El paisaje comunista que Putin borra en Ucrania

Un ensayo viaja por la arquitectura socialista que la URSS erigió a base de hormigón y que Moscú está aniquilando en Járkov, Kiev, Lviv, Mariupol y otras ciudades

Ayuntamiento de Járkov, Ucrania, tras un bombardeo ruso.
Ayuntamiento de Járkov, Ucrania, tras un bombardeo ruso.Pavel Dorogoy (AP)

Hormigón. Frío y gris hormigón. Implacable, monolítico, desolador. Bloques lineales y mastodónticos de viviendas de hormigón prefabricado con un mismo aroma a deshumanización. Esa fue la marca de cantero soviética en toda la URSS: el gris estandarizado, brutal, sin alma. En los suburbios industriales de Járkov, en la periferia de Praga o en un distrito obrero de Varsovia. Siempre el mismo y plúmbeo gris. Ahora, el eterno retorno de la historia se disfraza de paradoja: si de Moscú partió aquel impulso de hormigón que dibujó un nuevo paisaje comunista en las ciudades ucranias, de Moscú parten ahora las bombas y los misiles que están borrando ese paisaje gris y colosal que hermanaba en lo visual a ambos territorios –Rusia y Ucrania– y que unía estéticamente a toda una civilización ya extinguida. Las imágenes de destrucción en ciudades como Mariupol, Járkov, Lviv, Kiev o Chernígov muestran un mundo en ruinas, con miles de edificios bombardeados y decenas de miles de bloques fantasmales abandonados por sus inquilinos. Ese mundo con perfil rectilíneo y desconchado es el que recorre Owen Hatherley en Paisajes del comunismo (Capitán Swing), un largo ensayo acerca del mundo perdido de la arquitectura socialista. Un canto apasionado sobre la Europa comunista del siglo XX a través de sus edificios.

Hatherley es un escritor y periodista inglés de 41 años. Sus abuelos eran comunistas, con carné del partido. Él se define como marxista fascinado por la estética del comunismo. Y por si acaso acuden los trolls, ya en la introducción advierte: “¿Por qué nos preocupa resultar sospechosos de ser estalinistas (o nazis) cuando disfrutamos contemplando los edificios de Alexéi Shchúsev (o de Albert Speer), mientras nadie asume que los entusiastas de la arquitectura clásica de Atenas, Roma o Washington DC admiren también las sociedades esclavistas que la erigieron?”.

Estos días vive con doble tristeza la destrucción de muchas ciudades ucranias. Por el drama humano y por el urbicidio que está aniquilando el patrimonio arquitectónico del país. “Ya se pueden ver las ruinas destruidas de los pisos de poca altura de la era de Kruschev, de los grandes edificios cívicos de los años 70 como la Casa de la Ópera o la Filarmónica de Járkov y, sobre todo, bloque tras bloque de viviendas prefabricadas de los 70 y 80, en las que vive o ha vivido la mayoría de las personas en Ucrania”, explica Hatherley por correo. Para él no hay contradicción en el hecho de que las bombas rusas destrocen el hormigón soviético. “Putin ha dejado claro que ve a Ucrania como un país fake, una construcción comunista, y tiene la intención de restaurar algo mucho más antiguo que la URSS: una unidad etnonacionalista de los pueblos rus (Rusia, Ucrania y Bielorrusia) basada en la Iglesia ortodoxa y en una cultura privativa no occidental. Putin es un anticomunista ferviente y esta guerra proviene en gran medida de su anticomunismo. Como señala el crítico izquierdista ruso Ilya Budraitskis, Putin teme genuinamente a la revolución”, responde Hatherley.

Edificios bombardeados en Borodyanka, Ucrania.
Edificios bombardeados en Borodyanka, Ucrania. MAKSIM LEVIN (REUTERS)

Precisamente la Revolución de Octubre es la que alumbra su ensayo, un asombroso viaje de casi 700 páginas al Disneyland rojo del comunismo arquitectónico. Primero recorre y describe los bulevares de proporciones ciclópeas esculpidos entre los años 30 y 80. La Perspectiva Nevsky de San Petersburgo, la Unter den Linden y la Karl-Marx-Allee de Berlín, la demencial Kalinin Prospekt de Moscú o el bulevar de la Victoria del Socialismo que Ceausescu construyó en Bucarest para cumplir su obsesión de superar los tres kilómetros y medio de largo de los Campos Elíseos. Ese tipo de avenida descomunal soviética, escenario de desfiles y exaltaciones patrióticas, fue llamado magistrale. “Lo que la diferencia de la práctica parisiense es que, en lugar de desplazar a la clase trabajadora a otro lugar mientras el nuevo bulevar alberga a los ricos, en la nueva calle se sucedían viviendas de calidad y un alquiler extraordinariamente bajo para albergar a la clase trabajadora”, escribe el autor.

Su paseo por el kilómetro y medio de la Tverskaya de Moscú ―antigua calle Gorki: polvorienta, desgastada, extenuante, claustrofóbica por la congestión del tráfico― desemboca en esa mole de piedra de nombre temible: la Lubyanka, sede de la antigua KGB. “El resultado es escalofriante. Aunque no supieras lo que fue en su día ni hubieras oído hablar de las incontables personas retenidas, torturadas o liquidadas allí, o aunque no leyeras el pequeño —y excepcional— monumento dedicado a sus víctimas, situado frente a él, el edificio seguiría expresando su naturaleza terrorífica con toda claridad”, señala Hatherley ahora que ya no puede oírle el temible Lavrenti Beria, jefe de la policía política de Stalin.

La calle Tverskaya de Moscú.
La calle Tverskaya de Moscú. TATYANA MAKEYEVA (Reuters)

Pero no solo con hormigón se construyó el paisaje de la URSS. El mármol noble y el oro reluciente labraron las ciudades Potemkin del subsuelo: el metro, una espectacular reivindicación del espacio público que fue más lejos que cualquier otra vanguardia. Una anécdota: cuando uno de los arquitectos más geniales del mundo soviético, Alexéi Dushkin, expuso su proyecto para la estación de metro de Kropotkinskaya, el jerarca soviético Lázar Kaganóvich objetó que ese derroche de lujo parecía una reformulación de la morada de los faraones egipcios, el gran templo de Amón en Karnak. El joven y ambicioso y futurista Dushkin negó la acusación con una frase que se haría célebre: “Sus palacios son para faraones, los nuestros son para el pueblo”.

Con todo, lo más interesante del metro soviético no es el oro ni los suntuosos candelabros, ni las cúpulas y los mosaicos iluminados, ni los arcos de mármol rojo, ni las estatuas monumentales de bronce y los frisos escultóricos plagados de épica obrera. Es una historia de horror que Owen Hatherley rescata. Para construir la primera línea se empleó a trabajadores sin experiencia en obras similares. Desde agricultores de granjas colectivizadas a mineros de la cuenca del Donbás. “Equipos enteros morían a veces aplastados en derrumbamientos o ahogados cuando se inundaban las galerías”, narra el autor. Además, como la obra se retrasaba, 80.000 obreros voluntarios del Komsomol, las juventudes comunistas, se sumaron al tajo para cumplir los plazos.

Aquella primera línea de metro fue construida “gracias a una combinación de brutalidad apabullante y entusiasmo no coaccionado”. Para el resto de líneas y estaciones construidas entre los años 30 y 50 se utilizó una gran cantidad de prisioneros como mano de obra forzada. “El metro se convirtió en una rama del Gulag”, explica Owen Hatherley. Palacios para el pueblo, sí, pero construidos a la fuerza por un pueblo siervo y explotado que, en ocasiones, entregaba su vida en el fondo del agujero para que el oro refulgiese en la estación.

La estación de metro de Komsomólskaya, en Moscú.
La estación de metro de Komsomólskaya, en Moscú. getty images

Hay otra historia en Paisajes del comunismo que altera la perspectiva habitual sobre el hormigón. Además de dedicar capítulos a las enormes magistrale, a los edificios altos, a las estaciones, a los condensadores sociales, a las ciudades reconstruidas, a los memoriales comunistas o a la arquitectura popular improvisada, el periodista británico viaja por distintos países del antiguo campo socialista en busca de las mikrorajon. Esto es, las microrregiones levantadas de la nada en las periferias de las ciudades. Como la avenida de las Brigadas Proletarias de Zagreb. Al final de esa gigante vía, con sus bloques lineales y torres clonadas entre espacios abiertos de ecos kafkianos, vivía Josef K. en la película El proceso de Orson Welles.

En palabras del autor británico, ir al encuentro de esas microrregiones impersonales para miles de obreros con la fábrica cerca constituye un descenso a “la barbaridad absoluta, la vacuidad visual y humana que supone rodear ciudades tan diversas, pintorescas y ricas en su decoración como Budapest, Praga, San Petersburgo, Cracovia, Vilna o Tallin de un cordón sanitario de bloques lineales de hormigón monolíticos, unívocos y reduccionistas”. Es el paisaje que el turista suele ver por la ventanilla del taxi en el trayecto del aeropuerto al centro urbano.

Sin embargo, hay dos aspectos que Hatherley subraya y que modifican la mirada actual sobre esos colosos en gris. Primero, cómo surgieron. Nacieron de un mundo que quería romper con las condiciones de hacinamiento creadas por las kommunalkas soviéticas, en las que convivían varias familias en cada apartamento con baños compartidos. En esos nuevos y enormes bloques, los trabajadores de la URSS iban a estrenar una vida inédita para ellos: ya no tendrían que compartir piso con otras familias y dispondrían de calefacción central, electricidad o agua caliente por primera vez.

Hatherley escribe: “Resulta irónico que estas estructuras inhumanas, apenas reconocibles como arquitectura, sean, por lo general, el resultado de una de las políticas del imperio soviético más humanas: la provisión de viviendas decentes tan subvencionadas que eran prácticamente gratuitas. El precio de alquiler de estas viviendas —de propiedad pública o de alguna cooperativa— solía fijarse entre el 3 y el 5 % de los ingresos”. Para sus primeros ocupantes, pues, no fue tan frío y gris aquel hormigón. Hoy, en tantas ciudades bombardeadas de Ucrania, es el añorado y cálido hormigón del hogar perdido.

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