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UN CUADRO AL DÍA

Lee Krasner y la habitación propia

Los museos han cerrado sus puertas, pero la contemplación del arte sigue abierta. Cada día, recordamos la historia de una obra que visitamos a distancia. Hoy: ‘Estampida polar', de la pintora estadounidense

El cuadro 'Polar Stampede' (1960), de Lee Krasner.
El cuadro 'Polar Stampede' (1960), de Lee Krasner.

"Lee no se deja avasallar por nadie, ni siquiera por los coleccionistas. Tiene talento, mucho, pero para el gran arte hace falta una polla, y eso no lo tiene Lee". Jackson Pollock no se equivocaba, pero fue él quien ahogó la creatividad de su mujer. La vulnerabilidad del pintor más importante de la posguerra fagocitó a Lee Krasner. “Pollock necesitaba que viviera solo para él”, recordaba la galerista y coleccionista Peggy Guggenheim sobre las razones por las que Lee había dejado de pintar. “Pollock era un tanto difícil; bebía demasiado, y entonces se ponía muy desagradable, diabólico se podría decir. Pero como señalaba Lee cada vez que yo me quejaba, “también tiene un lado angélico”, y era verdad. Era como un animal enjaulado, que nunca debería haber salido de su Wyoming natal”, explicaba la mecenas. Krasner, en pleno apogeo de Jackson, era “la intermediaria” entre el mundo y su marido.

No era la musa ni la inspiración. Era mucho más, era el suelo creativo de Pollock. La famosa imagen de 1950 tomada por el fotógrafo Hans Namuth retrató a la perfección aquella absorbente relación: ella, en un taburete lo mira, mientras él actúa sobre la pintura. Observa con atención cómo baila sobre el lienzo, tumbado en el suelo. Es más juez que testigo. ¿Más invitada que anfitriona? Krasner tuvo que conciliar con el ego de Pollock para continuar con su propia obra. Difícil: “Él dependía de la aprobación de ella, de su opinión y de su amistad”, decía Namuth. “Mi impresión de Lee era que estaba allí para ayudar a Jackson a trabajar, para ayudarle a seguir vivo. Su propia pintura era secundaria para ella”, añadía el fotógrafo amigo del matrimonio. En su casa de East Hampton (Nueva York), la distribución del espacio de sus estudios reflejaba hasta qué punto ella se mantenía en un segundo plano: el de él estaba en el granero de más tamaño; Lee trabajaba en una habitación pequeña en la que pintaba cuadros pequeños.

La artista Krasner renace el día en que la cuidadora Krasner desaparece, con el accidente mortal de su marido, en 1956. La pintora se libra de la invisibilidad y ocupa, a las dos semanas del funeral, el estudio del fallecido. En ese momento sus cuadros crecen de tamaño, en una escala sin precedentes, y lo más simbólico: levanta los lienzos del suelo y los clava en la pared. Allí, en sus viajes por el duelo, aparecen las Umber Paintings (1959-1962), una serie de 24 escenas creadas bajo los efectos del insomnio. Polar Stampede (1960) –conservado en el San Francisco Museum of Modern Art (SFMOMA)– es, entre todas ellas, una pieza clave de esta catarsis. Combativa, expansiva, íntima, rebelde y feroz en cuatro metros de ancho. “Me cansé de combatir el insomnio e intenté pintar en su lugar. Entendí que si iba a trabajar de noche, tendría que eliminar el color por completo”, dijo la artista de estos trabajos, con los que conquistó una de las cumbres más altas en el Expresionismo Abstracto. Por eso no han podido hacerla desaparecer.

 

Visita virtual: Polar Stampede (1960), de Lee Krasner, conservado en el Museo de Arte Moderno de San Francisco (SFMOMA).