El discípulo ilumina al maestro

Coinciden los nuevos discos de Neil Young y Bob Dylan. Uno abunda en frescura y otro revela los trucos del oficio

Bob Dylan (izquierda) y Neil Young, en un concierto en San Francisco en marzo de 1975.
Bob Dylan (izquierda) y Neil Young, en un concierto en San Francisco en marzo de 1975.Larry Hulst / GETTY IMAGES

Las historias sobre Bob Dylan suelen ser raras, en ambos sentidos del adjetivo. Sabe guardar su privacidad y casi mejor que sea así: lo poco que se filtra complica aún más sus enigmas. En 2008, aprovechando que daba un concierto en Winnipeg, quiso conocer la casa en la que transcurrió buena parte de los primeros años de Neil Young. Que no se trata de un museo o algo así: estaba habitada por otra familia, que hizo lo posible por acomodar la curiosidad de Dylan respecto a su colega.

A su modo, todo un cumplido de Dylan. Aunque estamos ante un artista muy jerárquico, cinco años mayor que el canadiense, puede sentir cierta envidia: las musas rara vez le fallan a Young, que tampoco sufre bloqueos a la hora de grabar. De hecho, Homegrown, su “nuevo” disco, se terminó hace 45 años y se quedó aparcado por pudor: narraba su desenamoramiento de la actriz Carrie Snodgress, madre de su primer hijo; prefirió editar el sombrío Tonight’s the night, reflejo de varias muertes por sobredosis en su entorno profesional. El rescate de Homegrown estaba previsto para abril pero el coronavirus retrasó su salida hasta ahora.

No podemos decir que llegara entre fuegos artificiales. Neil lleva una racha de, seamos sinceros, lanzamientos mayormente irregulares. Si se suman sus fracasos extramusicales –el motor híbrido para automóviles, el sistema Pono de audio con máxima calidad-, se completa esa imagen del hippie algo chiflado, cariñosamente conocido como “tío Neil”.

Mientras que Rough and rowdy ways vino precedido por una modélica campaña de promoción, con los sucesivos adelantos de tres temas de impacto retumbante entre las incertidumbres de la hecatombe. Sin embargo, materializado el disco entero en un doble CD, resulta más inconsistente de lo esperado, una impresión reforzada por la ausencia de letras y lo nebuloso de los créditos. Como es marca de la casa, no se reconoce que False Prophet es derivado de un tema de Billy The Kid Emerson. Músico todavía vivo, pero seguramente demasiado pobre para litigar contra todo un premio Nobel.

En Rough And Rowdy Ways hay una gravedad impostada, que se manifiesta en la acumulación de referencias históricas con guiños a la cultura pop, como esos documentalistas que mezclan material de archivo en blanco y negro con música modernilla para que la píldora sea fácil de tragar. Parecen verdades profundas, pero se quedan en banalidades: “Cantad a Sherman, Montgomery y Scott/ a Zhukov y Patton y las batallas que combatieron/ que despejaron el camino para que Presley cantara/ que abrieron la vía para Martin Luther King”. ¿De verdad?.

La plomiza Murder Most Foul, hábilmente separada del resto en el segundo CD, pretende narrar el asesinato de John F. Kennedy y su impacto. Pero no hay grandes revelaciones: si alguien quisiera aprender aquí sobre el legado del presidente Kennedy, no sabría que inició la escalada militar en Vietnam o que autorizó la invasión de Cuba. Tampoco impulsó la legislación sobre los derechos civiles, que fue obra de su sucesor, Lyndon B. Johnson, al que Dylan sugiere como peón del magnicidio.

Murder Most Foul no resuelve ni musical ni intelectualmente. Al menos tiene una instrumentación sobria, un sonido de cámara que también salva los momentos más melódicos de Rough And Rowdy Ways: temas fronterizos como Black Rider, I’ve Made Up My Mind To Give Myself To You o I Contain Multitudes. El resto tiende al blues-rock a piñón fijo, vigoroso y previsible. Hay, curioso, una mención a Jimmy Reed, bluesman al que Neil Young ha recurrido con frecuencia.

Volvamos a Homegrown. Dura la mitad que Rough And Rowdy Ways y ofrece, al menos, el doble de placer. Suena a sesión improvisada, con espacio para que se luzcan cómplices como Emmylou Harris o el guitarrista Ben Keith. Incluye algún disparate, como Florida, felizmente disimulado entre abundantes joyas melódicas. No hay letras farragosas: se desnudan los sentimientos tal cual. Así, Mexico pertenece a ese subgénero de la canción estadounidense que celebra las posibilidades del gringo al sur del Río Grande, pero su verso final revela el sentido de culpa del artista: “Papi es un hombre viajero”. Como excusa resulta endeble, cierto, pero cuesta imaginar a Dylan reconociendo tan directamente su absentismo familiar o cualquier otra intimidad.