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Arquitectura: la fiesta sostenible

La meta del consumo energético casi nulo de los edificios aún está lejos

Mosaico griego trasladado del estadio olímpico de Tokio de 1964 al de 2020.
Mosaico griego trasladado del estadio olímpico de Tokio de 1964 al de 2020.

Para 2020 estaba prevista la meta del consumo energético casi nulo en la construcción y mantenimiento de edificios. A pesar de esperanzadoras salvedades, como la demanda de ese tipo de inmuebles, el objetivo se antoja todavía más como una salida que como una meta. Eso sí, Dubái acogerá una Exposición Universal sobre sostenibilidad y el Estadio Olímpico de Tokio 2020 está tapizado con plantas y árboles Que se celebre la sostenibilidad sin acercarnos a ella ¿es un paso adelante o un retroceso?

Tan cierto es que todos los pasos son necesarios como que la urgencia apremia a transformaciones más radicales que reduzcan el consumo energético y cuestionen el despilfarro como motor económico. Así, es verdad que Dubái ha puesto como condición que las 180 naciones que construyen sus pabellones en el desierto (el de España es una plaza cubierta por volúmenes cónicos ideada por Amann-Cánovas y Maruri para rebajar el calor) empleen un 90% de material reciclado. También ha asegurado que el 50% del gasto energético de la Exposición Universal que se inaugurará en octubre provendrá de fuentes renovables. Sin embargo, la propia Expo es un modelo comercial basado en el espectáculo y la temporalidad, dos cuestiones que, ligadas a la arquitectura, tienen consecuencias dramáticas para el planeta.

También las olimpiadas en Tokio están teñidas de ambigüedad. De un lado, el estadio diseñado por Kengo Kuma respira, y no solo visualmente. Respeta al parque que lo rodea y al estadio olímpico vecino que Kenzo Tange firmó en 1964. Fueron Kuma y Toyo Ito quienes protestaron ante la huella que aventuraron iba a dejar el proyecto de Zaha Hadid –que ganó el concurso en 2012 para levantar ese estadio–. Para enero de 2016, dos meses antes de morir, la arquitecta anglo-iraquí había acusado al gobierno de plagio. Más allá de perpetuar la leyenda de una arquitecta capaz de ganar concursos que no le dejaron construir, el cambio obedeció –según la revista Dezeen– a recortes en el coste del proyecto de Hadid. La pregunta, en ese caso, sería: ¿Qué lo llevó a ganar el concurso? O, ¿qué responsabilidad asumen quienes juzgan las propuestas? Un mundo más sostenible no puede permanecer opaco ante concursos que presumen de juego limpio.

Rascacielos del número 432 de Park Avenue, en Nueva York.
Rascacielos del número 432 de Park Avenue, en Nueva York.

Para 2030, Saudi Vision ha anunciado la transformación de su país para reducir la dependencia del petróleo. Y, a no ser que Calatrava culmine antes la Dubai Creek Tower, que alcanzará los 1.300 metros, para finales de 2020 la Torre Jeddah, de Adrian Smith, se convertirá en el edificio más alto del mundo: 1.000 metros de altura para contemplar el desierto. La carrera por las alturas se desplazó hace tiempo al lugar donde se tiene más obsesión con llegar alto. La pregunta, sin embargo, sigue siendo la misma: ¿Para qué? Si los rascacielos que densifican Londres con nombres relacionados con la comida –el Pepino de Foster, la Lata de jamón de Foggo Associates o el Rallador de queso de Rogers– miden la mitad de los que proliferan en Manhattan, Nueva York verá como sus nuevas torres –firmadas por Foster o BIG– miden la mitad de las que se disputan el récord mundial en Oriente Medio.

Con rascacielos densificando las ciudades del mundo, Londres es el reducto europeo que todavía compite en las alturas –y las finanzas– del mundo inmobiliario. Y Nueva York parece haber abandonado la búsqueda del récord de altura para abrazarse al récord del más delgado. Tras la criticada Torre 432 Park Avenue, de Rafael Viñoly, el 111West 57th, que se anuncia como uno de los rascacielos más altos del mundo, será también el más fino.

La arquitectura siempre ha hablado del poder y por eso hoy traduce la forma en la que la economía está reinventando un mundo: entrando por los ojos, buscando rentabilidad inmediata y, con demasiada frecuencia, encogiendo el alma. También en 2020 habrá más pisos impagables y más ciudades pensadas para los turistas y no para sus habitantes. La arquitectura es un arte, y una industria, basado en el largo plazo. Aunque se tarde tres años en levantar un edificio, esperar de él solo notoriedad y beneficio económico es tener una limitadísima visión de futuro. Por eso aunque arquitecturas más mediáticas de 2020 llevamos años viéndolas anunciadas, las más radicales tendremos que estar atentos a descubrirlas en la responsabilidad energética y social, el diálogo con los usuarios y su implicación en la construcción de la ciudad.

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