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COLUMNA i

Era grande. Se llamaba Sam Peckinpah

El director pasó unos días en Madrid en 1981 y a pesar de sus marcapasos trasegaba vasos de whisky

Sam Peckinpah, en el rodaje de 'Junior Booner (Rey del rodeo)' en 1972. En vídeo, Carlos Boyero habla sobre Sam Peckinpah.

¿Es necesario buscar pretextos para recordar a Sam Peckinpah, uno de los creadores más singulares, violentos y poéticos que ha dado la historia del cine? En mi caso, no. Muchas de sus historias, imágenes, personajes, diálogos están incrustados a perpetuidad en mi memoria cinéfila y sentimental; me han provocado una emoción perdurable, ocupan un lugar privilegiado en las sensaciones más fuertes que me han regalado las películas. Hace tiempo que no retorno a ellas, pero dudo que apareciera el desencanto. Y si lamentablemente ocurriera eso pensaría que ellas no han cambiado, sino yo. No sé si estas abundan en el catálogo de las plataformas digitales o si encuentran un hueco en las televisiones en abierto. Yo las conservo con mimo en DVD y en Blu-Ray, formatos casi desaparecidos e imagino que las filmotecas que se respeten a sí mismas programarán su obra. Pero, vale, el pretexto. Esta semana se cumplen 35 años de la muerte de Peckinpah. Y 50 del estreno de Grupo salvaje.

Lo primero fue una noticia dolorosa. De lo segundo salí conmocionado. Aunque me la supiera de memoria y al igual que con Duelo en la alta sierra, Mayor Dundee, La balada de Cable Hogue, Pat Garrett y Billy el Niño, Perros de paja y Quiero la cabeza de Alfredo García, cada vez que volvía a ellas me golpeaban en fibras íntimas, sentía la cercanía de la lágrima en algunos momentos, sentía muy viva a esa gente fronteriza, bronca, desesperada, supervivientes feroces hasta que deciden su inmolación, practicantes de códigos, con causa o sin ella, repitiendo muchos de ellos ante decisiones en las que se jugarán la vida: “¿Y por qué no?”, jerga sobria, contundente y ritual de los acostumbrados a perder.

Gonzalo Suárez nos hizo un regalo impagable en diciembre de 1981 a un grupo de amigos que escribíamos en la revista Casablanca. Nos citó a comer en la Taberna del Alabardero, en Madrid. Vino acompañado por Sam Peckinpah. Y alucinamos. De curiosidad, admiración, mitomanía y placer. Aquel mes habíamos dedicado Casablanca al cine de Peckinpah. Aquella comida se prolongó felizmente. Peckinpah tenía clase, pinta de caballero canalla, podía ser uno de los personajes de su cine. También estaba muy castigado. Los marcapasos que llevaba implantados no le impedían trasegar whisky (¿o era brandy?) mañanero. Y creo que no era lo único. Tres años después la había palmado.

Sus películas me impresionaban y me conmovían. Hasta el extremo de ir con Fernando Trueba, acompañados de un magnetofón, al muy turbio cine Carretas, para grabar los diálogos, la música y las canciones de La balada de Cable Hogue. Allí Hogue le contaba al reverendo Sloane: “Por muchas mujeres que hayas conocido en tu vida, siempre llega una que te toca en lo más hondo”. Sloane le respondía: “No es grave, Cable, supongo que se pasa con la muerte”. Y en Mayor Dundee Teresa María Santiago le aseguraba al atormentado Amos Dundee: “Para usted, mayor, la guerra no acabará nunca”. Y Borgnine le gritaba a Holden en Grupo salvaje: “No importa tu palabra, sino a quién se la das”. Y Billy le aclaraba a su amigo y futuro asesino Garrett cuando este le prevenía de que los tiempos habían cambiado: “Pero yo, no”. Mientras que Dylan llamaba a las puertas del cielo.

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