Muere el escultor y pintor Manuel Felguérez, voz de la libertad artística de México

El artista rompió la tradición muralista y oficialista para defender un arte sin ataduras

El pintor y escultor mexicano Manuel Felguérez en su taller de Ciudad de México, en 2017.
El pintor y escultor mexicano Manuel Felguérez en su taller de Ciudad de México, en 2017.Alex Cruz / EFE

Manuel Felguérez dijo que para él el arte era una forma de vida. Una declaración de intenciones que lo llevó a crear una vasta obra durante más de setenta años, renovando la pintura y la escultura en México, con la libertad artística como bandera. Felguérez, uno de los principales exponentes del arte abstracto en México, falleció la noche del domingo a los 91 años a causa de la covid-19. El artista deja un legado rupturista en la plástica mexicana, principalmente frente al muralismo, por muchos años muy ideologizado y dependiente de los vaivenes oficiales.

“Manuel fue un activista político dentro del grupo de artistas que desde los años 50 se opusieron al dictado artístico del Estado mexicano y de la pintura realista”, comenta el crítico, curador e historiador de arte Cuauhtémoc Medina, uno de los primeros en reaccionar en las redes sociales al fallecimiento de Felguérez. “Planteó —agrega— junto Fernando García Ponce y José Luis Cuevas la necesidad de una independencia total de las ideologías y la defensa del arte. Desde fines de los años 50 una parte de su trabajo era crear un muralismo alterno, financiado de manera precaria”. Felguérez, ganador del Premio Nacional de Ciencias y Artes en 1988, era uno de los grandes creadores mexicanos.

Felguérez nació en una hacienda de Valparaíso, en el Estado de Zacatecas (localizado al noroeste de Ciudad de México) en 1928, en tiempos convulsos. Las luchas revolucionarias habían llevado a su fin, pero sus estragos aún eran perceptibles en la vida del país, que se mantenía al borde del colapso. Su padre se enfrentó a las fuerzas que reclamaban una reforma agraria y exigían la propiedad de la hacienda familiar. “La hacienda en que nací se defendía a balazos”, comentó en una entrevista con la cadena de librerías Gandhi, una de las principales de México. La violencia era tal que la familia decidió emigrar a Ciudad de México, donde el padre de Felguérez intentó reclamar al Estado bonos de indemnización por sus tierras. El padre falleció en la capital cuando él tenía siete años. “A mi madre le dio miedo regresar [a Valparaíso]”.

En la ciudad se involucró en el movimiento scout, en el que conoció al escritor Jorge Ibargüengoitia, con quien, gracias al patrocinio de los scouts, hizo un viaje en 1947 a una Europa devastada por la Segunda Guerra Mundial. Fue durante ese viaje donde inició su vocación como pintor. Así lo cuenta en la entrevista citada: “El último día del viaje estaba con Jorge en el barco Discovery. Bajé a mi camarote, tomé un papel y empecé a dibujar el Támesis, los puentes de Londres, y le dije a Jorge: “Mira: ya soy pintor”. Entonces él se murió de risa. En alguno de sus libros, creo que es Los relámpagos de agosto, cuenta que le tocó ver nacer una vocación”.

En México estudió en Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado y en la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la Universidad Nacional Autónoma (UNAM). Gracias a una beca fue aceptado en la Academia Grande Chaumière, en París, Francia, donde fue discípulo del escultor de origen ruso Ossip Zadkine, considerado uno de los principales representantes del cubismo. “Fue mi gran maestro”, admitiría Felguérez. Se inició como escultor a principios de los años 50, cuando expuso en Ciudad de México con mucho éxito figuras de terracota, pero también era taxidermista y en su departamento de la capital mantenía animales disecados. Fue de esa manera que nació su amor por la escultura. En esa época también se enganchó con el arte abstracto. “Me convertí en artista abstracto al ver una exposición en el museo Rodin [de París] de escultura colectiva. Ahí vi un mármol pulido que me encantó. Volví a verlo para descubrir el porqué, era de Jean Arp. Al volver a México, al 56, seguí sus pasos. Para mantener el taller, empecé a hacer esculturas de hierro de formas de animalitos. Luego los vendía en las tiendas de artesanía. Luego vino la Olimpiada y empecé a hacer deportistas. Todo se vendía barato en hoteles y tiendas de todo tipo. Mucho tiempo me mantuve de eso”, comentó.

Fue con la organización de las Olimpiadas del 68 que México se quería presentar al mundo como un país en pleno progreso, pero internamente vivía una convulsión que estalló con la brutal represión del presidente Gustavo Díaz Ordaz contra el movimiento estudiantil de la época, con el que Felguérez mostró simpatía. Él fue el representante de los artistas comprometidos con ese movimiento, que desnudó la bestialidad del régimen. Una muestra de aquel compromiso político de estos artistas fue la fundación del llamado Salón Independiente, un espacio donde los artistas podrían crear y exponer con total libertad, lejos de las instancias oficiales. “El grupo se opuso con firmeza a la participación de algunos de sus miembros en las bienales de París, Venecia y São Paulo, así como a exposiciones relacionadas con el nacionalismo en el arte y aquellas con carácter competitivo; además, determinó expulsar a los que no acatasen la regla”, cuenta Pilar García en el libro La era de la discrepancia sobre arte en México de 1968 a 1997. García relata que para financiar al grupo los integrantes idearon un evento sin precedente en el México de la época: un desfile de modas con modelos que vestieron las creaciones de fantasía de los integrantes del salón. Entre los directores de aquel evento estaban el escritor Carlos Monsiváis y Alejandro Jodorowsky.

Con este último Felguérez tuvo una relación artística particular. En 1960 Jodorowsky buscó al escultor para que fuera el escenógrafo en la puesta en escena de dos obras, ¿Crimen o suicidio? o Había una muchedumbre en la mansión, del artista francés Jean Tardieu, y La lección, del dramaturgo francorumano Eugène Ionesco. Dado el éxito de aquel proyecto, Felguérez continuaría durante los tres años siguientes trabajando con Jodorowsky en otras iniciativas artísticas. “La colaboración que se inició en el teatro muy pronto salió de la sala teatral y se concretó en el “efímero pánico", acciones escénicas desarrolladas fuera del escenario y en las que la improvisación y el accidente terminan el desarrollo de la acción", cuenta Angélica García en su obra Desafío a la estabilidad (1952-1967).

Felguérez creó más de 30 murales y su trabajo es muy reconocido tanto en México como en el exterior. A mediados de los años 70 experimentó en el arte digital, utilizando una de las tres computadoras que existían en México para crear obras geométricas. El resultado de esa experiencia es El espacio múltiple, pionero en el arte mexicano. En 1975 produjo La máquina estética, un computador capaz de producir composiciones geométricas basadas en los criterios estéticos del autor.

“Manuel es un líder generacional. A principios de los 70 impulsó la idea de un cambio en la educación artística en México, con la ayuda de computadores. Representó al movimiento de su época y fue la voz y política visible en varios momentos. Es un artista icónico de México”, explica el crítico Medina.

Felguérez admitió que su mayor legado fue la construcción del Museo de Arte Abstracto de Zacatecas, creado en un antiguo seminario que fue reformado con apoyo del Gobierno regional. Inaugurado en 1998, reúne una gran cantidad de obras del artista, junto a las de más de 100 creados mexicanos y extranjeros. La joya del museo, como el mismo Felguérez dijo, es el Salón de los Murales de Osaka, “la Capilla Sixtina del arte abstracto”, donde se exponen los 12 murales realizados por artistas mexicanos —Lilia Carrillo, Manuel Felguérez, Fernando García Ponce, Arnaldo Coen, Francisco Corsas, Roger Von Gunten, Francisco Icaza, Gilberto Aceves Navarro, Brian Nissen, Antonio Peyrí y Vlady— para el Pabellón de México durante la Exposición Mundial de Osaka en 1970.

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