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¿Alguien cree de verdad que la fiesta de los toros es patrimonio cultural?

Ni Cultura ni los taurinos valoran ni defienden la consideración legal de la tauromaquia

Imagen publicitaria de la Feria de Abril de 2020.
Imagen publicitaria de la Feria de Abril de 2020.

¿Es o no es la fiesta de los toros patrimonio cultural de este país? Es verdad que así lo reconoce la ley, pero la pregunta no pretende ser retórica. ¿Existe el convencimiento real de que la tauromaquia forma parte de la cultura española, en igualdad de condiciones con la música, el teatro o el cine?

Y se puede ir más allá: ¿se creen los toreros, ganaderos y empresarios taurinos actores, agentes y productores culturales?

Y un peldaño más: ¿considera el Ministerio de Cultura que la tauromaquia es una industria cultural más y así debe ser tratada?

Existen serias dudas de que tales preguntas puedan ser contestadas afirmativamente.

La tauromaquia es un marrón para los ministros de Cultura

La realidad cotidiana ofrece múltiples razones para pensar que los taurinos no tienen muy claro el significado de "patrimonio cultural", pero suena muy bien y ofrece una pátina de imaginable prestigio social. Y poco más. Los taurinos han preferido siempre ser un mundo aparte, alejado de los cambios sociales, un gueto particular, regido por rancias normas de comportamiento.

Y sobran las evidencias para concluir que la tauromaquia ha sido un auténtico marrón para los distintos ministros de Cultura —del PP y PSOE— que, desde noviembre de 2013, cuando el Parlamento aprobó la denominación de patrimonio cultural, no han sabido qué hacer con esa competencia. De hecho, todos guardaron la ley en un cajón y ahí duerme desde entonces el sueño de los justos.

He ahí la prueba más concluyente de que los taurinos nunca han concedido el valor merecido a tal consideración: como los interesados no han movido un dedo para defender el derecho que la ley les otorga, los políticos han pasado de puntillas sobre un asunto controvertido que, como mínimo, les produce urticaria.

Además, es el propio ministerio el que con sus decisiones ningunea abiertamente a los toros. Cómo se explica, si no, que no convocara al sector taurino cuando el ministro se reunió telemáticamente con los sectores culturales para analizar las consecuencias de la pandemia.

José Manuel Rodríguez Uribes, ministro de Cultura y Deporte.
José Manuel Rodríguez Uribes, ministro de Cultura y Deporte. Efe

Y algo más grave: cómo aceptaron los taurinos que culminara tamaña discriminación.

En consecuencia, el Consejo de Ministros aprobó el pasado martes un paquete de medidas para el sector cultural en el que no está incluida específicamente la tauromaquia.

Mientras los taurinos siguen a la espera de una respuesta, habría que concluir, pues, que la fiesta taurina no tiene la consideración real de cultura; si lo fuera, el tratamiento del ministerio y de los propios taurinos sería radicalmente diferente.

Es más, los toros son una roncha en esta España moderna, una mancha, una amenaza, y para muchos la secuela de un pasado rural, rancio y bárbaro. Hoy por hoy, se podría afirmar que es un reducto contracultural tan anacrónico como revolucionario. Una oveja negra ignorada por el Estado y erróneamente valorada por los taurinos.

Si la tauromaquia no se protege con pasión corre el peligro de desaparecer

En estas circunstancias aparece el virus y pone el toro patas arriba; se suspenden las ferias, se encienden las alarmas, el negocio se hunde, muchas economías familiares entran en números rojos, y el miedo, la inquietud y el lógico desasosiego se apoderan del sector.

Es entonces cuando los taurinos recuerdan que la tauromaquia es patrimonio cultural y presentan al ministerio un sesudo informe que recoge 37 medidas para reactivar la tauromaquia y salvarla de esta gravísima tormenta.

Parece que el sector pretende que la Administración solucione de una tacada los muy graves problemas que lo aquejan desde hace décadas, y que lo deje como un pincel con varios decretos-leyes.

¿Responderá el Estado como merecen todos los trabajadores del sector después de que han pagado impuestos y cotizaciones y mantienen una actividad económica de la que dependen de modo indirecto otros empleos?

Con toda seguridad, el ministerio no va a solucionar ahora todas las goteras de un negocio obsoleto y arcaico, que se ha negado sistemáticamente a tomar el tren de la modernidad, y que no ha exigido a los políticos el cumplimiento de la ley.

Los taurinos han permitido, por ejemplo, que los Presupuestos Generales del Estado se burlen sistemáticamente de la tauromaquia año tras año, o que los festejos y la información de actualidad estén vetados en la televisión pública.

Así, por ejemplo, el pasado 25 de abril, el programa de TVE Informe Semanal dedicó un amplio espacio a la situación de precariedad de las distintas industrias culturales a causa de la pandemia y no hizo ni la más mínima referencia a la fiesta de los toros. Ni una palabra, como si no existiera…

Una prueba más de que el patrimonio cultural taurino es papel mojado que no lo respeta la Administración central ni lo defiende el sector.

Los taurinos han preferido instalarse en los recuerdos del pasado (lo que le gusta a un taurino, incluidos muchos aficionados, recrearse en la hemeroteca…), y la queja, pero no en la unidad y la reivindicación. Y los políticos, a la vista está, son los enemigos, unos más radicales y otros más tibios, pero enemigos.

¿Es o no es la fiesta de los toros patrimonio cultural de este país?

Lo es, pero no se nota. Lo es, y no solo porque así lo diga la ley, sino porque forma parte de la identidad, la historia y el sentimiento de una inmensa minoría de personas —de toda condición profesional, social, económica o política— que entienden la lidia de un toro como una forma de entender la belleza, y tienen derecho a que se respete su afición.

En este mismo blog, allá por el mes de julio de 2018, François Zumbiehl, reconocido intelectual francés y militante taurino, decía: “Mientras la comunidad de aficionados valore lo que tiene entre las manos, exprese sin miedo su voz y defienda el respeto a la diversidad cultural en el caso de que se convierta en una minoría; mientras haya una afición que reivindique su libertad, la fiesta seguirá viva”.

Y a mediados de marzo, la escritora Rosa Montero, escribía en este periódico sobre la necesidad de defender cada día la libertad: “Porque lo que no se defiende —concluía— puede perderse”.

Quizá sea ese el mayor peligro de la tauromaquia del siglo XXI: que no se la defiende con la pasión que merece. Y, ya se sabe, puede perderse.

Tan grave es la situación que podría pensarse que si la tauromaquia supera la gravísima crisis actual demostrará una fortaleza eclesial; católica, por supuesto…

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