Crítica | Un mundo normalCrítica
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¡Abuela!

Achero Mañas logra un conmovedor homenaje a una generación de cómicos y libertarios que desaparece

Ernesto Alterio y Gala Amyach, en 'Un mundo normal'.
Ernesto Alterio y Gala Amyach, en 'Un mundo normal'.JulioVergne

El grito final de Un mundo normal es un “¡Abuela!” lanzado contra viento y marea por una nieta que acaba de tirar por la borda sus estudios de Derecho para dedicarse, como su abuela quería, a ser artista. Al igual que su padre, su tío y la difunta matriarca de una saga orgullosa de pertenecer a esa farándula que tan bien y con tanto amor esta película representa. Un clan que en las celebraciones le cantan al sexo y al baile mientras la abuela, una inmensa Magüi Mira a la que le bastan unos minutos en pantalla para estar presente en toda la película, se despide de sus amigos muertos y de una realidad que ya no es para ella. Como no podía ser de otro modo, se trata de una tragicomedia cargada de melancolía por un mundo de viejos cómicos y libertarios cuya extinción hoy cobra un doloroso sentido.

La película supone el regreso a la ficción después de una década de Achero Mañas, que aquí se abre a la autobiografía dedicándole a su madre, la actriz Paloma Lorena, este canto a los suyos. No es causal que sea la propia hija de Mañas quien interprete a la hija del protagonista, una debutante Gala Amyach que pese a todos sus balbuceos aporta esa corriente de verdad que hace de esta película un regreso por todo lo alto del director de El Bola. Junto a ella, en el papel del padre, Ernesto Alterio logra uno de sus mejores trabajos en mucho tiempo con un personaje de una fragilidad y ternura conmovedoras.

Con la estructura de una road movie ibérica, la película se sitúa en la carretera que une Madrid con Altea para narrar cómo un hijo con un inequívoco síndrome de Peter Pan decide cumplir el último deseo de su madre antes de morir. Una loca peripecia dentro de la alegre y desvencijada furgoneta de un mago escoltada por una hija demasiado adulta y resabiada por necesidad. El triángulo amoroso abuela-hijo-nieta que vertebra la película se presta a un intercambio de roles en el que la abuela parece una niña caprichosa cabreada con la vida, el hijo un adolescente incapaz de resolver ni su matrimonio ni su carrera de director y a la hija no le ha quedado otra que hacer de madre y cargar con ambos. El juego de roles familiares no será el mismo después de ese viaje final, que es a la vez iniciático, por el árido mapa de una España rural y de carretera. Un mundo raro, cómo no, que ni ahora ni nunca fue muy normal, donde el deseo de una madre y abuela que vivió como le dio la gana puede con todo y donde ese grito final permite en un solo plano a una joven mujer volver a ser niña en los brazos de su, esta vez sí, adulto padre.

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