parques y jardines
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Volver a vivir con las plantas

Numerosos libros y exposiciones dan respuesta al creciente interés por recuperar la sabiduría del mundo vegetal

'El jardín de las delicias', el cuadro de El Bosco que se exhibe en el Museo del Prado, está repleto de plantas y múltiples flores.
'El jardín de las delicias', el cuadro de El Bosco que se exhibe en el Museo del Prado, está repleto de plantas y múltiples flores.Museo Nacional Del Prado

En el Museo del Oro Quimbaya en Cali, perteneciente a la red de centros del Banco de la República, han abierto un nuevo jardín que tiene a las semillas como protagonistas. Este jardín arqueobotánico —término usado para denominar el estudio de las interacciones entre el mundo vegetal y el desarrollo de la humanidad a lo largo del tiempo— hace un recorrido por más de 12.000 años, desde los primeros pobladores del Cauca Medio y el inicio de la domesticación vegetal. Después, la horticultura en el periodo Arcaico aborda la transformación del paisaje a medida que los habitantes se van apropiando del territorio y experimentando las propiedades de las plantas. El recorrido termina con la agricultura desarrollada por las sociedades alfareras y orfebres —plantas mágicas, alimenticias o para hacer objetos, como el fique— hasta la llegada de los europeos en el siglo XVI.

En este jardín —resultado de una investigación interdisciplinar minuciosa— las semillas van contando la historia misma del mundo, cómo transforman a los humanos y los humanos a las semillas; cómo a las típicas especies autóctonas de la zona —maíz, aguacate o batata— hay que sumar otras —el sagú y la achira— que formaron parte también de aquellas primeras domesticaciones y que se creían importadas.

Sin embargo, el jardín de Cali no es un simple contenedor para la preservación, como esa Arca de Noé vegetal en el remoto archipiélago noruego de las Svalbard, la Bóveda de Semillas, donde desde el año 2008 se han ido recogiendo y preservando millones de semillas del planeta entero, por si el fin del mundo llegara —aunque si seguimos con esta falta de previsión para los incendios no habrá dónde plantarlas—. Los agricultores que colaboran con el jardín del Museo del Oro piensan que la supervivencia de las semillas radica en su cultivo, en verlas crecer y consumir los frutos. Y volverlas a plantar. Lo explicita la página web: “La red de custodios de semillas e instituciones agroecológicas desarrollará actividades en el jardín con el fin de mantenerlo vivo y de hacerlo sostenible”. De manera que el jardín de Cali es un jardín in progress, recorrido fascinante entre plantas y palmeras; un sitio, sigue diciendo la página web, “para reconectarse con la sabiduría de las plantas”.

Tulipanes floreciendo en el Real Jardín Botánico de Madrid.
Tulipanes floreciendo en el Real Jardín Botánico de Madrid.JTB (GETTY)

Pero ¿cuál es esa sabiduría de las plantas que en estos últimos tiempos ocupa libros y exposiciones, detalles y comentarios? ¿Qué necesitamos de ellas, que echamos de menos en nuestra vida ajetreada y urbana, en especial tras el encierro y la pandemia? Tal vez añoramos la reflexión sobre el mundo y el transcurso que los árboles y las flores brindan y sin los cuales la vida se hace más incierta, más inconsistente, más oscura. De hecho, frente a la clásica plant blindness —ceguera vegetal— de la cual hablaron en su artículo de 1999 Wandersee y Schussler —Preventing Plant Blindness, publicado en The American Biology Teacher—, las plantas, durante años inadvertidas desde nuestra mirada eminentemente zoocéntrica, florecen ahora ante los ojos: un acontecimiento.

Y recuperamos los bosques y los jardines. Y aprendemos a descubrir las plantas y a nombrarlas. Volvemos la mirada hacia las grandes botánicas visuales: láminas de la naturalista de origen alemán Maria Sibylla Merian —insectos a tamaño real entre las plantas que habitan— o fotos de algas británicas tomada por Anna Atkins. Observamos con cuidado cada rincón en los cuadros, incluso aquellos que creíamos conocer de memoria en el museo del Prado. Descubrimos plantas que a menudo brotan del suelo o árboles que rompen las superficies; bellas y diminutas flores camufladas. Es el mundo vegetal que Eduardo Barba Gómez recorre en su libro El jardín del Prado. Un paseo botánico por las obras de los grandes maestros (Espasa, 2020), excursión inesperada por un museo al final mucho más rebosante con plantas y flores de lo que se hubiera sospechado.

Tal vez por la alerta prodigiosa que nos ha ofrecido la mirada de este jardinero —como se autodenomina en la biografía de la contraportada— sobre cuestiones que pasaron desapercibidas, el catálogo de la estupenda exposición de Paret en el Prado —hasta finales de agosto— recoge un excurso de la mano de Barba Gómez que hace tan solo un par de años hubiera sido impensable: dos buqués florales, quién sabe si los cuadros más modestos de una muestra rica en detalles y exquisitas obras, dan pie a un análisis de especies y tipologías vegetales que hacen de las páginas del catálogo un inesperado tratado botánico de bolsillo.

Quizás sea ese deseo vegetal, que todos sentimos en mayor o menos medida hoy, el que ha hecho proliferar libros memorables sobre jardines y jardineros. Uno de los casos más conmovedores es el bellísimo texto de Pia Pera: Aún no se lo he dicho a mi jardín, traducido al español en 2021 por la siempre sofisticada Errata Naturae. Pia Pera, enferma de una dolencia degenerativa, toma a su jardín como cómplice y espejo de su deterioro físico sin llegar a contarle cómo pronto no le podrá cuidar. Aspira a preservarle del dolor. Casi antítesis del libro de Pia Pera es un texto escrito por Reginald Arkell en 1950, Recuerdos de un jardinero inglés, que ha sido recuperado también en 2021 por otra de mis editoriales favoritas, Periférica. Lleno de sentido del humor y ternura, presenta un jardín que a su modo vuelve a ser consuelo en una lectura entre tallos y pétalos.

Hace pocos meses acaba de aparecer otro texto clásico sobre plantas, La inteligencia de las flores (Gallo Nero), escrito por el belga Maurice Maerterlinck, unas delicadas páginas de 1907, donde el autor habla del asombro, a ratos místico, que conlleva el encuentro con la naturaleza. Se trata, además, de un texto decisivo en la obtención de su Premio Nobel, apenas pocos años después de publicarlo, y se puede complementar con otro tesoro de la literatura sobre jardines, El arte de los jardines modernos (Siruela, 2005) de Horace Wapole, inventor del término serendipia, y uno de los más acérrimos defensores del jardín inglés en el siglo XVIII. O con Jardinosofía. Una historia filosófica de los jardines (Turner, 2016) de Santiago Beruete, otro apasionado de los bosques.

También el MoMA acaba de volver la mirada hacia el deseo vegetal con la recién inaugurada muestra de Jumana Manna, parte de cuyo trabajo se ocupa de las prácticas de preservación en la agricultura y la ciencia. Aunque basta de leer y pensar vegetal. A dos pasos de casa, nos espera un jardín, público o privado, una terraza, una maceta… Para que contemos a las plantas el secreto que no terminamos de contar a nadie, moderna fórmula de consuelo en un mundo que arde.

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