FOTOGRAFÍA

Ben Brody, censura en el frente

Estuvo en Irak como fotógrafo de combate y más tarde partió a Afganistán como fotoperiodista. En su primer libro, narra los esfuerzos del Gobierno estadounidense por controlar la batalla del relato

Ben Brody

Una selección de imágenes de la exposición seleccionados en esta fotogalería.

Attention Servicemember da nombre a un corrosivo e inquietante relato, escrito y visual. Es el testimonio de Ben Brody sobre la intervención de las tropas americanas en Irak y en Afganistán, guerras que se han llevado por delante la vida de más de 7.000 soldados estadounidenses (53.014 heridos) y cientos de civiles iraquíes y afganos. Es también una aseveración de los intentos del Gobierno de EE UU por dar forma a la narrativa de un conflicto, a través de la implementación de una doctrina visual y de la propaganda, y el reflejo de las secuelas que deja la guerra en aquellos que regresan vivos.

Ben Brody

Tras 15 años fotografiando la guerra “la gravedad ha dejado de arrastrarme hacía la tierra”, escribe Brody. “Me arrastra con rapidez a través de las puertas, tira de mí hacía terrenos defendibles, gira mi cuerpo para poder ver todas las salidas y los puntos a cubrir […] La segunda luna me despierta y me saca de la cama por la noche, me conduce hacía el bosque”. En 2002, Brody tenía 22 años. Estudiante de fotografía, había roto con su chica. Se sentía aburrido y quería fotografiar la guerra. Aun siendo escéptico, creía que la Guerra de Irak sería un momento crucial para su generación, como lo había sido Vietnam para la de sus padres. Alistarse al ejército como un fotógrafo de combate era la única forma de participar en la inminente invasión.

Vestía uniforme y disfrutaba de los mismos permisos y accesos que cualquier soldado de la 3º División de Infantería, muchos de ellos restringidos a los fotoperiodistas. Pero pronto la ambivalencia entre ser actor y observador comenzó a tomar forma. La primera vez que tuvo que mostrar sus imágenes fue durante una comida en un club rotario cercano a Fort Stewart, en Georgia. Comenzó con la descripción de su primera noche en Irak cuando un soldado resultó muerto bajo fuego amigo en una polvorienta carretera. También habló sobre la policía iraquí, a la que adiestraban y armaban, antes de mostrar las imágenes de los ataques y de las ejecuciones extrajudiciales nocturnas. “Quería que sintieran el calor asesino y la muerte arbitraria, y la incesante sin razón que acompañaba a mi trabajo”, escribe el fotógrafo. Sin embargo, nadie dejó de comer durante la charla. Al final aplaudieron un poquito.

Ben Brody

Existía un adoctrinamiento que, aunque local, partía del Pentágono. “Fotografiar la guerra de forma que justificase su existencia y exagerase sus logros”, afirma Brody. Así aprendió a distinguir qué imágenes pasarían la criba y cuáles no. Pronto le sorprendió su autocensura: fotografiaba a los suníes, apresados por la policía iraquí de forma sectaria, como peligrosos milicianos; las inauguraciones de los hospitales, aunque no tuviesen recursos; sabía que debía evitar la obscenidad de los cadáveres mutilados; los soldados debían aparecer calmados y estoicos; había que prescindir de cualquier imagen que mostrase el cansancio, el pánico, la confusión, o la locura. “Existe un círculo vicioso en la imaginería: los soldados son observados de la misma forma que salen reflejados los militares en las películas, así que ellos representan ese papel, más tarde esto se publicará en los medios e inspirará más películas”, señalaba el fotógrafo durante una entrevista en el programa de televisión Greater Boston. Uno de sus compañeros le hizo ver “la vacía y acrítica glorificación de la violencia, como una confirmación de la terca creencia en la superioridad cultural de América”. De ahí que, comenzará a darle vueltas en su cabeza cómo “comunicar visualmente la guerra confrontando las falsas narrativas que la gente construye para sí mismos al observar las imágenes”.

Una de sus fotografías muestra al capitán Morris hablando por la radio, mientras le sobrevuelan unos helicópteros. En la lejanía se pierden las figuras del resto de los soldados difuminados entre el humo de la batalla. Es un claro ejemplo de la perfecta imagen de propaganda. Ha sido utilizada en anuncios de vaporizadores, de radios tácticos y de baterías, después de ser impresa en varias publicaciones militares ya que, como cualquier material producido por el gobierno, pertenece al dominio público. “Es un fondo de pantalla decorativo, es patriótica, es un crimen de guerra, es desinformación. Inspira esperanza y pavor, también la compra del equipamiento de radio táctico más puntero. Pero cuando veo la imagen solamente huelo el anís y la cordita. Siento la anguila retorciéndose en mis tripas y veo a la niña chillando en la casa en la que finalmente entramos”. En otra ocasión, tras cinco días de combate continuado, al mostrar sus imágenes el jefe de la división las desechó. Eran “demasiado negativas”. “La victoria debía ser limpia”. Las imágenes quedaron guardadas junto con otras muchas que ahora componen este libro, que poco a poco iría atesorando en un disco duro.

Ben Brody

Regresó a su hogar, con el fin de llevar una vida tranquila, tras una temporada no pudo resistir volver. Así, en 2011 partió hacia Afganistán empotrado en el ejército americano como un fotoperiodista civil. Allí tendría que hacer frente a otro tipo de censura; la impuesta por la oficina de asuntos públicos, que también requería una cobertura positiva. Esto suponía la firma de una serie de condiciones. “Las más restrictivas se referían a las bajas americanas. Las fotografías de los soldados heridos requerían un permiso escrito por ellos, algo normalmente imposible de obtener”, destaca Brody. La filosofía que se esconde detrás de empotrar un fotoperiodista al ejército y permitirle compartir riesgos y vivencias con los soldados en es que “las coberturas se inclinarán hacía lo positivo debido a los lazos de afecto creados”. Durante aquellos días, el fotógrafo trataría de eludir todo tipo de impedimentos, optando en ocasiones por fotografiar directamente la teatralidad del montaje como la más reveladora de las estrategias. En su interior no cesaba la pugna entre el lado adoctrinado y aquello que su sentido le impulsaba a fotografiar.

El libro comienza y termina con imágenes en blanco y negro, aquellas que tomaba de regreso a su hogar en Massachusetts, imágenes íntimas donde la amenaza y el miedo parecen seguir latentes. “Veo también la guerra en la bomba de gasolina, en las elecciones que hace la gente que se considera pacífica, en nuestro uso de las drogas, la guerra en nuestro sistema económico, la guerra en nuestras ansiedades colectivas”, escribe. El color queda reservado para las fotografías tomadas en Irak y Afganistán; las publicadas y las censuradas. Haciendo uso de un diseño inspirado en los manuales de guerra, intercala imágenes con las ilustraciones de personajes animados, así como con dibujos, con publicidad, con publicaciones de revistas militares, pantallazos y otro tipo de documentos; en ocasiones todo parece confuso, surge la desorientación, no hay fechas, ni pies de fotos, tampoco forma de diferenciar los distintos lugares. Nos conduce a un sin sentido -el mismo que subyace a las propias guerras- de donde surgen las dicotomías: dos bandos enfrentados, los hechos reales frente a la propaganda, la vida frente la muerte, la realidad frente al mito, el sentido común frente a la locura, la humanidad frente a la barbarie. Todo ello como una amalgama para intentar describir una experiencia indescriptible: la guerra.

Attention Servicemember. Ben Brody. Red Hook Editions. 304 páginas. 41 euros.

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