OBITUARIOOpinión
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Helena Cambó, ciudadana

Fallece a los 91 años la hija del mecenas y político catalanista que potenció el legado cultural de su padre

Helena Cambó en 1997, junto al retrato de su padre Francesc Cambó.
Helena Cambó en 1997, junto al retrato de su padre Francesc Cambó.Marcel.li Saenz

Con Helena Cambó (1929-2021), desaparece una de las personas que con mayor denuedo y perseverancia han mantenido en Cataluña, durante muchos decenios, el apoyo a las letras y las artes. Heredó de su padre la convicción de que todo país requiere que sus ciudadanos más afortunados colaboren en el mantenimiento de un sólido nivel cultural, y que emprendan iniciativas que perduren más allá de cualquier contingencia política. La fabulosa intervención de Francesc Cambó en ese campo tuvo en su hija Helena una heredera fiel, inteligente e incansable. En el panorama de la Cataluña de hoy, su figura, su actividad y su firmeza compensan con creces una tendencia romántica a suponer que no hay más cultura para un “pueblo” que aquella que favorece el espíritu tribal.

Por el contrario, la política cultural abierta e innovadora que en el país fue generada ante todo por Prat de la Riba y los miembros de la Lliga Regionalista, nos dejó una enorme serie de instituciones y bienes culturales de muy alto rendimiento que todavía son visibles: entre ellos, el Institut d’Estudis Catalans y una extensa red de bibliotecas e instituciones pedagógicas. A ello hay que sumar, bajo el mecenazgo de Cambó, otra serie de bienes de valor inapreciable que van de la colección Bernat Metge ―que lleva editados más de 400 volúmenes de literaturas clásicas griega, romana y paleocristiana― a la colección de pintura hoy depositada en el Museo Nacional de Arte de Catalunya (MNAC), pasando por la colección Monumenta Cataloniae, una de las grandes Biblias en lengua catalana, el diccionario de Pompeu Fabra, la Història de Catalunya, de Ferran Soldevila, o la traducción de Josep Maria de Sagarra de la Comedia, de Dante.

La obra de Francesc Cambó y de su hija Helena convierte a este linaje en un ejemplo de lo que Roma consideraba un gran ciudadano: la civilitas romana no era un concepto que quedara limitado a los actos más inmediatamente políticos, sino que incluía, con mayor relieve si cabe, las actuaciones de un ciudadano en el terreno de las leyes, las letras y las artes. Esto es la que ha sido Helena Cambó: una mujer al servicio de la ilustración de la ciudadanía, con el mérito que supone asumir esta responsabilidad en un momento en el que solo se juzga el timbre político por acciones efímeras, y de vez en cuando por sonoros disparates. Poco quedará de esto; mucho de lo que ha protagonizado Helena.

Nació en Zúrich, en 1929, y fue hija única de don Francesc. Con sus padres se exilió a Italia y Suiza a raíz de la guerra civil española, y se trasladó a Nueva York al inicio de la II Guerra Mundial. Residió en Buenos Aires a partir de 1941, y allí se casó con Ramon Guardans, en 1951. Tuvieron catorce hijos. Ya instalada en Barcelona en la casa que hizo construir Cambó en Via Laietana, Helena continuó patrocinando las iniciativas culturales y de mecenazgo que éste había iniciado. Siguiendo su voluntad, hizo entrega a la ciudad de la colección de pintura que su padre había reunido, pero vivió rodeada de grandes piezas, que podían verse en su domicilio, entre ellas el magnífico Retrato de Michele Marullo, de Botticelli. Depositó en el Museo del Prado otras obras de enorme valor, como tres de los paneles de Nastagio degli Onesti. Presidió la fundación Institut Cambó, y fue miembro de honor del Patronato del Museo del Prado y patrona del MNAC, ya referido. A la muerte de su marido, en 2007, con la ayuda de su primogénito siguió acrecentando el catálogo de la colección de autores clásicos de Grecia y Roma, hasta que dicha colección pasó a manos de otro grupo editorial, en 2017.

Es revelador del empeño de algunos por suturar las heridas abiertas a raíz de la última guerra española el hecho de que la Fundació Lluís Carulla ―que honra la memoria de otro benefactor de la alta cultura y del mecenazgo en los decenios posteriores a la guerra―, otorgara a Helena Cambó y a Maria Macià, en una misma convocatoria, el Premi d’Actuació Cívica. El premio fue concedido a Helena Cambó por “la dignidad y fidelidad con las que ha llevado su ilustre apellido”. Solo cabría añadir que Helena no ha llevado con dignidad solamente los apellidos de sus progenitores. Ha llevado con absoluta dignidad, con esfuerzo y con generosidad su propio nombre. Un nombre que la convierte en una ciudadana ejemplar, con tanto amor por ver a su patria “desvetllada i feliç” (Espriu) como el que han demostrado, desde la Renaixença, muchos hombres y mujeres de amplias miras. Sea este recuerdo un mínimo consuelo para todos sus hijos, amigos.