Libros

Una apuesta narrativa hecha de anonimato y perdedores en la sombra

Apartada del mundo literario, Esther García Llovet publica ‘Gordo de feria’, una novela en la que deja sitio al humor, pero que mantiene su poética urbana y su estilo conciso

Esther García Llovet, en Madrid el pasado 2 de febrero.
Esther García Llovet, en Madrid el pasado 2 de febrero.Olmo Calvo

Parece que a Esther García Llovet (Málaga, 57 años) le gusta llevar la contraria. En un mundo dominado por novelas extensas, literatura de género y grandes series, ella escribe libros breves, concisos, no adscritos a ninguna corriente; en un Madrid de atracción turística y casticismo ella se fija en un norte apenas conocido; en una sociedad entregada al éxito y la presencia social, ella vuela fuera del radar, en un agradable anonimato. “Cualquier historia se puede contar cuanto más resumida mejor. Me gusta que sea ágil, rápido de leer. Igual que es rápido de escribir. Normalmente las novelas me las ventilo muy deprisa. Una novela es como una cuerda que tiene que ser lo bastante tensa como para que cuando camines por encima no te caigas. Es fácil. Hay que ir al grano y ya está. Soy todo hueso. Si le das mucho tiempo al lector se marcha y se pone a hacer otra cosa, que para eso están Netflix y HBO”, reflexiona por teléfono desde su casa mientras ve pasar “el milagro de una quitanieves”, en un Madrid en plena tercera ola de coronavirus y colapsado por los efectos de Filomena.

Gordo de feria (Anagrama) es su última novela, un libro con trasfondo oscuro, pero en el que cambia el tono, que no la forma, para adentrarse en las peripecias de un humorista de éxito, Castor, que harto de su vida se busca un doble que le supla en los bolos. “Me apetecía escribir sobre el humor, que es algo muy serio y más complejo de lo que parece. Me parece que siempre hay que escribir sobre literatura social, realista, una y otra vez, la guerra civil que no se acaba nunca, yo me muero. Pero el humor empieza a tener unas connotaciones de las que quería proteger a los personajes”, comenta antes de criticar el “quejinismo” de la sociedad española y lo que a su juicio es la extensión de cierta mojigatería. “Si nos vamos a reír de todo, vamos a reírnos de todo y no solo de lo que no nos molesta”.

Castor es tan perdedor como lo fueron antes los protagonistas de Sánchez (Anagrama, 2019), una incursión negra y urbana en la vida nocturna de dos personajes, dos habitantes del submundo criminal, que caminan en pos de la nada. A todos les puede el aburrimiento. “Tienen mucho tiempo porque no trabajan, no hacen nada. Pero también tienen un pequeño rasgo de psicopatía y toleran muy mal el aburrimiento. Son adrenalínicos. Se supone que en literatura todos los personajes tienen que querer algo, pero a mí lo que me interesa es el renuente, el que espera a que la oportunidad le venga, que también es muy español”, explica para trazar el signo vital de sus protagonistas. Otra cosa son los secundarios, gente que deja entrever un lado inquietante, personajes que dejan ganas de más. “Cuando aparece un secundario es como el último hermano de una familia. Son los que menos atención he puesto, de los que menos notas he tomado y se comen la escena. ¿Por qué? Porque saben que van a salir poco tiempo”, explica.

Me gusta que sea ágil, rápido de leer. Igual que es rápido de escribir. Normalmente las novelas me las ventilo muy deprisa.

No se entiende la poética narrativa de García Llovet sin el Madrid del norte, más residencial, retratado con una luz extraña y cautivadora. Tampoco sin la M-30. “Me fascina, me fascina. Es como el Misisipi, pero vamos muy deprisa y no nos damos cuenta. Es como mis personajes, no va a ninguna parte por mucho que se mueva, todo el rato dando vueltas. Es la empalizada contra el exterior”, reflexiona con emoción antes de contar el tour que tiene planificado cámara en mano alrededor de esta carretera de circunvalación, arteria principal de sus historias.

En 2016, un entusiasmado jurado del premio Herralde recomendó la publicación de Cómo dejar de escribir, que había quedado fuera de la final. Fue el principio y el fin de algo. Se suponía que era su última novela, de ahí el título, un intento por dejar atrás el estilo que había dominado sus primeras obras, demasiado influido por el fogonazo de la lectura de Roberto Bolaño años antes. Y, sin embargo, esa historia de letraheridos y fracasados le abrió las puertas de Anagrama y del reconocimiento de la crítica. “Como empecé a escribir casi con 40 años, tenía mi vida hecha y no estoy en el mundo literario. Claro que me interesa el éxito profesional. No soy tonta. Pero la fama no. No es que quiera ser escritora de culto, es que estoy bien en el anonimato. No tengo Twitter, no tengo Facebook, pero no vivo en una cueva. Puede que al final te vean como una rara, pero me da exactamente igual”, declara a modo de manifiesto. Siempre, añade, se podrá refugiar en otra de sus actividades, los guiones, porque, asegura, “ganas más dinero y nadie sabe quién eres”. La conversación continúa por teléfono a lo largo de los días, buscando un momento para hacerle una foto en un Madrid ya recuperado del temporal. Por el camino ha terminado otra novela, también breve, “negrísima”, pero esta vez en Benidorm. Cuestión de llevar la contraria.


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