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Dos tardes con Bioy

La creencia en la profundidad de la literatura remite al drama cotidiano de tantos que empezaron por suponer que crear a la hora de escribir era ir más allá de todos los esquemas

El escritor argentino Adolfo Bioy Casares, fotografiado en Madrid.
El escritor argentino Adolfo Bioy Casares, fotografiado en Madrid.GORKA LEJARCEGI

En lugar de “una experiencia que nos ha hecho más ricos”, ¿no podríamos decir a veces que “una experiencia nos ha hecho más pobres”? La pregunta es de Peter Handke y, dadas las circunstancias actuales, cada día la veo más sensata. Pero no sé si estoy hablando influido por la excesiva resonancia de algunas frases que sobre la pandemia han dejado caer últimamente algunos. Unas cuantas frases que nos han empobrecido, casi todas de escritores, a los que se acude suponiéndoles confabulados con el aislamiento cuando en realidad muchos no están hechos para meditar, la actividad más imprescindible si quiere uno aislarse en una “cabaña para pensar”. También se recurre a ellos por otro equivoco, por su sobrevalorada capacidad para profetizar, y así estos días hemos tenido que enterarnos, por ejemplo, de que, “después del confinamiento, el mundo será igual, solo que un poco peor”. Sin embargo, todos sabemos que no hay que pensar mucho para profetizar esto último. Porque lo que viene a decir esa frase que ha dado la vuelta mediática al mundo es tan obvio como que los loros solo hablan en su lengua materna.

En Neuros Aires, el ágil libro del barcelonés Marc Caellas, he encontrado unas palabras muy atinadas de Bioy Casares sobre el mito de la inteligencia de los escritores: “La gente cree que las obras literarias están llenas de ideas profundas. Lo que es raro es que también se dejen engañar los escritores: deberían saber que no es para tanto”. Ya es divertido, bien mirado, que esto lo diga Bioy, que fue precisamente una inteligencia superior. El caso es que la creencia en la profundidad de la literatura remite al drama cotidiano de tantos que empezaron por suponer que crear a la hora de escribir era ir más allá de todos los esquemas (auscultación, por ejemplo, de la verdad profunda que hay en nosotros) y acabaron descubriendo que la verdad más honda que poseemos es precisamente ese esquema que nosotros mismos nos hemos construido, y que no hay más. Su drama recuerda al del chimpancé al que dieron papel y lápiz para que demostrara lo artista que era y no pasó de dibujar los barrotes de su propia jaula.

Pero, quién sabe, quizás como decía aquel castizo, lo que en verdad importa en este mundo es pasar el rato. Aún recuerdo las dos tardes que pasé con Bioy en la terraza del Felipe II, en El Escorial. En una de ellas me habló de un periodista amigo que un día, a traición, le preguntó directamente por el sentido de su obra. Bioy me dijo que acusó el golpe y no supo ni qué contestarle, pero por la noche en su casa volvió a pensar en la tremenda pregunta y decidió que si se la volvían a hacer, recurriría al sentido del humor, que era muy útil porque permitía soltar una temible verdad por la vía de la comicidad. Le pregunté a qué verdad se estaba refiriendo. Y por momentos vi que Bioy dudaba, como si le hubieran vuelto a preguntar por el sentido de la obra. “A la ausencia general de profundidad”, dijo finalmente, con tanta ligereza que todavía ando preocupado.

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