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Un purgatorio de escritores

Pola Oloixarac maneja dos niveles de narración, casi dos tramas paralelas, que inciden de manera desigual en una doble faceta de la escritura

Fotografía de Alex Spatari.
Fotografía de Alex Spatari. GETTY IMAGES

Las novelas sobre premios y congresos literarios se han convertido en un peculiar subgénero a medio camino entre la “novela de artista” y la farsa del mundo cultural: St. Aubyn, Hebe Uhart… Los escritores reconocen el encanto ambiguo de una burla para todos los públicos: tanto literatos como alérgicos a la antipática figura del escritor-santo-sufridor. Aunque, por otra parte, la diatriba se realiza siempre desde dentro. Estas novelas critican lo que ellas mismas son: una muestra de la profesionalización de la literatura.

La argentina Pola Oloixarac (Buenos Aires, 1977) se suma al género con Mona, protagonizada por una novelista peruana en un complejo momento vital (adicta a las drogas narcóticas, víctima de un bloqueo literario) nominada a un premio sueco por su primera y exitosa novela. En un idílico paraje coincidirá con diversos invitados a esta suerte de “purgatorio de escritores”: “Cuatro días de intriga y quieta desesperación, hasta ver quién se lleva el botín de 200.000 euros del premio”. Oloixarac maneja dos niveles de narración, casi dos tramas paralelas, que inciden de manera desigual en una doble faceta de la escritura. La más vistosa tiene que ver con la sociabilidad del escritor y se decanta por la sátira. Mona desmitifica los males que amenazan a un escritor de éxito: la autoconciencia de la exposición en las redes sociales, la convención de una cierta idea de estilo internacional con reconocibles huellas locales, la competitividad chismosa… En este grupo de invitados, la autora exagera el cliché nacional hasta lo deliberadamente burdo: el escritor colombiano, disfrazado de pirata del Caribe, parodia la figura del intelectual “de izquierdas”; el escritor francés es un nihilista con arrebatos de negrura existencial; la japonesa, una leve cantora de las cosas pequeñas, y la escritora española posee una “fuerza biyectiva en la mirada, tan ibérica, que se traduce en los taconeos sobre un tablao, los chillidos del flamenco, los ataques de nervios estilo Almodóvar o una bomba de ETA, según el caso”.

La otra trama de Mona incide en la relación entre la escritura y la vida dañada. En este caso, literalmente, en las huellas de un maltrato borrado por los apagones de la memoria de la protagonista: hematomas, signos ilegibles en el texto del cuerpo que la novela también desentrañará. Es innegable el talento de Oloixarac para colocarse más allá de lo políticamente correcto, la agilidad de su escritura, sus expresiones afortunadas y los fogonazos de sabiduría narrativa; pero en Mona estas cualidades sirven a una historia demasiado pequeña y tosca. La narración oscila entre dos elementos que no casan bien: la burla berhardiana del mundo literario y un ejercicio de autocompasión empático con la protagonista, casi alter ego de la autora (cambiemos la nacionalidad y el tono de la piel). El personaje de Mona repite el viejo cliché: dura por fuera, pero vulnerable por dentro. E incluso, descrita como “una ninfómana del terror”, termina remitiendo a una mucho más arcaica concepción moralista de la lucha contra los enemigos del alma: Mundo, Demonio y Carne. Es decir, la seducción de la vanidad literaria y de una pornografía devaluada. Quizá a su pesar, Pola Oloixarac es una artista de un pincel más fino que el de la farsa.

Mona. Pola Oloixarac. Literatura Random House, 2019. 160 páginas. 15,90 euros.