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Pop electrónico en las antípodas

El grupo Metronomy demuestra en su último disco que su música llega a varias generaciones

Joseph Mount y Olugbenga Adelekan de Metronomy, en un concierto el pasado noviembre en Leeds, Inglaterra. rn
Joseph Mount y Olugbenga Adelekan de Metronomy, en un concierto el pasado noviembre en Leeds, Inglaterra.

En 2009, el mundo de la moda se hizo eco de un sorprendente proyecto de Karl Lagerfeld. El diseñador teutón iba a ser el encargado del estilismo y la dirección de arte del segundo largo de un grupo inglés llamado Metronomy. Google sacaba humo. El álbum se titulaba Nights Out. Nadie preguntó quiénes eran aquellos muchachos y casi nadie escuchó aquel disco, pero salieron en todas las revistas de estilo de vida del planeta e incluso en alguna musical. Una década después, el combo liderado por Joseph Mount edita Metronomy Forever, su sexto largo. Dos años después de aquella alianza con el finado diseñador de Chanel lanzaron English Riviera, un álbum que les propulsó al estrellato gracias a una, a veces efusiva, casi siempre melancólica, mezcla de Pulp y grupos de electrónica indie de la época, como Hot Chip o The Rapture.

Sentado en un hotel de Madrid, Mount confirma este álbum doble sugiere. “Exacto. He hecho lo que me daba la gana. A ver, en la música, uno casi siempre piensa que está haciendo lo que le place, pero no es del todo cierto. Cuando llevas tiempo en este negocio, hay tantos elementos que te condicionan que lo más normal es que creas que eres libre, cuando en realidad casi nunca lo eres. Esta vez, bueno, traté de ser consciente de lo que me limitaba y obviarlo”, recuerda el inglés, quien ha producido y remezclado a gente como Ladytron, Kate Nash, Goldfrapp o Robyn. “De ella aprendí a editarme”, comenta. “Bueno, es raro que diga esto cuando lanzo mi disco más largo, pero sí es cierto que Robyn es brillante sabiendo cuándo un tema está ya acabado. Yo, en cambio, soy muy de tocar y retocar y, muchas veces, cuando presento los temas a la discográfica, me dicen que les gustaban más las versiones anteriores. Y casi siempre tienen razón”.

Más allá de que el pop de Mount esté tan en las antípodas de lo que hoy se lleva -mientras mande el feísmo, lo melodramático y lo excesivamente eufórico (todo a la vez convive hoy) lo suyo habitará en un cómodo rincón-, lo cierto es que Metronomy Forever tiene tanto algo que lo puede hacer interesante para la gente de su generación (nació en 1982 en Devon), como para los de las siguientes, para quienes Metronomy no existen, o lo hacen solo en el hilo musical de laguna tienda de ropa. Los ingleses son el típico grupo que hace que saques el Shazam mientras rebuscas en la sección de lencería.

“Conozco mucha gente que tiene una lista de reproducción con nuestros tres últimos discos y se la ponen mientras trabajan en casa, en un bar o en una tienda. Mira, si pueden hacer eso, ¿por qué no pueden escuchar un disco largo como este? Esta forma de escuchar música es más casual, pero si se ponen muchas veces esa lista de reproducción, al final, acaban familiarizándose con todos los temas, porque el que un día se les pasa porque están ocupados, al siguiente les pilla atentos. Parece una burrada, pero es así”. Para ellos es este Metronomy Forever, pero también para los que, como él, se quieren gastar 30 euros en el vinilo. “Si vas a una tienda y pagas 30 euros por una camiseta, cuidas esa camiseta porque cuesta un dinero. Antes, con los discos pasaba eso. Te habías dejado un dinero y te debías a ti mismo la obligación de cuidar esa inversión, de sentarte a escuchar ese álbum”.

La vida de Mount ha cambiado mucho en los últimos años, aunque más allá de haber escrito un tema sobre el hartazgo que le provoca ir a bodas ajenas, poco de ello se refleja en este disco salpicado de pop sintético de grandes intenciones y mejores estribillos e interludios instrumentales. Recientemente, se mudó al sureste de Inglaterra con su novia y sus dos hijos, ambos nacidos en París, donde ha pasado la mayor parte de la última década. “Ahora llevo vida de jubilado. Paseo, cuido el jardín, hablo con mis vecinos, que son todos muy mayores, voy andando al pub... Es agradable. Mira, antes era ese inglés que vivía en París y ahora soy ese francés que vive en Inglaterra”, comenta. “Ha cambiado mi vida cotidiana, pero no mi forma de entender la música. Para mí, Metromomy es algo que debe durar para siempre. Si no, ¿qué sentido tiene? Odio cuando tras un Mundial de fútbol entrevistan a los jugadores ingleses tras ser eliminados y responden que están felices porque lo han dado todo. ¡Y una mierda! Debes estar hecho polvo porque se ha acabado el Mundial para ti. Si amas la música, quieres que tu grupo jamás se disuelva. Y yo, mira, deseo seguir porque es mi vida y porque aún creo que hay mucha gente que no nos conoce y a la que podemos gustar”.

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