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LECTURA

“Lo imposible ha sucedido”: qué nos enseña una catástrofe sobre la esperanza

La autora de 'Wanderlust' y 'Los hombres me explican cosas' analiza en su nuevo libro, 'Un paraíso en el infierno', qué efectos positivos pueden comportar los momentos de crisis. 'Babelia' adelanta el prólogo del ensayo, que hoy llega a las librerías

'Flood' (2011), de Kota Ezawa.
'Flood' (2011), de Kota Ezawa.

Un desastre comienza de repente y nunca llega a terminar del todo. En muchos y cruciales aspectos, el futuro no se parecerá al pasado, ni siquiera al pasado más reciente, al de hace uno o dos meses. Ni la economía, ni las prioridades, ni la forma en que vemos el mundo serán lo que eran a principio de año. Los cambios concretos resultan casi increíbles: grandes empresas como General Electric o Ford se adaptan para fabricar respiradores, los Gobiernos se vuelven locos buscando equipos de protección, vemos vacías y en silencio las calles que siempre rebosaron bullicio, la economía se hunde. Todo lo que era imparable se ha detenido, y todo lo que era imposible —mayores derechos y prestaciones para los trabajadores, prisioneros liberados, esos billones de dólares que Estados Unidos va a poner sobre la mesa— ya ha sucedido.

En medicina, la palabra “crisis” hace referencia a la encrucijada a que se enfrenta un paciente en su evolución, el momento crucial en que se decide su recuperación o su muerte. “Emergencia” viene de “emerger”, como si describiera eventos que nos expulsan de lo conocido a un territorio inexplorado, como si nos viéramos obligados a reorientarnos urgentemente. La raíz griega de la que procede “catástrofe” indica un cambio brusco en los acontecimientos.

Hemos llegado a una encrucijada, hemos abandonado la supuesta normalidad, los acontecimientos han sufrido un brusco cambio. En este momento, nuestra tarea —la de quienes no estamos enfermos, no trabajamos en primera línea frente al virus, tenemos un techo sobre nuestras cabezas y no atravesamos grandes dificultades económicas— es tratar de entender el momento: qué se exige de nosotros, qué posibilidades se han abierto.

Los desastres (término que etimológicamente significa “desventura”, estar “bajo un mal signo”) transforman a la vez el mundo y la manera en que lo percibimos. La perspectiva cambia, cambia lo relevante. Lo débil se rompe bajo una presión inédita, lo que era fuerte resiste, lo que estaba escondido se hace visible. El cambio no es solo posible, es inevitable: nos arrolla y arrastra consigo. Cambiamos también nosotros, reordenamos prioridades y una conciencia más acuciante de la propia mortalidad hace que abramos los ojos al preciado valor de la vida. Ni siquiera ese “nosotros” es ya el que era, pues, separados de los compañeros de clase y del trabajo, compartimos la nueva realidad con desconocidos. El ser humano formula su propia identidad a partir del mundo que le rodea. Lo que ahora tenemos entre manos es una nueva versión de nosotros mismos.

Mientras la pandemia ponía la vida patas arriba, escuché a muchos quejarse de su dificultad para concentrarse en algo o para ser productivos. Sospecho que era porque todos estábamos inmersos en otra tarea, más importante. Pasa lo mismo durante un embarazo, o cuando nos recuperamos de una enfermedad, o cuando somos pequeños y damos el estirón: estamos trabajando, no dejamos de trabajar, sobre todo cuando parece que no hacemos nada. Por debajo del nivel de la conciencia, nuestro cuerpo crece, se cura, produce, transforma, alimenta. Mientras nos esforzábamos por entender los datos y los procesos científicos del desastre en curso, nuestra psique hacía algo equivalente. Había que adaptarse a cambios sociales y económicos profundos y estudiar las posibles lecciones del desastre. Había que prepararse para un mundo que no vimos venir.

Lo primero que nos enseñan los desastres es que todo está conectado. Por mi propia experiencia en una catástrofe de tamaño medio (el terremoto de 1989 en la bahía de San Francisco) y escribiendo sobre otras mucho mayores (el 11 de Septiembre, el huracán Katrina, el terremoto en la región de Tōhoku en 2011 o la catástrofe nuclear de Fukushima en Japón, entre otras), he descubierto que los desastres son cursos intensivos de identificación de conexiones. Es en los momentos de grandes cambios cuando observamos con renovada lucidez los sistemas —políticos, económicos, sociales, ecológicos— en los que estamos insertos y cómo se transforman a nuestro alrededor: vemos lo que es fuerte, lo que es débil, los elementos corruptos. Lo que importa y lo que no.

Suelo representarme esos momentos como los episodios anuales del deshielo ártico, cuando las banquisas de hielo se resquebrajan, el agua fluye entre ellas y los barcos pueden atravesar lugares que en invierno les habían estado vedados. El hielo sería esa configuración de las relaciones de poder que conocemos como statu quo: algo que siempre nos pareció estable y que, según nos dicen desde arriba, no puede alterarse. Hasta que lo hace, rápida y dramáticamente, y el cambio resulta aterrador, o esperanzador, o ambas cosas a la vez.

'Hamburgo después del incendio de 1842', de Jacob Gensler.
'Hamburgo después del incendio de 1842', de Jacob Gensler.

Cuando el statu quo se tambalea, quienes se benefician de él están más preocupados de mantenerlo o restablecerlo que proteger la vida de nadie. Lo hemos visto en la coral de mandamases empresariales y altos cargos conservadores que afirmaron que todo el mundo debía volver al trabajo para salvaguardar el mercado bursátil y que las muertes resultantes serían un precio aceptable. Es habitual que, en las crisis, los poderosos intenten acumular más poder —ahí está el Departamento de Justicia de la Administración de Trump tratando de suspender los derechos constitucionales— y los ricos acumular más riqueza: dos senadores republicanos son hoy el blanco de las críticas por, presuntamente, utilizar información interna sobre la pandemia para obtener dividendos en bolsa (aunque ambos han negado haber obrado con mala fe).

Los sociólogos del desastre utilizan el término “pánico de las élites” para describir el comportamiento vil de los poderosos a partir de la creencia de que la gente corriente se comportará de manera reprobable. Por lo general, cuando las élites hablan del “pánico” y los “saqueos” en las calles, están dando nombres desacertados a los mecanismos que la población pone en práctica para sobrevivir y cuidar de los demás en situaciones de urgencia. A lo mejor la posibilidad de que lo más sensato era huir del peligro cuanto antes o reunir provisiones para repartirlas entre los necesitados.

Esas mismas élites son las que tienden a anteponer el beneficio y las propiedades a la comunidad y las vidas humanas. En los días que siguieron al terremoto de San Francisco, el 18 de abril de 1906, el ejército estadounidense, convencido de que la población suponía una amenaza y que los disturbios serían un grave problema, se hizo con el control de la ciudad. El alcalde dio permiso para “disparar a matar” contra todas las personas descubiertas en actos de pillaje. Los soldados lo hicieron, seguros de que así restauraban la paz social. En realidad, su única contribución en el desastre fue abrir cortafuegos inútiles que contribuyeron a la propagación de las llamas y disparar o golpear a los ciudadanos que contravenían las órdenes (aunque las órdenes fueran permitir que el fuego acabara con sus hogares y sus barrios). Noventa y nueve años después, tras el huracán Katrina, la policía de Nueva Orleans y las patrullas urbanas de individuos blancos hicieron lo mismo: disparar contra personas negras en nombre de la propiedad y de su propia autoridad. El Gobierno, a nivel local, estatal y federal, aún veía en la población desplazada, mayoritariamente pobre y negra, un peligroso enemigo que había que controlar, y no a víctimas de una catástrofe que requirieran su ayuda.

Tras el huracán, los principales medios de comunicación contribuyeron a extender la obsesión con el saqueo y el pillaje. Se diría que los bienes de consumo producidos en masa y expuestos en los centros comerciales eran más importantes que la gente que no disponía de alimentos ni de agua potable, que las ancianas atrapadas en el tejado de sus casas. Murieron casi mil quinientas personas en un desastre provocado más por el mal gobierno que por el mal tiempo. El Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos no supo dar una respuesta adecuada; la ciudad no disponía de planes de evacuación para los pobres y la Administración del presidente George W. Bush fue incapaz de enviar ayuda eficaz a tiempo. Es la misma situación que vivimos estos días. Un miembro de la oposición brasileña afirma que el presidente derechista Jair Bolsonaro “representa a los intereses económicos más perversos, los que no sienten preocupación alguna por las vidas de la gente. Lo único que les importa es mantener el margen de beneficios” (Bolsonaro asegura, mientras tanto, que está tratando de proteger tanto a los trabajadores como a la economía).

Cuando se decretó el cierre de los negocios, el multimillonario evangélico dueño de la cadena de manualidades Hobby Lobby aseguró que él obligaba a sus trabajadores a continuar en sus puestos porque así lo quería Dios (todas las tiendas están ya cerradas). En Utline Corporation, propiedad de la pareja de multimillonarios Richard y Liz Uihlein, grandes donantes en la campaña de Trump, los trabajadores de Wisconsin recibieron un memorándum en que se leía: “Por favor, NO hables con tus compañeros de síntomas ni comentes tus opiniones al respecto. Al hacerlo, provocas un pánico innecesario en la oficina”. El fundador y presidente de la empresa de gestión de nóminas Paychez, el multimillonario Tom Golisano, afirmó: “Las consecuencias de detener la economía podrían ser peores que perder a unas cuantas personas más” (Golisano ha afirmado que su comentario se tergiversó y se ha disculpado).

El centro de San Francisco, tras el terremoto de 1906.
El centro de San Francisco, tras el terremoto de 1906.

La historia está llena de magnates más preocupados por esa cosa inerte que son los beneficios que por los seres vivos, que pagan sobornos para operar sin trabas, que obligan a niños a trabajar hasta desfallecer o arriesgan las vidas de sus trabajadores en fábricas clandestinas o minas de carbón. También de empresarios dispuestos a seguir extrayendo y quemando combustibles fósiles a pesar de todo lo que saben —o de lo que se niegan a saber— sobre el cambio climático. Uno de los principales usos de la riqueza siempre ha sido el de adquirir exenciones al destino común, comprar una salida del camino marcado para los demás. Y si bien los ricos suelen ser conservadores, resulta aún más frecuente que los conservadores se pongan del lado de los ricos, cualquiera que sea su estatus económico.

El principio de que todo está conectado es una afrenta para esa fantasía conservadora del lobo solitario sacada del imaginario viril de la frontera. La ciencia del cambio climático, que afirma que lo que sale de sus coches y sus chimeneas repercute a largo plazo en el destino del mundo y contribuye a degradar los cultivos y aumentar el nivel del mar o los incendios forestales, entre otros muchos fenómenos, les supone un insulto. Si todo está conectado, entonces es necesario examinar las consecuencias de cada decisión, cada acción, cada palabra. Eso, que algunos consideraríamos la realización práctica del amor, es para ellos un ataque contra la libertad, siendo “libertad” la palabra que utilizan para exigir que su búsqueda de beneficio personal no tenga límites. Un buen número de líderes empresariales y conservadores concibe la ciencia como una molestia de la que pueden desentenderse a placer. Muchos creen que pueden elegir las reglas y los hechos que más les convengan, o rehacerlos según sus intereses, como si fueran bienes y servicios que el mercado libre pone a disposición del consumidor. La periodista Katherine Stewart escribió en The New York Times: “El rechazo de la ciencia y el pensamiento crítico por parte de los ultraconservadores religiosos lastra ahora la respuesta estadounidense a la crisis del coronavirus”.

Gobernantes de Estados Unidos, Reino Unido y Brasil no quisieron reconocer que el desarrollo de la pandemia entrañaba posibilidades aterradoras. No estuvieron a la altura de las circunstancias cuando más falta hacía su respuesta y ahora dirigen todos sus esfuerzos a esconder ese error. La pandemia va a provocar, inevitablemente, una crisis económica, pero también se ha convertido en una oportunidad para afianzar poderes autoritarios en Filipinas, Hungría, Israel y Estados Unidos. Eso nos recuerda que, si los problemas de mayores dimensiones siguen siendo políticos, también lo son sus soluciones.

Al término de una tormenta, el aire queda limpio de las partículas de materia que enturbiaban la visión. Es entonces cuando alcanzamos a ver más lejos y con mayor claridad. Al término de esta tormenta, bajo una nueva luz, tal vez podamos repensar dónde nos encontrábamos y a dónde podemos ir, como les sucede a quienes sobreviven a un accidente o una grave enfermedad. Tal vez nos sintamos libres para buscar cambios que nos parecían imposibles cuando el hielo del statu quo bloqueaba el camino. Es posible que nos veamos a nosotros mismos, a nuestras comunidades, a nuestros sistemas de producción y a nuestro futuro de manera profundamente diferente.

En el mundo desarrollado, los cambios más inmediatos han sido espaciales. Nos hemos quedado en casa, quienes tenemos casa, y hemos evitado el contacto con los demás. Hemos dejado las escuelas, los centros de trabajo, los congresos, las vacaciones, los gimnasios, las tareas y los recados, las fiestas, los bares, las discotecas, las iglesias, las mezquitas, las sinagogas; hemos dejado de lado el bullicio y el ajetreo del día a día. La filósofa y mística Simone Weil le escribió a una amiga que se encontraba lejos: “Amemos esta distancia, toda ella entretejida de amistad, pues quienes no se aman no pueden ser separados”. Nos hemos separado para protegernos. Y a pesar de la necesidad de mantener la distancia física, hemos encontrado formas de ayudar a los más vulnerables.

Desde Filipinas me escribió mi amigo Renato Redentor Constantino, activista climático, y me dijo: “Las muestras de amor de las que somos testigos nos recuerdan por qué el ser humano ha logrado sobrevivir tanto tiempo. Asistimos día tras día a actos heroicos de valor y civismo, en nuestros barrios, en otras ciudades y otros países, ejemplos que nos susurran que los expolios de unos pocos no aguantarán contra las legiones de hombres y mujeres tenaces que se niegan a participar en la desesperación, la violencia, la indiferencia y la arrogancia a las que parecen empujarnos, ansiosamente, estos que se dicen líderes”.

Escombros provocados por el huracán Katrina en Port Sulpher (Louisiana), en diciembre de 2005.
Escombros provocados por el huracán Katrina en Port Sulpher (Louisiana), en diciembre de 2005.

Me pregunto si, cuando cortemos por fin la transmisión de la enfermedad, seremos capaces de reflexionar sobre los otros vínculos que hemos creado, acordarnos de cómo nos organizamos y se organizaron los productos y servicios de que dependemos. Tal vez le demos mayor importancia al contacto directo, a la cercanía. Es posible que los europeos que cantaron juntos desde los balcones y aplaudieron juntos al personal sanitario y los estadounidenses que salieron a cantar y bailar en las periferias residenciales hayan adquirido una nueva noción de pertenencia. Quizá respetemos más a los trabajadores que producen nuestra comida y nos la traen a casa.

No es fácil quedarse quieta. Pero a lo mejor tampoco nos apetece correr como hacíamos antes y optamos por abstenernos del trajín; a lo mejor algo de esta quietud se queda con nosotros. Podemos recapacitar, ver si es sensato importar de otros continentes los productos de los que dependen nuestras vidas —medicamentos, equipos sanitarios—, ver lo vendidos que estamos cuando las cadenas de suministro operan a partir del principio del justo a tiempo. Creo que la oleada neoliberal de nuestra época comenzó por privatizarnos las emociones, arrebatándonos lazos sociales y la noción de un destino común. Es posible que la experiencia compartida de este desastre revierta el proceso. Que una nueva comprensión de nuestra pertenencia al todo, de nuestra dependencia de él, aliente respuestas climáticas más ambiciosas. Al fin y al cabo, estamos descubriendo que los cambios repentinos y profundos sí son posibles.

“Comprar y gastar, así desperdiciamos nuestros poderes”, escribió Wordsworth hace algo más de doscientos años. A lo mejor ha llegado el momento de reconocer que puede haber suficiente comida, vivienda, atención médica y educación para todos, y que acceder a ello no debería depender del trabajo que tenemos o de si podemos ganar suficiente dinero. A lo mejor, la pandemia nos está dando argumentos a favor de la asistencia sanitaria universal y la renta básica, si es que aún no estábamos convencidos. Tras un desastre, la mentalidad cambia y las prioridades se ven alteradas. Y estas son fuerzas poderosas.

Hace una docena de años, mientras trabajaba en un libro acerca del desastre, Un paraíso en el infierno, entrevisté a la poeta nicaragüense y revolucionaria sandinista Gioconda Belli. Nunca olvidaré lo que me contó sobre las consecuencias del terremoto de 1972 en Managua. A pesar de que la dictadura intentó aprovecharse de él para salir reforzada, me dijo, el terremoto contribuyó al éxito de la revolución: “Teníamos la sensación de saber qué era y qué no era importante. Y la gente comprendió que lo importante era la libertad, poseer la capacidad de decidir y actuar sobre tu vida. Dos días después llega este tirano e impone toque de queda y ley marcial. Sentir aquella opresión, añadida a la catástrofe, resultaba insoportable, de verdad. Y cuando comprendes que toda tu vida puede decidirse en una noche en que la Tierra se echa a temblar, [piensas]: “¿Qué más da? Lo que deseo es una buena vida, y quiero arriesgar la que tengo, porque podría perderla esta noche”. Te das cuenta de que la vida ha de vivirse bien; que, si no, no merece la pena. Esa transformación profunda tiene lugar en las grandes catástrofes”.

Es la misma observación que he encontrado en todos los escenarios del desastre compartido, una y otra vez: cuando se produce una catástrofe, la proximidad de la muerte genera nueva vida, una vida más urgente, menos preocupada por las pequeñas cosas y más comprometida con las grandes, más implicada, por ejemplo, en la organización social y la contribución al bien común.

La mayoría de los desastres sobre los que he escrito tuvieron lugar en el siglo xx. Estos días, sin embargo, se nos presenta una analogía un poco más lejana: la Peste Negra, que acabó con un tercio de la población europea y que en Inglaterra dio lugar a las revueltas campesinas contra la limitación salarial y los tributos que financiaban las guerras. Fueron aplastadas por el poder, pero gracias a ellas los campesinos y los trabajadores conquistaron nuevos derechos y libertades. En las leyes aprobadas en Estados Unidos este marzo con motivo de la emergencia, muchos trabajadores han visto ampliados los derechos de sus permisos por enfermedad. Y en varios lugares han sucedido ya cosas que se nos dijo que eran imposibles, como dar cobijo a los sin techo.

Niños bañándose en la playa de Nakoso (Fukushima), en julio de 2012, en el primer baño tras el accidente nuclear del año anterior.
Niños bañándose en la playa de Nakoso (Fukushima), en julio de 2012, en el primer baño tras el accidente nuclear del año anterior.

Irlanda ha nacionalizado los hospitales, algo que “nos aseguraron que nunca ocurriría, que no podría ocurrir”, en palabras de un periodista irlandés. Canadá ha decretado cuatro meses de renta básica para todos los que hayan perdido su trabajo. Alemania ha hecho más que eso. Portugal ha decidido tratar a los inmigrantes y solicitantes de asilo como ciudadanos de pleno derecho durante la pandemia. En Estados Unidos hemos asistido a una considerable agitación laboral, y hemos visto resultados. Los empleados de Whole Foods, Instacart y Amazon protestaron por la falta de condiciones laborales seguras durante la pandemia. Desde entonces, Whole Foods ha ofrecido a todos los trabajadores que den positivo en coronavirus dos semanas de descanso cobrando el salario íntegro, Instacart asegura que ha implantado cambios para garantizar la seguridad de trabajadores y clientes, y Amazon dice que está “cumpliendo las directrices” sanitarias. Algunos trabajadores han logrado nuevos derechos y aumentos de sueldo; entre ellos, el medio millón de empleados de los supermercados Kroger. Los fiscales generales de quince estados han comunicado a Amazon que debe ampliar las bajas por enfermedad retribuidas. Tales ejemplos demuestran que las disposiciones financieras de nuestras sociedades no son inamovibles.

Ahora bien, lo habitual es que las consecuencias más determinantes del desastre no sean inmediatas ni directas. El colapso financiero de 2008 desencadenó el movimiento de Occupy Wall Street en 2011, que arrojó luz sobre las desigualdades económicas y las consecuencias a nivel humano de las hipotecas abusivas, los créditos estudiantiles, los colleges universitarios con ánimo de lucro o el sistema de seguros de salud privados, entre muchas otras cosas. También permitió el ascenso mediático de perfiles como los de Elizabeth Warren y Bernie Sanders, cuyas ideas han contribuido a escorar el Partido Demócrata a la izquierda, hacia políticas que pueden hacer de Estados Unidos una nación más justa e igualitaria. Las conversaciones que surgieron de Occupy y otros movimientos hermanos por todo el mundo nos han animado a practicar una vigilancia más atenta y crítica del poder que nos gobierna, y a exigir mayores cotas de justicia económica. Igual que los cambios en la esfera pública parten de lo individual, los cambios globales afectan a la percepción personal del yo, a nuestras prioridades, a nuestro sentido de lo posible.

Nos encontramos en las primeras fases del desastre, inmóviles, presas de una extraña quietud. Es como aquella tregua navideña de 1914, cuando los soldados alemanes e ingleses dejaron de luchar durante un día, las armas guardaron silencio y los combatientes departieron unos con otros con total libertad. La guerra se había detenido. En múltiples sentidos, todo nuestro comprar y gastar puede entenderse como una guerra contra la Tierra. Desde el brote del covid-19, las emisiones de carbono se han desplomado. Los informes afirman que el aire sobre Los Ángeles, Pekín y Nueva Delhi está milagrosamente limpio. Los parques de Estados Unidos se han cerrado a los visitantes, lo que ha podido tener efectos beneficiosos para la fauna silvestre. En el último cierre del Gobierno estadounidense, entre 2018 y 2019, los elefantes marinos del área protegida de Point Reyes, al norte de San Francisco, se apropiaron de una de las playas, que ahora les pertenece durante su temporada de apareamiento y gestación en tierra.

La de la Peste Negra no es la única analogía que nos viene a la mente. Cuando una oruga se envuelve en su crisálida, tiene lugar el proceso, bastante literal, de su propia disolución. Lo que era una oruga y será una mariposa no es, por el momento, ni una cosa ni la otra, sino una especie de sopa animada, de vida líquida. Dentro de ella están las células imaginales que catalizarán el desarrollo del estado adulto, alado, del insecto. En esa sopa estamos ahora mismo. Hemos de esperar que nuestras células imaginales sean lo mejor que llevamos dentro, el yo más imaginativo, el más inclusivo. Las consecuencias de una catástrofe no están predefinidas. El desastre es conflicto, y aquello que estaba helado, sólido y nos cerraba el paso se abre y fluye y lleva consigo tanto las mejores posibilidades como las peores. Nos encontramos simultáneamente inmóviles y en profunda transformación.

“Lo imposible ha sucedido”: qué nos enseña una catástrofe sobre la esperanza

Quienes pasamos más tiempo en casa y solos, asistiendo a la aparición imprevista del nuevo mundo, vivimos también un momento más hondo, de mayor calado. Solemos clasificar las emociones en buenas y malas, felices y tristes, pero creo que también cabe separarlas en una escala de superficialidad y hondura. Lo que normalmente llamamos felicidad suele consistir en un vuelo desde las profundidades, una huida de la vida interior y del sufrimiento que nos rodea. No ser feliz está considerado un fracaso. Sin embargo, en la tristeza hay dolor y hay sentido, igual que en la pena y en el duelo, emociones que nacen de la empatía y la solidaridad. Si estamos tristes y asustados es porque compartimos una preocupación, porque espiritualmente no nos hemos desligado del destino común. Y si nos sentimos abrumados, tal vez sea porque el momento resulta abrumador, porque habrán de pasar décadas de investigación, análisis, debate y reflexión antes de que podamos comprender cómo y por qué el año 2020 nos llevó por terrenos pantanosos, desconocidos.

Hace siete años, Patrisse Cullors escribió una especie de declaración de intenciones para el movimiento Black Lives Matter: “Seremos esperanza e inspiración para la acción colectiva capaz de construir un poder colectivo dirigido a la transformación social. Nacemos del dolor y de la rabia, pero nos dirigimos a la consecución de las visiones y los sueños”. No resulta hermoso solo por esperanzador, porque Black Lives Matter llevara a cabo una labor transformadora, sino también porque reconoce que la esperanza puede cohabitar con el dolor y las dificultades. Que no es incompatible con la tristeza de las profundidades y la furia que arde en la superficie. Somos, al fin y al cabo, criaturas complejas, capaces de diferenciar la esperanza de ese optimismo que afirma que todo irá bien, siempre, pase lo que pase.

Gracias a la esperanza sabemos que, entre todas las incertidumbres que nos depara el futuro, habrá batallas que merezca la pena luchar, que incluso podemos ganar algunas de ellas. Sin embargo, esa esperanza se enfrenta al peligro de creer que todo iba bien antes del desastre y que debemos regresar a ese estado. Antes de la pandemia, la vida de muchos seres humanos era ya un desastre de desesperación y marginalidad, una catástrofe ambiental y climática, una obscenidad de desigualdades. Aún es pronto para saber qué emergerá de esta emergencia, pero no para buscar oportunidades de contribuir a lo que sea que nos depare. Creo que ese es el desafío para el que muchos nos estamos preparando.

Traducción de David Muñoz Mateos.

Rebecca Solnit es ensayista estadounidense, autora de Wanderlust, Los hombres me explican cosas, Esperanza en la oscuridad o Una guía sobre el arte de perderse, todos ellos publicados por Capitán Swing. Su nuevo libro, Un paraíso en el infierno, llega este martes a las librerías.