El placer del reencuentro

Roca Rey, valeroso; Morante, inspirado, y Aguado, inédito, en el primer festejo de la singular Feria de San Miguel de Sevilla

Morante de la Puebla entra a matar al primer toro de la feria de San Miguel.
Morante de la Puebla entra a matar al primer toro de la feria de San Miguel.Alejandro Ruesga Sanchez

Volver a La Maestranza ha sido una experiencia única e irrepetible. Es que en unos días se hubieran cumplido dos años de un cierre a cal y canto, que guardaba un silencio ensordecedor provocado por la ausencia de colores, olores, sonidos, sustos y grandezas.

Por eso, por las cancelas abiertas ha entrado un soplo de vida. Y allí estaba, majestuosa y bella, como siempre, esta histórica plaza, hecha a jirones, imperfecta también, iluminada por esa tenue luz del otoño que le vuelve a dar un aire de suprema elegancia.

Ahí estaban los arcos, el albero, ese invisible ruedo ovalado, los vecinos de localidad, ocultos tanto tiempo por la pandemia… Ahí estaban de nuevo la banda de música, la puerta de cuadrillas, los toriles, los tejadillos…

No había trajes de flamenca, pero sí ilusiones desbordadas, sonrisas en los semblantes y un sentimiento cercano a la emoción cuando el festejo aún no había comenzado.

La plaza se puso en pie a los sones nunca olvidados del pasodoble ‘Plaza de la Maestranza’, y acompañó el paseíllo con una atronadora ovación para dar la bienvenida a la fiesta de los toros en Sevilla. Instantes después, obligó a saludar a los tres matadores en un abrazo fraternal a los protagonistas de la fiesta.

Serenos ya los ánimos, salió el toro, el túnel del tiempo se volvió septembrino, los cuerpos entraron en caja, y hubo toreo, sí, detalles del barroquismo inspirado de un Morante decidido, derroche de valor de Roca Rey, empeñado en mandar, y alguna filigrana capotera de Aguado; pero no se produjo el milagro y, dos años después, los cimientos de La Maestranza no crujieron como se esperaba.

Otra vez fallaron los toros; en esta ocasión, de Victoriano del Río, excesivamente blandos y ayunos de casta. Es verdad, sin embargo, que hubo uno, el segundo, de bondad tontuna, que humillaba y repetía ante el cite, con el que Roca Rey hizo el previsible toreo moderno: derechazos y naturales acelerados, ventajistas y escasos de hondura, de modo que ni fue faena de arrebato ni levantó pasiones. Es torero poderoso, sin duda, dominador y con el oficio bien aprendido, pero su contorsionismo genera un toreo mecánico escaso de sentimiento.

Morante, por su parte, es la sorpresa motivada por la inspiración. Tras quitarle las moscas al inservible primero, el público protestó la invalidez del cuarto, pero el eco no llegó al palco presidencial. Nadie daba un céntimo por ese toro, cuando Morante se lo llevó al centro del ruedo, y allí, en la boca de riego, contó a la concurrencia algunos secretos de su orfebrería taurina. Una primera tanda con la derecha en la que sobresalió un muletazo final extraordinario; otra, a pies juntos; en la siguiente sale apurado y la firma con un molinete con la zurda. Con la muleta en esa mano y el toro apretando hacia las tablas, el torero despliega galanura en naturales imperfectos que cierra con un visto y no visto desplante de rodillas, y, antes de pinchar y decir adiós a un trofeo, insiste con la derecha y termina con otro desplante torerísimo en una imitación del monumento a Curro en los aledaños de la plaza.

Del Río/Morante, Roca Rey, Aguado

Toros de Victoriano del Río, desiguales de presentación -primero y tercero, muy astifinos-, mansos a excepción del sexto; muy blandos y descastados; muy noble el segundo y codicioso el último.

Morante de la Puebla: dos pinchazos y media estocada (silencio); dos pinchazos, estocada _aviso_ y un descabello (gran ovación).

Roca Rey: pinchazo y estocada (oreja); media estocada y un descabello (petición y vuelta).

Pablo Aguado: pinchazo, estocada y un descabello (silencio); dos pinchazos _aviso_ y tres descabellos (silencio).

Plaza de La Maestranza. 18 de septiembre. Primera corrida de feria. Lleno de ‘no hay billetes’ sobre un aforo del 60 por ciento.

 

Aguado tuvo mala suerte con su primero, un animal que no podía con sus kilos, pero tomó el capote en el segundo de Roca e interpretó un quite por chicuelinas, sedoso y pinturero, que abrochó con dos medias, y dejó a La Maestranza con la boca abierta; el peruano aceptó el reto, le contestó con unas apretadas gaoneras, y dijo alto y claro que venía a por todas.

Brindó al respetable, se hincó de rodillas, pero, cuando la faena tomaba vuelo, el toro se rajó. Entonces, Roca alardeó de valor, pero no fue suficiente para pasear otro trofeo. Por cierto, torerísimo toda la tarde, con las banderillas y el capote, su subalterno Juan José Domínguez, el torero que sufrió una terrorífica cornada en la feria de San Isidro celebrada en Vistalegre.

Y salió el último de la tarde: el único bravo del encierro, que apretó en el caballo, acudió y persiguió en banderillas y embistió con codicia y fiereza a la muleta desvaída de Aguado. Era un toro a contraestilo, dirán los taurinos; era un toro encastado y fiero, dificultoso, de esos que no sirven a los artistas. Por cierto, Aguado se resintió al final de una lesión en la rodilla derecha y pasó un quinario para descabellar.

En fin, que la vuelta a La Maestranza ha sido un feliz reencuentro. ¡Cuántas ganas había de volver…!

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