Las bestias de Pinochet en el cine de Hugo Covarrubias

El director chileno está nominado a los premios Oscar por su cortometraje animado sobre la historia de una mujer que torturó a ciudadanos durante la dictadura utilizando a sus perros como herramienta

‘Bestia’, el corto chileno con más de 34 premios ganados en más de 25 festivales competirá por un Premio Oscar.
‘Bestia’, el corto chileno con más de 34 premios ganados en más de 25 festivales competirá por un Premio Oscar.Cortesía

Los premios Oscar se celebrarán el próximo 27 de marzo y entre los presentes en la ceremonia estará este año un fantasma de la dictadura de Pinochet. Entre los cinco nominados a mejor cortometraje de animación está Bestia, un filme de tan solo 15 minutos que retrata a Ingrid Olderöck, una exagente de la policía secreta en Chile conocida por torturar a disidentes políticos y entrenar a otras mujeres en la fuerza pública. Más específicamente, Olderöck, hija de una familia nazi migrante en Chile, fue acusada de torturar ciudadanos utilizando a sus perros como herramienta, entrenando a los caninos para violar a las mujeres detenidas. Olderöck falleció en 2001 sin pasar un solo día en la cárcel, aislada y convencida de que sus antiguos aliados querían asesinarla para silenciarla.

“Tal cual como los nazis usaron mujeres para torturar mujeres, acá ocurrió exactamente lo mismo”, cuenta a El PAÍS el director de este cortometraje, Hugo Covarrubias (Santiago, 44 años). En su corto, un thriller psicológico, no se dice una sola palabra. Solo se ve a Olderöck moverse como una muñeca inexpresiva de su casa al centro de tortura, aunque a ratos se viaja también a sus sueños: espacios tenebrosos donde la torturadora se encuentra frente a frente con los torturados.

Covarrubias se demoró tres años en terminar Bestia, y aunque no es su primer trabajo en stop-motion, es el primero en estar nominado a un premio Oscar. En 2005 diseñó Maleza, una obra de teatro que mezclaba actuación con animación y también entraba en una especie de pesadilla psicológica de una niña abandonada. Más tarde dirigió El almohadón de plumas, corto basado en un cuento de Horacio Quiroga, y La Noche boca arriba, sobre las alucinaciones de un hombre después de tener un accidente de transito e inspirado en un cuento de Julio Cortázar. “Todas las piezas van encajando de súper buena forma, como si fueran un gran rompecabezas”, cuenta en estrevista este gran artista del stop-motion que ha logrado encuadrar temas muy macro de su país (la violencia, la maldad, las pesadillas) en espacios muy micro, con la ayuda de cientos de muñecos y miles de encuadres fotográficos.

Pregunta. ¿Por qué se interesó en la vida de Ingrid Olderöck?

Respuesta. Este cortometraje parte de la idea de hacer una serie sobre personajes poco conocidos de la historia política de Chile. Alrededor del año 2016 nos juntamos con [la directora de arte] Constanza Wette y [el guionista] Martín Erazo, y empezamos a desarrollar esta idea. Cuando estábamos investigando, la figura de Ingrid Olderöck aparecía en varios libros, y amigos vinculados a los derechos humanos nos hablaron de esta mujer. Poco a poco nos empezó a llamar la atención su figura a través de unas entrevistas que ella dio. La escritora Claudia Donosso le hizo una entrevista una vez, y también [la periodista] Nancy Guzmán, que publicó un libro sobre ella [Ingrid Olderöck. La mujer de los perros]. Yo leí ese libro completo y podía dilucidar, mediante sus propias palabras, todos los traumas que tenía y todos sus delirios de persecución que, en el fondo, sufría por ser parte de un sistema en el que ella había decidido participar. Encontré el caso muy interesante para hablar de la maldad desde una historia real, pero obviamente ficcionando gran parte de los sucesos que ocurrieron para poder ahondar, desde lo filosófico y poético, acerca de la maldad.

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P. ¿Qué no sabemos aún sobre Olderöck y que usted podía transformar en ficción?

R. Por ejemplo, en el cortometraje son muy importantes las imágenes mentales, y obviamente eso no está documentado en ningún lado, eso es totalmente ficcionado. También está la caracterización de la relación de ella con su perro, algo que está exagerado, y también la relación de ella con su cuerpo. Eso es algo que quise evidenciar para cuestionar la figura de esta mujer dentro de un sistema ultra-patriarcal como cualquier dictadura, comandada por hombres, y en el fondo donde la ocupan a ella también como un objeto. Tal cual como los nazis usaron mujeres para torturar mujeres, acá ocurrió exactamente lo mismo. Y también quisimos tratar de retratar la soledad a la que fue expuesta esta mujer, que ella decide porque su forma de ser repele a la gente, y porque no se llevaba bien con su familia. Ella era una persona muy solitaria. Para tratar de hablar de eso, uno recurre a elementos de la ficción. La gente que vea el cortometraje no debe esperar ver un documental. Esta es una apuesta filosófica y estética.

P. Usted quiere hablar de la maldad pero su propuesta no es muy Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt, donde la persona que comete los crímenes es solo un obrero más de un régimen.

R. Sí hay una influencia de eso, de lo que dice Arendt cuando habla de ‘la banalidad del mal’, pero mucha gente lo malentiende como si ella estuviera empatizando con los perpetradores. Pero no es así, es entenderlo desde otro lado. Ahora claro, si bien en Bestia no se busca empatizar, sí tratamos de hablar de lo que puede frustrar a una persona como ella. Mediante la simbología tratamos de dejar entrever un poco el pasado que ella tuvo, y la formación que ella tuvo. Al terminar de ver la película uno puede entrar en reflexiones, como por ejemplo, si tú o yo hubiéramos recibido este tipo de educación, ¿hubiéramos sido unas bestias como ellas o no? Creo que ahí va nuestra búsqueda, más que decir que todas las personas en el fondo no son tan malas como parecen, sino que fueron condicionadas para eso. Creo que obviamente Ingrid Olderöck tiene mucho de eso, ella fue condicionada desde chica, sus papás eran alemanes nazis, entonces era muy difícil que ella hubiera sido otra persona o se hubiera dedicado a otra cosa. Creo que todo lo que ella vivió, y la violencia que recibió desde chica, obviamente la condicionó para ser lo que fue hasta el día de su muerte. Una de las capas de lectura del cortometraje es que todas acciones y elecciones de vida te llevan a una vida muy deplorable. Creo que esa toxicidad baña y tiñe nuestro cortometraje.

P. ¿Todos hubiéramos podido terminar ahí?

R. Sí, o no, pero creo que hay que ser consciente que este tipo de personajes configuran a toda una sociedad.

P. ¿Se puso nervioso ser demasiado empático con ella cuando rodaba el cortometraje?

R. Sí, es algo con lo que siempre traté de tener cuidado, sobre todo para que no se malentienda que uno está empatizando con ella. Pero creo que también hay una suerte de engaño en el cortometraje. Yo lo vi como un engaño al espectador. Intenté hacer creer al espectador que en el fondo uno está buscando la empatía, por ejemplo, a través del perro. Primero hay un efecto de ternura hacia el perro, pero después ves para qué está siendo ocupado. Hace poco conocí a una mujer que fue vecina de Ingrid Olderöck, y recibió un perro de regalo de ella, sin saber quién era ella. La conoció sin saber qué cosas había hecho antes. Y después, el día que ella murió, supo quién era. Entonces, claro, si uno se enfrenta a conocer a una persona desde otro lado, sin duda vas a empatizar aunque sea el más mínimo grado. Si uno no tiene los datos, uno obviamente puede tratar de entender a una persona. Ahí es donde está el juego en el cortometraje, porque al principio no sabemos qué es lo que ella hace. Y luego lo vamos dilucidando de a poco.

P. Hablemos del perro en el corto un momento. ¿Qué tanto es documental y qué tanto es ficción?

R. Eran tres perros los de Ingrid Olderöck, pero nosotros decidimos enfocarnos solo en uno, que era el perro que ella decide nombrar ‘Volodia’, que en el fondo era una forma de burlarse de los torturados: Volodia Teitelboim fue el líder del Partido Comunista en Chile. En la vida real sabemos la función que cumplía el perro, que era torturar, y obviamente eso era algo muy traumático. Pero el perro es otro dispositivo también para para poder narrar ciertas cosas, para poder narrar la soledad a la que ella había decidió enfrentarse. Nos sirve para hablar de la desconexión que tiene ella con la realidad. Sobre todo hacia el final, cuando vemos que este personaje ya no está pensando en nada más que sus problemas mentales, se desconecta totalmente de este perro, que en el fondo es su única conexión con la realidad. Y el perro es el único que tiene la sensibilidad suficiente para darse cuenta de todas estas presencias un poco paranormales que representan a los detenidos desaparecidos que acechan a esta mujer. Ella se hace la vista gorda de todas estas apariciones, de todas estas personas sin cara que se le van apareciendo en las nubes o en frente de su casa, y el perro es el único que se conecta.

Una escena del cortometraje de animación "Bestia" del director Hugo Covarrubias.
Una escena del cortometraje de animación "Bestia" del director Hugo Covarrubias.Esteban Felix (AP)

P. El estallido chileno del 2019 fue precisamente un momento donde se hicieron visibles muchos de esos ‘fantasmas’ de la dictadura. ¿Cambió ese evento el foco de su cortometraje?

R. Nosotros vimos el estallido como algo muy importante y encontramos mucho más sentido estar haciendo este cortometraje, aunque nosotros partimos con la idea desde el 2016. Lo que sí, obviamente, nos vimos muy influenciados por la potencia del estallido social. Eso ayudó a que quizás las escenas que faltaban por rodar, que eran pocas pero bien importantes, quedaran con un poquito más de alma, un poquito más de corazón, un poquito más de potencia. Por ejemplo, una escena, cuando ella rompe su casa, fue pensada desde antes del estallido. Pero la forma en que ella ya rompió todo, y todo se va hacia un abismo, creo que fue una decisión que tuvo que ver con esta rabia que había también en nosotros. Ella tiene rabia contra el mismo sistema, pero por otros motivos. Ella siente rabia porque la echaron, porque ella no va a poder torturar más, porque le jugaron chueco, porque se sintió traicionada. Ella se sentía muy perseguida porque, según ella, manejaba mucha información y por eso la querían matar. Desconfió finalmente de todo el sistema que le enseñó a hacer todas estas cosas.

Hugo Covarrubias, director del documental chileno "Bestia", nominado a los 94 Premios de la Academia.
Hugo Covarrubias, director del documental chileno "Bestia", nominado a los 94 Premios de la Academia.Esteban Felix (AP)

P. ¿Qué es ahora ese lugar en el cortometraje, ‘la Venda Sexy’, donde se cometían las torturas?

R. Este lugar es una casa y hay una lucha de un grupo de personas para que este lugar sea considerado centro de memoria. Pero actualmente vive gente allí, es una casa en un barrio de clase media en Santiago. En la dictadura le pusieron ‘la Venda Sexy’ porque para torturar se vendaba a las mujeres, y ‘sexy’ porque habían violaciones. Y el otro nombre que recibió este lugar fue ‘la discoteca’, porque también prendían música muy fuerte para que los gritos no se escucharan. Todos esos datos también están en el cortometraje. Y bueno, ahí sigue viviendo gente hasta el día de hoy. Nosotros fuimos a grabar afuera de la casa para sacar algunas imágenes, y la gente sale como enojada. Hay un memorial afuera, un memorial en recuerdo de los detenidos desaparecidos, y los dueños de la casa siempre lo rompen. Entonces creo que hay un negacionismo y una poca conciencia por parte de las personas que están habitando esa casa hoy en día. Ojalá que esto sirva para esto, estar nominados para el Oscar: ojalá sirva para que ese lugar sea considerado un lugar de memoria. Y no una casa común y corriente que en el fondo está negando todo lo que allí ocurrió.

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Camila Osorio

Corresponsal de cultura en EL PAÍS América y escribe desde Bogotá. Ha trabajado en el diario 'La Silla Vacía' (Bogotá) y la revista 'The New Yorker', y ha sido freelancer en Colombia, Sudáfrica y Estados Unidos.

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