‘American Pie’: el misterio de una canción que sigue envolviendo a Don McLean 50 años después

Un documental repasa palabra a palabra uno de los temas más influyentes del siglo XX y que en España ha dejado huella en Víctor Manuel, Sabina o Marwán

El cantautor Don McLean durante una actuación en Nashville (Tennessee, Estados Unidos) el 12 de mayo.Foto: Jason Kempin

La perspectiva siempre ayuda a evaluar los fenómenos. Ahora, medio siglo después de que Don McLean se diera a conocer en medio mundo con su American Pie, podemos proclamar sin titubeos que casi todo en ella era excepcional. Empezando por su extensión, esos infrecuentes 8 minutos y 32 segundos que la convirtieron durante 49 años en la canción más extensa que había llegado al número 1 en Estados Unidos. Y continuando por su ambición inusitada, ese repaso en seis estrofas larguísimas a la turbulenta historia sociocultural del país durante la década de los sesenta, definida por los conflictos intergeneracionales, las protestas callejeras y el anhelo de una mayor justicia social. Un documental de Paramount+, The Day The Music Died (El día que murió la música), reconstruye ahora no solo la historia de la canción, sino que intenta despejar su significado casi palabra por palabra. Aviso urgente: ni siquiera con tan ilustre excusa, el autor ha querido soltar prenda sobre los grandes interrogantes que aún perviven sobre aquellos 119 versos.

El origen de toda la historia es de sobra conocido. Donald McLean era un chavalillo de 13 años que se ganaba unos centavos vendiendo periódicos por las calles de New Rochelle, en la periferia de Nueva York, aquel 3 de febrero de 1959 en que tres de los más célebres músicos del país, Buddy Holly, Ritchie Valens y Big Bopper, perdieron la vida cuando su avioneta se estrelló en un remoto maizal de Iowa. Ese fue “el día en que la música murió” del que habla American Pie, un episodio traumático que con los años adquiriría una profunda dimensión simbólica: finalizaban los felices años cincuenta, una época cándida, esperanzada y de mirada inocente, e irrumpía la década de las grandes transformaciones, conmociones y conflictos, desde la Guerra Fría a Vietnam, los magnicidios (John Fitzgerald y Robert Kennedy, Martin Luther King) o la llegada del hombre a la Luna.

Tampoco fueron años sencillos para el joven McLean, traumatizado desde la súbita muerte de su padre, víctima de un infarto, cuando él apenas tenía 15 años. Gran aficionado a la música de corte tradicional, en particular a The Weavers, Donald se granjeó cierta amistad con el folclorista por antonomasia de la ciudad, Pete Seeger, y comenzó a frecuentar los escenarios del Greenwich Village neoyorquino, el mismo barrio bohemio que había visto nacer a Dylan. Solo que las perspectivas, en su caso, distaban de ser tan halagüeñas. Su estreno discográfico, Tapestry, pasó completamente desapercibido en 1970, por más que Carole King aprovechara ese mismo título para grabar solo un año más tarde uno de los álbumes más influyentes de la década. Y su pequeña discográfica, MediaArts, apenas invirtió en promoción cuando el segundo elepé, American Pie, vio la luz en octubre de 1971.

Sin embargo, aquella interminable perorata de ocho minutos largos con la que se abría el trabajo acabaría cambiándole la vida a su firmante. Don se había propuesto “escribir una canción sobre el final del sueño americano” y asumió su propio reto con una pasión febril. En el documental de Paramount se desvela que la letra se escribió del tirón en apenas una hora y que la versión final de American Pie apenas aprovecha la mitad de los versos existentes. “Podía haber llegado a los 16 minutos”, sentencia el productor de The Day The Music Died, Spencer Proffer, para quien lo más asombroso de este tema es que “le hablaba a su tiempo, pero en muchos aspectos sigue siendo aplicable al convulso momento actual”.

McLean aplicó de su amigo Pete Seeger la enseñanza de que toda canción, por muy narrativa que sea, ha de contar con un estribillo muy tarareable (”Bye bye, Miss American Pie. / Drove my chevy to the levee / but the levee was dry”; en español: Adiós, señorita tarta americana. / Llevé mi Chevy a la represa, pero la represa estaba seca). Y el productor del álbum, Ed Freeman, le dio el giro sonoro decisivo cuando invitó a la sesión a un cotizado pianista de estudio, Paul Griffin, habitual en las grabaciones de Dylan o Steely Dan. Él fue quien imprimió a toda la pieza ese pálpito casi de góspel. Había ya demasiadas baladas en el disco, desde Crossroads a Till Tomorrow, Empty Chairs o la bellísima Vincent, dedicada a Van Gogh, y ese acelerón en el metrónomo de American Pie resultó decisivo para que la canción fuera despegando en las radios estadounidenses.

Fue entonces cuando los ejecutivos de MediaArts tomaron la insólita decisión de publicar American Pie como sencillo, pero partiendo la canción en dos mitades: cuatro minutos y 10 segundos para la cara A y cuatro minutos con 20 segundos para la B. Lo recuerda bien Pancho Varona, lugarteniente de Joaquín Sabina desde hace cuatro décadas y coautor de más de medio centenar de canciones del artista jienense. “Yo tenía por entonces 15 años, pero mi hermana ya estaba en la universidad y la canción había armado un gran revuelo en círculos universitarios”, relata. “Era un repaso en toda regla a la historia social y cultural de todo un país. Lo de que hubiera que darle la vuelta al disco para escuchar la canción entera me parecía rarísimo, pero esa fórmula de estrofas sucesivas, con un estribillo tan bonito y pegadizo, me enamoró. Y más aún su final ralentizado, de estilo casi tabernario, como de amigos canturreando en un bar”.

American Pie también sonó mucho en la casa de Víctor Manuel y Ana Belén, que acababan de comenzar una relación que este año también cumple medio siglo. “La escuchamos hasta el cansancio”, se sincera el cantautor asturiano. “Era extraordinaria y a la vez insólita, por su duración y aparente simplicidad. Y supongo que, a la vista de cómo han cambiado los tiempos, irrepetible”.

Otros autores españoles mucho más jóvenes se confiesan igualmente tocados por el influjo de McLean, en particular el madrileño Marwán, al que en 1972 aún le faltaban siete años para venir al mundo. “Lo escuché muchísimo hace tres o cuatro años, justo cuando andaba preparando mi disco El viejo boxeador”, revela. “Buscaba la influencia de clásicos que me emocionaran mucho y no paré de escucharle ni a él ni a Paul Simon, su hermano en cuanto a sonoridad y melodías. Siempre me intrigó que, más allá de American Pie, Don se haya mantenido como un gran desconocido u olvidado en España. Otras canciones suyas, desde And I Love You So a Winterwood, eran al menos igual de hermosas”.

Curiosamente, el ilustre Paul Simon, ya desvinculado del tándem Simon & Garfunkel, esbozaría en 1973 otra gran crónica de la historia nacional reciente con American Tune, una canción escrita al calor de la elección de Richard Nixon en la que el trovador neoyorquino imaginaba a la Estatua de la Libertad “navegando mar adentro”. Pero nada igualó nunca en empaque histórico a American Pie. El largometraje de Paramount+ anota paralelismos formales y conceptuales entre este tema y Hallelujah (1984), de Leonard Cohen, que curiosamente también acaba de ser objeto de un documental, Un viaje, una canción. “Pero Hallelujah es un análisis espiritual de la realidad, mientras que American Pie abordaba el repaso desde una perspectiva sociológica”, resume con lucidez Proffer, el productor de The Day The Music Died.

Y aquí llegamos al gran nudo gordiano de toda esta historia. ¿Podemos saber ahora, 50 años después y de una vez por todas, qué quiso decir exactamente Don McLean en aquellas seis largas estrofas que pudieron ser muchas más? El documental repasa junto al autor casi cada sílaba, pero obtiene más negativas que certezas. Por lo pronto, y en contra de lo que barruntaba media humanidad hasta la fecha, el “rey” del que habla la composición no es Elvis Presley. Pero es que, además, McLean también desmonta otros dos mitos recurrentes y afianzadísimos: ni la “chica que cantaba el blues” era Janis Joplin ni las menciones al bufón pretendían servir como homenaje a Bob Dylan.

¿La realidad, en último extremo? American Pie es una gran epopeya abierta a la interpretación libre. Nos quedan apenas un puñado de certezas, como que el verso “eight miles high and falling fast” (ocho millas de altura y cayendo rápido) sirve como homenaje a The Byrds y su canción Eight Miles High o que “sergeants played a marching tune” (los sargentos tocaban una melodía de marcha) encierra un guiño al Sgt. Pepper’s de los Beatles, un disco por el que McLean sentía verdadera obsesión. Pero podemos seguir escuchando aquellos históricos 512 segundos de música y sacar conclusiones propias. Pancho Varona, por ejemplo, está convencido de que American Pie influyó al propio Dylan en Hurricane, que también opta por esa estructura de estrofas muy extensas. Y Marwán anota la posibilidad de que McLean figure entre los grandes inspiradores de Father John Misty, uno de los más excelsos cantautores estadounidenses contemporáneos.

Como siempre sucede con las obras de alcance tan colosal, American Pie ha oscurecido toda la obra restante de Don McLean. Por lo pronto, su extensión atípica obligó a prescindir en el elepé de dos temas apreciables, Mother Nature y Aftermath, que no verían la luz hasta un recopilatorio de 1992, Favorites and Rarities. Y McLean enseguida se sintió, ya a sus 26 años, abrumado ante la certeza de que nunca repetiría un fenómeno de estas dimensiones, aunque fuera consciente de que solo los derechos de autor le permitirían vivir con holgura durante varias vidas. Por si fuera poco, Madonna agrandó esos ingresos cuando recreó en 2000 American Pie para la banda sonora de la película Algo casi perfecto. La lectura es tan discutible como para que una encuesta de la BBC la eligiera en 2007 la “peor versión de la historia”, pero alcanzó el número 1 en las listas británicas. La original de McLean tuvo que conformarse en 1972 con el segundo puesto.

¿Algún pequeño borrón que anotar en esta historia de colosal éxito? Al menos un par de ellos, aunque de muy poca importancia. American Pie no obtuvo el refrendo del Grammy a la mejor canción ni a la mejor grabación, mérito que recayó en ambos casos en la bellísima First Time Ever I Saw Your Face, de Roberta Flack (solo que el original era de Ewan MacColl). El otro traspié es más reciente: desde noviembre de 2021, el mérito de la canción más larga que ha liderado las listas estadounidenses recae en All Too Well, de Taylor Swift. Ahora bien, ¿cuántos de los lectores que se han pasado este artículo tarareando mentalmente aquello de “A long, long time ago / I can still remember / how that music used to make me smile” serían capaces de recordar cómo empieza la canción de Swift?

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