Encuentros con los grandes mecenas (XVII)

José Darío Gutiérrez: “Mi preocupación está lejos de ser estética”

El coleccionista colombiano muestra algunas de sus joyas, reflexiona sobre el sentido último de su pasión y critica la institucionalización del arte

El coleccionista de arte José Darío Gutiérrez en su casa.
El coleccionista de arte José Darío Gutiérrez en su casa.

El mundo de un coleccionista habla tanto de las obras de las que se rodea como de la mente y el corazón de quien ha reunido ese conjunto de trabajos irrepetible por naturaleza. En José Darío Gutiérrez, es único el fruto de esa pasión pero ¿Cuáles son las poleas que la mueven? El colombiano es un humanista que comenzó coleccionando autos Matchbox y sellos postales, que se interesó tardíamente en las artes plásticas y que, ademas de estudiar Derecho, se apasionó por la literatura. Este fue un resultado lógico tanto de sus propias inclinaciones como del magnético ambiente en que creció, entre los dibujos y los moldeados de arcilla de su padre y las lecciones de su madre, una profesora de música y de historia del arte de secundaria que Gutiérrez no olvida fácilmente.

“El arte siempre fue algo normal en mi casa, aclara Gutierrez. Aunque no había intención coleccionista, se decoraba con arte y las obras correspondían a un criterio artístico, no a uno decorativo. Aun así es difícil para mí descifrar la tendencia a coleccionar. Es como una condición mental o psiquiátrica: un deseo de control, o el placer de verse rodeado de cosas que invitan a pensar. En principio, no es una actitud muy generosa, es más bien acaparadora. Pero lo que han demostrado los procesos es que el coleccionista es un tenedor temporal que conforma una colección a veces tan valiosa que no es posible venderla, y termina convirtiéndose en patrimonio de los países”.

Gutiérrez es el impulsor de esa monumental iniciativa de investigación que ha sido el Proyecto Bachué: en su apartamento, es fácil delinear dónde empieza y dónde termina cada uno de los períodos que colecciona. Pero si nos dejamos perder en el laberinto de piezas desde la colonia hasta hoy que Gutiérrez ha acumulado, el hechizo surte efecto y uno ya no sabe qué es qué, absorto ante tanta belleza, tanta excelencia, tanta lucidez, y como si eso no bastara, por un criterio tan fino como el suyo.

Lo que han demostrado los procesos es que el coleccionista es un tenedor temporal que conforma una colección a veces tan valiosa que no es posible venderla, y termina convirtiéndose en patrimonio de los países

Durante la larga conversación con EL PAÍS a través de la cámara de Zoom a que nos obliga la pandemia, el efecto es igualmente hipnótico. Desde Alfonso Suárez y Camilo Lleras hasta Fernando Botero, Leopoldo Richter, Alipio Jaramillo, Leonel Castañeda y José Alejandro Restrepo. Desde el ciclo de la modernidad colombiana hasta la llegada a la colección de una emblemática, ecléctica y en su momento incomprendida obra de 1925, perteneciente a Rómulo Rozo Peña, pasando por el desarrollo del proyecto mencionado y la consecuente profundización documentada en conceptos que ayudan a enriquecer el contexto y el fundamento que le dan sentido a cada obra.

Contrariamente a lo que uno podría suponer, el embrujo que el conjunto provoca acaba siendo natural en un país donde otro mago, Gabriel García Márquez, llegó a revelar que sus relatos más fantásticos eran en verdad “realistas”.

“El concepto de coleccionar es el de un ánimo recolector y apropiador. Pero el punto sobre el que luego reflexiono, y el que da lugar al momento en que se formaliza mi proyecto, tiene su origen en una preocupación alrededor de la identidad nacional de un país como Colombia y, fundamentalmente, sobre su entrada o no a la modernidad, pues yo creo que ésta todavía es una nación premoderna. Ya por ADN familiar, esa preocupación por lo propio ha estado presente en mí, quizás desde mi abuelo Benigno Abelardo Gutiérrez, un ilustrado de principios de siglo pasado con una educación propia adquirida en Sonsón, un pueblo de Antioquia donde fue, además de gerente de una compañía minera, fotógrafo, liberal en un sitio conservador, fundador de uno de los periódicos y de la Sociedad de Mejoras Públicas, y donde realizó el primer estudio de su ciudad en función del entorno colombiano, además de haber sido un gran recopilador del folclore antioqueño, preocupación con la que él seguiría al frente de una editorial de alcance nacional en Medellín”, explica Gutiérrez, y escucharlo es, un poco, como leer a Juan Rulfo.

“Con mi padre, que fue ingeniero y toda la vida tuvo el anhelo de hacer algo relacionado con el legado de mi abuelo, no tuve una buena relación, pero esa cercanía con las letras siempre ha sido muy ambiental en el entorno, igual que, por otro lado de la familia, la música, desde mi tatarabuelo hasta mi abuelo, mi padre y mi mamá”, completa quien, junto a sus primos, comenzó a estudiar piano a los siete años de edad.

Yo no me defino como un apreciador del arte. En general, mi preocupación está lejos de ser estética, y a veces se va hacia lo contrario, porque me atrae aquello otro que me desagrada o que me choca

Sin embargo, y así empieza a demarcar su personalidad como coleccionista de élite, declara: “Yo no me defino como un apreciador del arte. En general, mi preocupación está lejos de ser estética, y a veces se va hacia lo contrario, porque me atrae aquello otro que me desagrada o que me choca. Entonces, ¿por qué termino tan metido en esto, con un impulso tan temprano y tan decidido, de querer vivir rodeado de cosas con las que me sintiera cómodo, estando en casa y rodeado de objetos demandantes que generan preocupaciones y exigencias? Creo que porque, así como mi abuelo era un recopilador, yo soy un editor que identifica fenómenos sociales, que en este caso son las manifestaciones plásticas. Entonces, me interesa saber en qué entorno se produjeron, qué acompañó esa producción y, sobre todo, por qué esas determinadas piezas, que para mí tienen un gran valor antropológico, no son apreciadas por el mundo del arte, lo cual ha tenido la ventaja de que me llegaran obras maravillosas que ese mundo hoy no considera valiosísimas”.

Una satisfacción morbosa

Como una especie de involuntario conservador de un arte sagrado aunque aún incomprendido, asegura: “Mi proyecto no es personal, sino de desafío hacia el modelo institucional que los gobernantes nos han impuesto. Por eso también es cívico, pues busca generar conciencia y criterio en la persona, para que actúe como un ciudadano, en el sentido más griego del término.

Pero ¿qué espera él que el espectador encuentre en su colección? En primer lugar, una serie de elementos complementarios a las preocupaciones más propias del sentido común y del establishment. “Mi satisfacción morbosa es traer a una persona, cualquiera sea su nivel, que reconozca que hay cosas que no conoce, a las que no les había dado valor o que no había relacionado, o que por de pronto diga: ‘Uy, pero este período no lo conocía’ o ‘¿por qué está esto al lado de un artista tan consagrado”, dice Gutiérrez, a quien los vientos del esnobismo le son por completo ajenos.

Acaso por eso afirme, directo: “El arte colombiano no tiene ninguna, y repito, ninguna, proyección internacional. Una sola institución ha hecho algo por el arte contemporáneo latinoamericano, pero normalmente es muy difícil que tú veas algo distinto a Botero o a Doris Salcedo”. Acaso por eso aportar contexto al caos sea tan vital para él, no solo en el arte colombiano sino en el latinoamericano y, luego, estrictamente en el terreno contemporáneo, que acumuló críticamente con especial ahínco entre los años 2000 y 2019.

“Pasar del arte moderno al contemporáneo me costó mucho trabajo, y lo entendí a través de la ruta de varios artistas contemporáneos que se preguntaban quiénes somos y qué país queremos ser, lo cual no es una crisis política sino de construcción de nación. Así que creadores con esa metodología, como Nadin Ospina, Carlos Castro, Fernando Pareja y Leidy Chávez, o José Alejandro Restrepo, a mí me cuadraban. El arte contemporáneo que me interesa no solo se fija en los fenómenos que están sucediendo hoy, sino que se interesa en los orígenes de la humanidad y de sus preocupaciones. Para mí, la geometría o la abstracción como tal no existen, sino que son todas decisiones expresionistas de los artistas. Así que, volviendo a gente como Restrepo, entré en una nueva disciplina y sentí que podía tomar decisiones de acuerdo a mi criterio y no de oídas o de recomendaciones ajenas, con lo cual empecé a construir mi propia colección de arte contemporáneo, que también es paralela y no apela al gusto general, tanto que una editorial universitaria llegó a decir que era de mal gusto”, confiesa con elegancia Gutiérrez, un pensador auténtico en tiempos de pereza intelectual.

Pese a lo cual no deja de aclarar: “En el mundo contemporáneo debo escoger y ser muy crítico, porque puede haber 500 artistas y tengo que seleccionar cuáles reflexionan sistemáticamente sobre los temas que me interesan, con independencia de la manera en que lo resuelvan plásticamente. Esos artistas contemporáneos me ayudan a completar un relato, mientras que la modernidad no es tan antropológica y ya sucedió tal cual fue. Pero hay obras actuales con las que, por su temática o sus materiales, no puedo convivir, y sin embargo son reflexiones necesarias que debo atesorar. Quizás porque no me interesa el arte universal que no contribuya a una idea de nación”.

Una confesión sorpresiva interrumpe lo que parecía que era un final contundente. “Tengo algunas obras en depósito que todos los días trato de ver cómo meto a la casa, pero no soy capaz de desmontar una pieza sin que la otra me haga falta. Es un desafío”. Y, picante, añade: “A diferencia de algunas instituciones que tienen sensatez para programar sus muestras, los grandes museos de Bogotá consideran que darle espacio a un coleccionista es valorizar su colección, pero entonces, ¿qué? ¿Me la van a comprar? Ese concepto es egoísmo e inseguridad”.

Instigador de la investigación en profundidad en torno al arte moderno y a la identidad nacional, lo cual tiene desde aristas antropológicas hasta sociológicas, empresario, mecenas, editor, emprendedor, coleccionista e intelectual: todo eso es José Darío. Y quizás no habría llegado adonde llegó sin una firmeza y un sentido crítico no exentos de bondad.

Así que no puede resultar menos que grato escuchar el modo en que remata una conversación que podría seguir por siglos: “Antioquia se siente un país distinto a Colombia, está en búsqueda de una independencia y tiene esos grandes logros de quien hace esfuerzos superiores. Pero también tiene el problema de que es autorreferencial y de que todo el tiempo se está mirando el ombligo. Entonces, yo critico esas circunstancias, aunque digo que me considero antioqueño. Soy producto de esa identidad en mi carácter, en mis ambiciones y en mis aspiraciones”.

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