Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

El pueblo que convirtió una iglesia profanada por los franceses en su tumba monumental

Villaluenga del Rosario restaura su cementerio, transformado ahora en el principal atractivo cultural de esta localidad gaditana

Rafael Piña visita la tumba de su mujer en el cementerio de Villaluenga del Rosario, Cádiz. Ver fotogalería
Rafael Piña visita la tumba de su mujer en el cementerio de Villaluenga del Rosario, Cádiz.
Villaluenga del Rosario

Isabel y Miguel encontraron su reposo final encaramados al gozne de la puerta, a más de dos metros de altura. Francisca acabó en el recoveco de lo que, antaño, fue el camarín de un retablo. La niña Isabelita, en un agujero abierto en la pared de la sacristía. El fulgor de sus nichos blanqueados contrasta con la hipnótica decadencia de las ruinas de la iglesia que los acoge. Con muerte, cal y flores, el pueblecito gaditano de Villaluenga del Rosario resarció la profanación cometida durante el asedió francés de 1808. Sin pretenderlo, centenares de vecinos convirtieron los vestigios de su templo en una tumba monumental. 

La lluvia suave y constante cala en el cementerio de Villaluenga, un pueblo de la sierra de Cádiz de apenas 430 vecinos. Huele a pintura fresca y a romero húmedo dentro de lo que otrora fue la iglesia de San Salvador, levantada en 1722 en uno de los extremos de la villa. El agua acentúa los elementos arquitectónicos desnudos: los primitivos colores de la portada semiderruida, los altares perdidos o las pechinas levantadas al aire, ya sin cúpula y bóvedas que soportar. Dos turistas despistados miran embobados el entorno, mientras Rafael Piña, de 87 años, se encarama a una escalera para recolocar las tejas de un nicho: “Viene mucha gente sorprendida. Yo es que no he conocido más cementerio que este”. 

Pero el Ayuntamiento ha descubierto el encanto de lo que, en el pueblo, no es más que su único camposanto desde principios del siglo XIX. “En los últimos años está atrayendo a un turismo importante, por eso hemos decidido restaurar el monumento en sí mismo, sin reconstruirlo, claro está”, tercia el alcalde, Alfonso Moscoso. Así es como el municipio ha invertido más de 60.000 euros en recuperar el antiguo campanario y ultima una inversión de 100.000 euros –con la ayuda de la Diputación de Cádiz– para estabilizar las pechinas de la cúpula. Con todo, pese a lo curioso y monumental del espacio, el recinto no goza por ahora de protección alguna, según su ficha en la Guía del Patrimonio Cultural de Andalucía. 

La idea es que San Salvador siga en pie como principal monumento del pueblo y testigo de la resistencia que los vecinos de principios del siglo XIX opusieron al asedio napoleónico durante la Guerra de la Independencia. “Villaluenga no quiso capitular y vinieron los franceses y quemaron el lugar”, reza un refrán popular de la localidad. El ahora cementerio fue uno de esos lugares que ardió en 1808, después de que el municipio repeliese tres ataques anteriores. “Se quemaron y saquearon muchos bienes, entre ellos esta iglesia”, rememora el investigador local Antonio Benítez. 

Nadie sabe a ciencia cierta cuándo comenzaron las ruinas de San Salvador a acoger a los primeros finados, aunque se conservan lápidas desde, al menos, finales del siglo XIX. Hoy, los nichos invaden cualquier mínimo espacio disponible: los bajos de los muros, las antiguas hornacinas de retablos o los recovecos de la sacristía. “Aquí se aprovecha el espacio”, bromea Benítez. Gracias a ello y las rehabilitaciones recientes, el camposanto tiene garantizado espacio para los próximos 20 años. “Tampoco es que tengamos muchos entierros, no más de tres o cuatro al año”, asegura el investigador. 

En vídeo, así es Villaluenga del Rosario.

Aunque eso tiene visos de cambiar, según afirma Benítez: “Hay gente que se fue y vuelve para enterrarse. Incluso gente que no es de aquí, pero tiene pedido un sitio”. Tendrán que buscarse a alguien que les mantenga sus nichos, justo como hace Piña al reparar el enterramiento de los fallecidos de una familia que se marchó a vivir a Ronda. Él no es el único que desafía a la mañana encapotada en la víspera de la fiesta del Día de los Difuntos. 

Vecinas mayores, de dos en dos, entran y salen pertrechadas con cubos y flores, en un constante goteo. Las hermanas María y Rosario Benítez traen claveles rojos y blancos para sus padres, abuelos y suegros. No faltan ni un año, aunque saben que su rito está en vías de extinción: “Se está perdiendo. El día que faltemos, ¿quién vendrá? Yo por eso quiero que me quemen, para no dejar cargos ningunos”, apostilla Rosario entre risas.

Se adhiere a los criterios de The Trust Project Más información >