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COLUMNA i

Las batallitas (magistrales) del abuelo Scorsese

Hasta el mismo Scorsese (y antes lo hicieron los Coen, y algunos más) entrega las armas. Las teles planas inteligentes han ganado

Frank Sheeran (Robert de Niro) es el protagonista de la magistral El irlandés, la última de Scorsese. Sheeran fue camionero y luego se dedicó a pintar casas. Cada vez que uno de sus jefes mafiosos le mandaba pintar la casa de alguien, nadie volvía a saber nada de ese alguien.

Es el propio Sheeran, ya carcamal, quien cuenta su historia desde una residencia de ancianos, y la va salpicando con algunos consejillos. Uno de ellos es que, antes de cumplir un encargo, hay que pasar por el baño. Para asegurarte de que no hay nadie escondido allí, pero también porque hay que trabajar cómodo.

Una de las interpretaciones del hecho de que Scorsese haya puesto su última gran película en Netflix, en lugar de distribuirla en los cines convencionales (aunque se estrena en unos pocos), es que las viejas formas de hacer y de ver películas han presentado su rendición incondicional a las nuevas. Hasta el mismo Scorsese (y antes lo hicieron los Coen, y algunos más) entrega las armas. Las teles planas inteligentes han ganado.

El irlandés es la historia de un mundo que se extingue, pero su último representante no renuncia a dejar unos pocos consejos a los jóvenes que creen saberlo todo. Como todos los consejos, parecen banales, propios de un viejo chocho que ya no sabe discriminar lo importante de lo que no lo es, pero tanto Frank Sheeran (y De Niro y Pacino) como Scorsese saben que la vida se decide en las líneas más dispersas del diálogo y que las verdades más hondas nunca las revela un dios del cielo. Cuando una madre se despide de un hijo le dice que se abrigue bien y que no coma porquerías. De eso van los relevos, de recordarle al nuevo que no se olvide de pasar por el baño antes de hacer un trabajito.

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