeros para convertirse, con el paso del tiempo, en un negocio. De todas formas, sería injusto achacar las toneladas de porquería en sus laderas a un tipo de persona ajena al mundo de la montaña. Los primeros visitantes del Everest eran alpinistas vocacionales y eso no impidió que se acumularan las primeras capas de porquería.

Por todo esto, las autoridades de Nepal suspiran por desterrar de su Everest al típico aspirante adinerado, pero incapaz, para animar a los verdaderos montañeros. Estos últimos, considera el Gobierno, son mucho más autónomos, no van al límite y son capaces de controlar lo que ensucian. Por este motivo, el precio del permiso se verá rebajado desde el 1 de enero de 2015 de 25.000 a 11.000 dólares (de 18.000 a 8.000 euros). Antes un grupo de siete escaladores podía obtener un permiso colectivo por 70.000 dólares, permiso que dejará de existir. Según Tilakram Pandey, oficial del Ministerio de Turismo de Nepal, se trata de “evitar que se formen, como ocurría ahora, grupos artificiales para ahorrar dinero, en los que cada uno iba por su cuenta y el líder incluso podía no conocer a los miembros de su equipo. Esto promoverá el montañismo serio y responsable”, explicó a Reuters.

En este sentido, Ang Tshering Sherpa, presidente de la Federación de Montaña de Nepal, adelantó que se prohibirán “récords del tipo de alguien que pretende ser el primero en hacer el pino en la cima o en desnudarse en la cumbre. Esto ofende la dignidad del Everest, que es un icono global”. El Gobierno también pretende evaluar las aptitudes alpinísticas de los aspirantes a alcanzar la cima del Everest, pero no aclara cómo piensa hacerlo: ¿una prueba de aptitud?, ¿solicitando un currículo?

Por último, la policía tendrá sus propias dependencias en el campo base. Dipendra Poudel concretó recientemente el carácter del destacamento: “Estará formado por nueve efectivos, tres de cada uno de los tres cuerpos del ejército, la policía y la policía armada”. Semejante novedad está estrechamente ligada con los acontecimientos vividos la pasada temporada en el Everest a 6.500 metros, cuando una turba de serpas enfurecidos estuvo muy cerca de linchar a los alpinistas europeos Simone Moro, Ueli Steck y Jonathan Griffith tras un intercambio de insultos entre ambas partes.

En 2010, Simone Moro, poco después de conquistar el Gasherbrum II en invierno, y pese a la tormenta que se echaba encima de él y de sus dos compañeros, Urubko y Richards, se llevó basura encontrada de otras expediciones. Minutos después, un alud sepultó a sus dos compañeros, dejándole milagrosamente al margen, lo que le permitió salvarles la vida: “Siempre he creído que la montaña tuvo un gesto conmigo por haberla limpiado un poco”.