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El Salinger íntimo se descubre en Nueva York

Una exposición en la Biblioteca Pública de la ciudad saca a la luz material privado y manuscritos del autor de 'El guardián entre el centeno'

Salinger en Normandía (Francia), en 1944.
Salinger en Normandía (Francia), en 1944. R. Kato

El pasado viernes, sin ninguna ceremonia de inauguración, se abrió al público en la Wachenheim Gallery de la Biblioteca Pública de Nueva York la muestra titulada JD Salinger, que se podrá visitar hasta el próximo 19 de enero. La iniciativa forma parte de las actividades conmemorativas del centenario del nacimiento del escritor que se celebra este año. A lo largo de 2019, el JD Salinger Literary Trust ha dado luz verde por primera vez en décadas a la aparición de nuevas ediciones de los cuatro libros que se publicaron en vida del autor neoyorquino: El guardián entre el centeno, Franny and Zooey, Nueve historias y Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour, una introducción. Desde que en la década de los sesenta Salinger tomó la tajante decisión de no volver a publicar jamás, el interés por su obra no ha dejado de crecer, añadiendo incesantemente nuevas generaciones de lectores que consumen sus escritos con avidez. Aunque no quiso que lo que hacía llegara al público, a lo largo de casi medio siglo, Salinger se dedicó obsesivamente a escribir. Sabiendo que era así, el interés de sus millones de fans por conocer la naturaleza de sus escritos ha alcanzado extremos de paroxismo, pero la inquebrantable decisión del autor de no darlos a conocer hasta después de su muerte ha condenado a sus lectores a conformarse con el exiguo corpus sobre el que descansa su formidable reputación.

La mañana anterior a la apertura de la muestra el único individuo que se encuentra en la sala es quien la hizo posible, Matt Salinger, uno de los dos hijos del escritor, sobre quien descansa la responsabilidad de hacer llegar al público algún día la ingente obra inédita de su padre. Por el momento no es posible saber cuándo finalizará el complejísimo proceso de digitalización del archivo secreto de J. D. Salinger, iniciado poco después de su muerte en 2010 en Cornish (New Hampshire), aunque aún tardará años. En este sentido, aunque la muestra de la Biblioteca Pública es de un interés extraordinario por el sutil acercamiento que permite a la vida del escritor, no ofrece ningún adelanto. No hay textos inéditos de las novelas y cuentos que se sabe que existen, que es lo que sus fans desearían ver, pero sí una considerable cantidad y variedad de objetos personales, artículos y documentos jamás expuestos con anterioridad.

El espacio de la sala es adecuadamente íntimo. A lo largo de la parte superior de las cuatro paredes hay un estante continuo que alberga traducciones de las obras de Salinger a medio centenar de idiomas. El resto de la muestra lo integran más de 200 objetos que logran configurar un retrato intermitente y bastante certero de la personalidad del escritor. Muchos de ellos son de interés fetichista, como la máquina de escribir Royal, una de las dos que utilizaba, sus cuadernos y agendas personales, pipas de tabaco, gafas, un llavero que en lugar de llaves acumula un racimo de notas minúsculas o un cuenco de metal que elaboró a los 9 años del que nunca quiso desprenderse. Su pasión por el cine la evidencian las películas de los hermanos Marx, a los que era muy aficionado, o el venerable proyector de cine que usaba para ver filmes por la noche con su familia. La exposición incluye una selección de fotos de carácter íntimo que nos permiten vislumbrar al Salinger que se ocultaba a la vista pública en su entorno familiar. Matt muestra con particular orgullo las fotos en las que un anciano Salinger juega con sus nietos, sonriendo abiertamente.

Salinger, en la cubierta del 'M. S. Kungsholm', en 1941. ampliar foto
Salinger, en la cubierta del 'M. S. Kungsholm', en 1941. R. Kato

En el centro de la sala hay unos estantes en los que se acumulan los libros que el escritor guardaba en su dormitorio al final de su vida. Entre ellos figuran novelas de Agatha Christie y Simenon, historias de Sherlock Holmes, una antología de historias de detectives de la editorial Oxford, obras de Colette, Chejov y Turgueniev, una biografía de Hitler y una numerosa representación de libros relacionados con la mística oriental, así como tratados de medicina, homeopatía y acupuntura.

Además de ejemplares de las primeras ediciones de las obras de Salinger, se pueden ver cartas que permiten acercarse a episodios relevantes de su vida. Entre ellas destacan las que intercambió con sus editores y las que recibió de personalidades literarias como William Maxwell, o Ernest Hemingway. Una de las aportaciones más valiosas de la exposición son los diarios espirituales, pequeños cuadernos en los que Salinger anotaba citas y reflexiones que evidencian su extraordinario interés por textos místicos, como Los Vedas.

Alegato que Salinger redactó en agosto de 1982 como parte de la querella que presentó por atentado a su intimidad ampliar foto
Alegato que Salinger redactó en agosto de 1982 como parte de la querella que presentó por atentado a su intimidad

De particular interés es la sección dedicada a los manuscritos originales de sus obras. Un borrador de Franny and Zooey lleva el título deliberadamente jocoso de Ivanoff el Terrible: drama cómico y ontológico, acompañado de un poco de música matutina. Este manuscrito, de cuya existencia se sabía, ha dado lugar a especulaciones, como la posibilidad de que el título de Ivanoff fuera en realidad el de una obra aparte que jamás llegó a publicarse. Uno de los objetos de más valor es el manuscrito original de El guardián entre el centeno, que aparece junto a los rollos de las galeradas revisadas por él. Lo más revelador de la muestra posiblemente sea el conmovedor alegato que Salinger redactó en 1982 como parte de una querella legal que presentó. Comienza así: “Soy escritor profesional de novelas y relatos. Escribo única y exclusivamente ficción. Vivo y trabajo en una zona rural de New Hampshire desde hace más de treinta años con mis dos hijos, que han crecido aquí… Escribo ficción de manera apasionada, con determinación fija, de manera insaciable, desde que tenía 15 años… Me produce gran alegría imaginar que, antes o después, el producto acabado de lo que escribo llegará bien al lector ideal, esté vivo, muerto o no haya nacido aún, sea hombre o mujer o tal vez ninguna de las dos cosas”.

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