Más allá del frenesí de los sanfermines

Es posible vivir las fiestas de San Fermín con cierta calma espiritual y la vestimenta blanca impoluta. O hacerlo prácticamente todo el año, como los peñistas

Los integrantes de la Cofradía de San Saturnino animan las calles de Pamplona durante el segundo día de San Fermín 2022.Foto: PABLO LASAOSA | Vídeo: EPV

Uno acaba preguntándose si en los sanfermines hay vida más allá del frenesí. Y sí, la hay. Es la de esas personas que mantienen impoluta la vestimenta blanca, caminan con parsimonia de acá para allá y disfrutan la fiesta a otro ritmo. La llaman “la fiesta de la gente de aquí”. Un ejemplo de esas personas es Marta Centurión, que, paradójicamente, reside en Estados Unidos y no se pierde un 7 de julio desde 1997.

Marta Centurión, de Miami, tenía un padrastro que trabajaba en la multinacional química Union Carbide, una de cuyas factorías se encontraba en Navarra. En los años sesenta pasó con su madre un invierno en Pamplona. Y ahí habría quedado la cosa si en 1997 no hubiera decidido llevar a su hijo, que cumple años en la semana de los sanfermines, a conocer esa fiesta de la que se hablaba tanto.

“Nos enamoramos de San Fermín y de la gente”, dice. Marta pensó que tal vez el enamoramiento sería fugaz y para salir de dudas volvió al año siguiente. La familia se quedó todo un mes y comprobó que se trataba de un amor eterno. Como alojar a toda la familia en un hotel salía bastante caro, decidió comprar una vivienda: un piso en plena calle Estafeta que se aprovecha cada vez más. Este año han hecho ya cinco veces la ruta Miami-Pamplona.

Ahora están en Pamplona todos sus hijos y, por primera vez, sus dos nietos, de seis y cuatro años. Para ella, los sanfermines no son una fiesta de despiporre, sino de “ambiente familiar”. El 7 de julio comienza la jornada con la procesión tras la estatuilla del santo y culmina con la corrida de toros. “San Fermín”, explica, “significa encontrarse con los amigos, ir a cenar, bailar un poco, tomar una copa, llevar a los nietos a la ofrenda de los niños al santo… cosas familiares”. Las copas se toman en el Windsor de la plaza del Castillo, “donde nos reunimos los americanos”.

Los miembros de la Cofradía de San Saturnino, el 7 de julio en Pamplona, durante las fiestas de San Fermín 2022.
Los miembros de la Cofradía de San Saturnino, el 7 de julio en Pamplona, durante las fiestas de San Fermín 2022.PABLO LASAOSA

Gozar de los sanfermines con una cierta calma espiritual requiere experiencia y preparación. Pobre del que intenta conseguir mesa a última hora, en un restaurante o en una terraza. El 7 de julio no quedó libre ni un palmo de mantel, y para sobrevivir a base de pinchos hubo que enfrentarse a procelosas mareas humanas.

Otra opción es la de vivir San Fermín prácticamente todo el año, como hacen los peñistas: unos 6.000 adultos, unos 1.500 menores y una cantidad difícilmente calculable de personas que, sin afiliarse a una de las 16 peñas, mantiene vinculación con ellas. “Funcionamos y hacemos cosas desde septiembre hasta junio, aunque las fiestas sean el gran momento”, dice Endika Lacuey, expresidente de la federación de peñas, que, como Marta Centurión, acude a los toros el 7 de julio. Las primeras peñas se fundaron hacia 1880 o 1890. Y a la más antigua de las actuales, la Única, se le atribuye una antigüedad cercana a los 120 años, aunque la edad precisa no puede determinarse porque sus documentos iniciales se perdieron durante la Guerra Civil.

“Montamos comidas, salimos con la charanga, organizamos conciertos de música y jotas o actividades para los niños… en las peñas hacemos ese tipo de cosas”, explica Lacuey, para quien la excelente relación entre las asociaciones sanfermineras constituye “lo mejor de la fiesta”. Hay cosas que le parecen peores, como la tensión entre las peñas y el actual alcalde, Enrique Maya, de Navarra Suma (coalición de Unión del Pueblo Navarro, Partido Popular y Ciudadanos). “Nos pone trabas continuamente. El alcalde rechaza cualquier cosa que se organice al margen del programa oficial”, se queja Lacuey.

Las calles de Pamplona, durante la procesión de este jueves de San Fermín.
Las calles de Pamplona, durante la procesión de este jueves de San Fermín.PABLO LASAOSA

Los dos años sin fiesta de San Fermín por la pandemia no han modificado algo que puede considerarse ya casi tradicional: los roces políticos. En la procesión del 7 de julio, que encabezan la figura del santo, el alcalde en traje de gala y la corporación municipal al completo, no podía faltar el incidente. Cuando la comitiva de este año, compuesta por el santo, las autoridades y muchos centenares de ciudadanos, pasaba por la calle Curia, un grupo de personas, identificadas con Bildu, lanzó gritos despectivos hacia el alcalde. Intervino la guardia municipal, volaron algunos vasos, hubo agresiones y un policía resultó herido. Luego el alcalde llamó “fascistas” a los de Bildu.

Estas cosas ocurren e inmediatamente quedan sumergidas por la fiesta, que sigue girando a un ritmo vertiginoso. El ritmo con que los camiones de abastecimiento surten de comida y bebida a los bares y restaurantes; el ritmo con que se recogen más de mil toneladas de residuos; el ritmo con que minutos después del encierro se retiran las vallas y la calle Estafeta vuelve a llenarse de multitudes vaso en mano.

Las cosas van deprisa, los conciertos y los fuegos artificiales (quizá el evento más masivo) parecen encadenarse con la diana matutina y el encierro. Y nada es un problema, mientras no haya heridos de gravedad al correr con los toros ni agresiones sexuales en la hora más oscura de la noche.

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