Donna Leon: treinta años de rincones oscuros de Venecia

La serie del comisario Brunetti vuelve con ‘Esclavos del deseo’

Donna Leon en Londres en 2004.
Donna Leon en Londres en 2004.Photo by Bruno Vincent / Getty Images

Venecia ha sobrevivido a todo —a los turistas, al mar, al salitre, a las máscaras falsas de carnaval, a las inundaciones, a su decadencia como potencia mediterránea, a los restaurantes malos en un lugar que tiene una gastronomía exquisita— y se mantiene como una de las ciudades más bellas del mundo. Italo Calvino imaginó en Las ciudades invisibles un diálogo en el que Marco Polo le contaba sus viajes por el mundo a Kublai Khan. Conforme pasan los días y las conversaciones, el emperador descubre que hay una ciudad de la que no le habla nunca (o tal vez le habla siempre sin nombrarla): la suya. “Quizás a Venecia tengo miedo de perderla toda de una vez si hablo de ella. O quizás hablando de otras ciudades la he perdido ya poco a poco”, explica Marco Polo.

Una escritora estadounidense lleva casi 30 años escribiendo sobre Venecia, su ciudad de adopción, pero no mostrando solo su cara amable y turística, sino los secretos que se esconden en los canales y los palacios. Donna Leon (Nueva Jersey, EE UU, 78 años) creó al comisario Brunetti en 1992, cuando publicó Muerte en la Fenice, la primera entrega de una serie que acaba de alcanzar los 30 libros con Esclavos del deseo (ha sido editada íntegramente por Seix Barral). Sin embargo, tal vez porque olvidó el consejo de Marco Polo, al final Leon ha acabado por ser derrotada por la ciudad.

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“Hace aproximadamente un año dejé Venecia”, explica Donna Leon en una entrevista por videoconferencia. “Decidí que era imposible vivir allí por culpa de los turistas, porque cada vez que salía a comprar un periódico o un poco de queso o cualquier cosa, cada vez que salía de mi casa, eran las Ramblas a las dos de la tarde del domingo. No. La ciudad de ahora no es un lugar en el que quiera vivir. Voy una vez al mes durante una o dos semanas, pero ya no tengo apartamento”.

Donna Leon se ha ido, pero Brunetti permanece. El comisario (y su familia, su esposa Paola y sus dos hijos, Raffi y Chiara, que son protagonistas secundarios importantes) ha ido envejeciendo, aunque sigue siendo un investigador intuitivo y persistente. La Venecia en la que creció ha sido engullida por el turismo de masas. El comisario conoce cada palmo, de tierra y de agua, de la ciudad, que es un auténtico laberinto, y describe como ha ido cambiando a lo largo de los años. Sin embargo, hay algunas cosas que permanecen y una de ellas es la criminalidad organizada. En uno de los primeros libros de la serie, el comisario Brunetti ya se topaba con una red de tráfico ilegal de mujeres, un tema que vuelve a aparecer en esta entrega.

La capa de respetabilidad

“Es algo que ocurre a la vista de todo el mundo, pero que no vemos”, explica Donna Leon. “Cuando estaba escribiendo el libro, me di cuenta de que era un tema que había tratado ya como hace 20 años. Todo era igual, excepto que entonces las mujeres provenían de Europa. Es algo que vemos, pero que no vemos, aunque está en todas partes. Sigue existiendo, pero todo el mundo disimula como si no estuviese ahí. Nada ha cambiado en estos años”.

Un crucero en Venecia, el pasado 3 de junio.
Un crucero en Venecia, el pasado 3 de junio.MIGUEL MEDINA / Getty Images

Como ocurre en otros de sus libros, los criminales están teñidos de una capa de respetabilidad, no son mafiosos que apenas saben escribir, que pasan años escondidos en un chamizo cerca de Corleone, sino personas que pertenecen a la alta sociedad. “Ya no tienen que vivir de esa manera ni que esconderse porque sus hijos van a la universidad. Van a una escuela de negocios. Van a Harvard. Han ascendido en la sociedad porque tienen un montón de dinero. Y ahora son tan respetables como cualquiera de nuestros vecinos”.

Decidí que era imposible vivir allí por culpa de los turistas, porque cada vez que salía a comprar un periódico o un poco de queso o cualquier cosa, cada vez que salía de mi casa, eran las Ramblas a las dos de la tarde del domingo

Brunetti se ha vuelto un tipo más reflexivo, que cada vez piensa más antes de actuar. No llega a ser cínico —sigue creyendo en la justicia—, pero los años le han hecho más descreído y también consciente de sus defectos. En un momento del libro se siente fatal (hasta pierde el apetito) cuando se da cuenta de que ha sido condescendiente y un poco clasista con una policía de Nápoles, a la que aprecia, solo por el hecho de que ella es del sur. Como su autora, tiene cada vez más problemas para encontrar restaurantes en Venecia en los que comer buena comida local y, como su creadora, cada vez le importa más el medioambiente, una de las obsesiones de Donna Leon que cobran cada vez más relevancia en sus libros. “Estoy a punto de convertirme en la loca del pelo blanco que se para en la esquina de la calle y dice al que pasa por ahí: apaga el aire acondicionado, deja de conducir, cambia de vida. Ese es el único problema de verdad que tenemos”, explica.

Donna Leon ha renunciado a Venecia, pero no a una de sus principales aficiones: la música clásica. Apoya económicamente a la orquesta barroca Il Pomo d’Oro, que ha pasado unos tiempos muy duros porque casi no han tenido conciertos y la mayoría de los músicos son freelance. Es algo que le ha ocurrido a muchos otros grupos musicales del mundo durante la pandemia. Ha echado mucho de menos la ópera —el primer libro de la serie reunía sus dos obsesiones: la música y la novela policiaca—, pero ha tenido tiempo para escribir un nuevo libro, el número 31 de la serie. Mientras Brunetti siga en activo, una parte de Venecia sobrevivirá con él.

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