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COLUMNA i

Belén Esteban y la tele popular

Un galardón rara vez es algo más que una carambola. Lo conceden jurados formados por personas de criterio dispar y razonamiento espeso que están obligadas a ponerse de acuerdo

David Broncano y Belén Esteban, en los premios Iris de la Academia de la Televisión.
David Broncano y Belén Esteban, en los premios Iris de la Academia de la Televisión. Europa Press

Tal vez sea un recuerdo inventado, pero en 1989 o 1990 vi en la tele una crónica sobre la entrega del Nobel a Cela con un rótulo que decía: "¡Por fin, coño!". No me consta que el escritor reaccionase así. Si se emitió esa frase, fue una licencia que expresaba las emociones típicas de un español al recibir un premio.

Por eso, Belén Esteban no fue original cuando cambió el discurso de agradecimiento por el Iris concedido a Sálvame por un discurso de resentimiento. Es muy común que los premios, lejos de agradecerse, se tomen como un merecimiento rácano, tardío y condescendiente. "¡Por fin, coño!", dicen muchos desde el escenario.

Luego vienen los premiólogos, hijos de aquellos kremlinólogos que interpretaban la política de la URSS leyendo los morros torcidos de los líderes. Para los premiólogos, un premio siempre es un mensaje en clave. Por ejemplo, el Nobel a Dylan premia la cultura popular, o el Oscar a Spotlight en 2015 premió la valentía de la prensa frente a los abusos sexuales en la Iglesia. Así, Belén Esteban, como premiada y premióloga a la vez, interpreta que el Iris a Sálvame es un premio a la tele popular.

Pero un galardón rara vez es algo más que una carambola. Lo conceden jurados formados por personas de criterio dispar y razonamiento espeso que están obligadas a ponerse de acuerdo y, muy a menudo, salen del paso eligiendo el mal menor o la opción que menos discusiones provoque entre ellos. Un premio no repara ni hace justicia ni simboliza nada. Un premio cae como la lluvia, y las personas elegantes lo reciben con una mezcla de decisión, gratitud y descreimiento que da la talla de su grandeza, como quien despliega un paraguas con delicadeza en una tarde fresca. Aunque por dentro estén pensando: "¡Por fin, coño!".

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