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Siempre habrá sangre para Drácula

Una exposición ahonda en el vampiro como figura artística, influencia erótica y espejo de la sociedad

Uno de los retratos de James Dean realizados por Dennis Stock en un ataúd en Fairmont (Indiana), en febrero de 1955, siete meses antes de morir.

En 2003, el fotógrafo danés Joachim Koester fue invitado a visitar Rumania, y decidió centrarse en Transilvania. Allí retrató el camino que realizó el abogado Jonathan Harker a través del paso de Borgo hasta el valle de Bargau, en los Cárpatos, donde se sitúa el castillo del conde Drácula. Aquel viaje fue inventado por Bram Stoker para su novela Drácula (1897), que introdujo a los vampiros en la época moderna. Stoker nunca pisó el continente europeo, aunque acertó con su descripción de los bosques transilvanos. Sin embargo, lo que Koester encontró fue los restos paisajísticos de una dictadura comunista, y una terrible deforestación. Donde en el libro se erigía el castillo del conde, se levantó en 1982 el hotel Conde Drácula, otra lamentable muestra de gris urbanismo de los regímenes comunistas, rodeada de ruinas de inversiones inmobiliarias capitalistas. Y Koesler así lo refleja en sus fotografías, actas de aquella ficticia memoria histórica. Ni rastro de la magia, el misterio y el erotismo de los vampiros en la cuna de su leyenda.

En cambio, los fans de los chupasangres, íncubos, súcubos, revenants, nosferatus y nachzehrers disfrutarán con la exposición Vampiros (la evolución del mito), que hoy se inaugura en la sede madrileña de CaixaForum. Coorganizada por La Cinémathèque Française, la muestra, procendente de París, viajará en julio a Barcelona. Matthieu Orléan, comisario de la muestra a la que ha dedicado cuatro años de trabajo, explica que la primera película sobre los vampiros, Nosferatu (1922), de Murnau, es la puerta perfecta a este universo: “Cuando el protagonista cruza el puente hacia la fortaleza, los fantasmas vienen hacia él, un perfecto paralelismo con el cine, donde los fantasmas, los vampiros, saltan de la pantalla hacia el espectador”.

Cartel francés de 'Nosferatu' (1979), de Werner Herzog. ampliar foto
Cartel francés de 'Nosferatu' (1979), de Werner Herzog.

La exposición reúne 362 piezas de todo tipo, incluidas las fotos de Koester: el hipnótico abrigo / capa roja usado por Gary Oldman en Drácula de Bram Stoker (1992), de Francis Ford Coppola; la careta y los guantes-manos con los que Klaus Kinski se convertía en el protagonista del Nosferatu (1979), de Werner Herzog; un dibujo de Tim Burton para Sombras tenebrosas (2012); las notas manuscritas de la adaptación a obra de teatro que realizó el mismo Stoker de su novela... “Con este recorrido podemos ver cómo evoluciona la iconografía del vampiro, que pasa de ser un noble rumano anclado en las viejas tradiciones feudales a personajes más empáticos, modernos, casi pertenecientes a la generación beat”, incide Orléan. “Cada década tiene una película grande de vampiros. Y en los últimos años han estallado las series”. De paso, el comisario explica que la sociedad usa los vampiros para proyectar sus temores. “En los ochenta el VIH, con directa relación con la sangre, marcó el cine de este género. Hoy el audiovisual sobre los chupasangres se centra en la relación con nuestros cuerpos y con la inclusión de las minorías en la sociedad”. De los más de 400 productos audiovisuales que se adentran en este mundo, en la exposición hay fragmentos de unas sesenta agrupadas en 15 piezas. “Las historias de vampiros han ido más allá para integrarse en el contexto político”, asegura el comisario. En la sala dedicada al Vampiro / Político, carteles de Una chica vuelve a casa sola de noche (2014), de Ana Lily Amirpour, “el primer spaghetti western del cine iraní”, y de Solo los amantes sobreviven (2013), de Jim Jarmusch, envuelven obras sugerentes, como una portada de LA Weekly de 2004 diseñada por Shepard Fairey (Obbey) con un George W. Bush como Drácula (incluidos colmillos, sonrisa sardónica y gotita de sangre) o un cuadro de Basquiat, Beast (1983). El material de Vampiros procede de una treintena de museos.

Conexiones entre obras

La exposición arranca con varios grabados de la serie Caprichos de Goya: Mucho hay que chupar o No te escaparás parecen inspiraciones directas de las novelas posteriores. “Como comisario”, cuenta Orléan, “me gusta jugar a encontrar posibles conexiones entre obras. Si el siglo XVIII es el triunfo de las narraciones orales vampíricas, en el XIX estas historias pasan a la literatura y en el XX Drácula lidera el asalto al audiovisual”.

 ilustración de Joseph Apoux 'Le Vampire' (1890). ampliar foto
ilustración de Joseph Apoux 'Le Vampire' (1890).

Otras de las salas ahonda en la cara poética de esta raza nocturna. Una faceta alentada por intérpretes como Theda Bara, estrella del cine mudo que posaba con calaveras y serpientes, o el mítico Bela Lugosi, que sumaba a su presencia un duro acento en inglés procedente de su Rumania natal. A su lado aparece uno de los autorretratos artísticos de Cindy Sherman, caracterizada como Judit sujetando la cabeza segada de Holofernes, y una portada de Harper's Bazaar de marzo de 1943 en la que la modelo Betty Perske, lánguida y pálida a sus 18 años, espera para donar sangre. Al año siguiente Perske debutaría en el cine con otro nombre: Lauren Bacall.

En otra estancia aparece el Vampiro / Erótico. Aquí, en una salita escondida pueden verse imágenes de películas de Vicente Aranda, Jess Franco —el cine español ha explorado fructíferamente este submundo—, secuencias de El ansia, de Tony Scott... “Si los fantasmas son etéreos y los zombis, catalépticos, los vampiros en cambio son sexuales”, explica Orléan. Hay también espacio para Carmilla, la vampira lesbiana protagonista de la novela corta de Sheridan Le Fanu de 1872, y pintada por la surrealista Leonor Fini.

Fotograma de 'Drácula' (1931), con Helen Chandler y Bela Lugosi. ampliar foto
Fotograma de 'Drácula' (1931), con Helen Chandler y Bela Lugosi.

Queda el Vampiro / Pop, con el conde Draco de Barrio Sésamo, las páginas del cómic Drácula, pintadas al óleo por Fernando Fernández en 1982... O las fotos de James Dean en un ataúd. Las realizó en 1955 Dean Stock, siete meses antes de que muriera el actor y su leyenda le convirtiera en inmortal. Como los vampiros.

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