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El ‘Quijote chico’, la edición del clásico para el pueblo

La RAE atesora la publicación de bolsillo que lanzó en 1782 de la gran obra de Cervantes con la que buscó llegar al gran público

Plancha de cobre con la que se imprimió una de las ilustraciones del 'Quijote chico', en 1782.
Plancha de cobre con la que se imprimió una de las ilustraciones del 'Quijote chico', en 1782.David G. Folgueiras

De las innumerables ediciones del Quijote, hay una que se publicó hace ya 239 años para llegar al mayor público posible, tras décadas de impresiones que, por su tamaño y lujosas ilustraciones, suponían un coste que no estaba al alcance de todos. Fue bautizada como el Quijote chico, edición de bolsillo de 1782 de la gran obra de Cervantes que promovió la Real Academia Española (RAE). El Quijote chico había tenido dos años antes un hermano mayor, “una magnífica edición, pero muy cara, con la que la Academia comenzó a publicar obras literarias clásicas”, explica la directora del archivo de la RAE, Covadonga de Quintana. Ese proyecto que empezó con el Quijote fue la semilla de la Biblioteca Clásica de la RAE, que hoy dirige el académico Francisco Rico, y reúne más de 40 títulos de autores como Zorrilla, Bécquer, santa Teresa de Jesús, Lope de Vega, Pardo Bazán…

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Del Quijote canónico de 1780, “que había cotejado las tres primeras ediciones”, dice por teléfono Rico, cervantista, autor de una edición monumental del clásico, la RAE pensó que tenía que hacer una versión más pequeña y barata. “Al principio se pensó que no fuera ilustrada”, añade De Quintana, quizás para hacerla más accesible. Se pidió la obligatoria licencia al rey, Carlos III, que la concedió en marzo de 1781.

Sin embargo, por el camino la RAE cambió de opinión y decidió que el Quijote chico también estuviera ilustrado. Ello se debe, en gran medida, al académico Vicente García de la Huerta, un erudito nacido en 1734 en Zafra (Badajoz), que había regresado hacía pocos años del destierro en Argelia por unos escritos que no habían gustado al todopoderoso conde de Aranda. García de la Huerta insistió a sus colegas que él, que decía estar al cabo de la calle, estaba seguro de que la gente querría una edición con dibujos.

La Academia decidió publicar esa edición “con letra chica”, dicen las actas, lo que significa que había que adaptar los cuatro volúmenes de la obra de 1780 a un formato pequeño. El Quijote chico, conservado en la RAE, son también cuatro volúmenes, cada uno con su lazo blanco, cuyas cubiertas, de color marrón, miden 17 por 11,5 centímetros. En el lomo se lee Don Quixote. “En la siguiente mención que se hace de esta publicación en las actas de la Academia ya se la llama el Quijote chico”, apunta De Quintana.

Uno de los volúmenes del 'Quijote chico', con el dibujo de la placa de cobre mostrada más arriba.
Uno de los volúmenes del 'Quijote chico', con el dibujo de la placa de cobre mostrada más arriba. David G. Folgueiras

El responsable de los trabajos fue el académico Pedro de Silva, que luego dirigió la RAE. “Actuó con plenos poderes, sin dar cuentas, porque no hay apuntes de ello, solo los pagos”. Como los que se hicieron a los hermanos Isidro y Antonio Carnicero, pintores y escultores, que pertenecieron a la Academia de Bellas Artes, encargados de dibujar las 23 estampas del Quijote chico. “El de 1780”, señala Rico, “estaba ilustrado un capítulo sí y otro no”.

Para el chico se escogieron pasajes como la disputa de Sancho con el ama y la sobrina; los pastores apedreando a don Quijote por confundir su rebaño con un ejército, Sancho manteado en la venta y, por supuesto, la sin par aventura de los molinos de viento.

Aguafuerte y buril

Después, los dibujos se enviaron a grabadores de la Academia de Bellas Artes, que produjeron las planchas de cobre, al aguafuerte y con buril, que se conservan en la RAE. “No se les pagó a todos lo mismo, el de mayor rango fue Manuel Salvador y Carmona, 18 doblones”. Las planchas, que se han conservado muy bien, con algún pequeño óxido en verde pese a tener 239 años, están firmadas por los Carnicero y el grabador de turno. También tienen grabado el tomo y capítulo en el que debían ir.

Por fin se presentó la obra al rey. “Se enviaron ejemplares a la Biblioteca Real, la Academia de Bellas Artes, Secretarías de Estado, académicos honorarios…”. De Quintana declara que se imprimieron, como tirada inicial, 4.000 ejemplares y que se decidió, el 2 de mayo de 1782, que se vendiera cada lote a razón de 48 reales, precio sin encuadernar.

Los dibujos de la edición fueron obra de los hermanos Isidro y Antonio Carnicero

Además del cuidado texto, se incluía una biografía de Cervantes, escrita por Vicente de los Ríos, artillero y cervantista, que enseñaba a sus alumnos del Real Colegio Militar de Segovia desde el manejo de la pólvora a las tácticas en el campo de batalla. Sin embargo, De los Ríos murió antes de ver publicada su aportación, que ya se había incluido en el Quijote grande. En ambas ediciones se incorporaron “unas tablas de variantes”, que examinaban palabras escritas de diferentes formas en varias versiones. Rico explica que el motivo, entre otros, de esas tablas fue porque “en las ediciones anteriores había innumerables erratas”.

Solo cinco años después de su nacimiento, el Quijote chico volvió a imprimirse, con la novedad editorial de un mapa desplegable de la ruta que siguió el caballero de la triste figura. Su autor fue Tomás López, geógrafo real, que se sirvió de ayudantes que dibujaron sobre el terreno los lugares por donde cabalgó don Quijote.

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