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Contra los estereotipos femeninos

En su novela 'Un guiso de lentejas', Mary Cholmondeley planteó hace ya algo más de un siglo preguntas en torno a las dificultades de las mujeres en el arte y la literatura

Tres mujeres toman té junto al Támesis a su paso por Londres en 1899.
Tres mujeres toman té junto al Támesis a su paso por Londres en 1899.

Hace algunos años leí una novela de la escritora británica Mary Cholmondeley (1859-1925) que me dejó con la boca abierta desde el título. Se llamaba La polilla y la herrumbre y estaba protagonizada por mujeres que no respondían a los estereotipos idealizados, para bien o para mal, de la narrativa perezosa. Ahora, leyendo Un guiso de lentejas, he vuelto a sentir desazón frente a la escritura de una mujer que se piensa como mujer y como escritora a través de una galería de personajes femeninos, complejos y contradictorios, que nos lleva a repensar de un modo absolutamente pionero eso que hoy llamamos las masculinidades. La modernidad de la escritora es extraordinaria, así como la utilización de una experiencia vital, someramente enmascarada, en la que se considera “la más autobiográfica” de sus novelas.

La mirada de una mujer, más allá del símbolo del andrógino y la escritura, se coloca por detrás de la descripción física de Rachel West, una de las protagonistas de la historia: Rachel llama la atención por una actitud en la que reside su atractivo frente a la belleza “cromo” de Lady Newhaven, su antagonista en el relato. Parece que Cholmondeley, en Un guiso de lentejas, se desdobla en dos personajes: la rica y sensata Rachel, que no le hace ascos a la posibilidad de casarse; y la creativa Hester, que vive su vocación literaria con un arrobo místico y una mala salud que dan lugar a algunos pasajes hiperbólicos, grandilocuentes y quizá fallidos en un texto que, por lo demás, deslumbra: una voz narrativa en tercera persona a veces se tiñe con el timbre particular de un personaje y nos lleva de salón en salón, de escenario en escenario, con una asombrosa capacidad para cambiar de foco y montar con agilidad y elegancia las diferentes secuencias de un relato sobre la amistad entre mujeres, el matrimonio, el adulterio y los roles femeninos y masculinos en una sociedad compleja.

Los resquicios para ejercer la libertad y conquistar la felicidad en ese entorno se estrechan si eres mujer, pero la tristeza y el peso de los convencionalismos también oscurecen las vidas de los hombres: creo que el gran personaje de este libro es Hugh, cuyos atributos son la fragilidad y el miedo. Su psicología quebradiza refleja las imposiciones de un territorio económica y moralmente codificado. Compartimentado y rígido. El desclasamiento o cualquiera de las modalidades de lo inapropiado —mujeres que escriben, hombres cobardes, riquezas repentinas— se sitúan bajo el ojo de lo reprobable. Pese a reproducir el tópico de la salvación por el amor, Cholmondeley delinea un interesante concepto de la generosidad y la fortaleza femeninas, que aspira a romper con representaciones esclerotizadas de los géneros. La autora cuestiona cualquier posicionamiento simplificador: al aludir a la superioridad que esgrimen algunas avanzadas, la voz narrativa comenta irónicamente: "Todas las mujeres sensatas suscriben esta afirmación desde hace años".

Portada de 'Un guiso de lentejas'.
Portada de 'Un guiso de lentejas'.

En el extremo opuesto, la escritora ridiculiza los argumentos del clérigo Gresley que, para arremeter contra la lucha por la igualdad de derechos, dice que le gustaría ver a las mujeres empujando un arado. Gresley prefigura el mansplaining invistiéndose de una autoridad religiosa frente a esa otra religiosidad, órfica y estética, excéntrica y a ratos desbocada, de su hermana Hester. Gresley y su esposa casi actúan como pareja cómica haciendo bueno el dicho de que peor tonto que malo: la pareja representa el paradigma de un pensamiento dogmático que, creyéndose en posesión de la verdad y la bondad del mundo, no puede percibir el dolor o las cualidades ajenas; en uno de los momentos más brillantes de Un guiso de lentejas se narra el proceso de lectura del manuscrito de Hester por parte de Gresley. En una mise en abyme de lectura dentro de la lectura, tan divertida como terrible, el Gresley lector —a través del filtro de nuestros ojos también lectores— se enfrenta a las frases hechas de su pensamiento. Las frases hechas de su pensamiento vencen. Añadir ni una palabra más sería hacerle un flaco favor a una novela en la que el suspense tiene su importancia.

Frente a modelos femeninos intrépidos, que pugnan por ocupar un lugar tanto en el espacio público como en el privado, frente a mujeres que se singularizan, transforman y desclasan como consecuencia del dinero y del trabajo artístico, aparece otro modelo de mujer convencional, que piensa que no lo es, y vive una vida libresca (Lady Newhaven) o hace de la cultura pose, máscara de distinción elitista y artificiosa, valor social (Sybell). Es evidente el talante autocrítico, la búsqueda de justicia y equilibrio por parte de una Cholmondeley a quien tal vez le cuadre la etiqueta de 'protofeminista', y que en Un guiso de lentejas nos plantea preguntas en torno a la honorabilidad, los corsés sociales y las dificultades de las mujeres en el mundo del arte y la literatura.

Precisamente, el sentido del humor y la agudeza definen las reflexiones literarias de una autora que oscila entre la mitificación de la experiencia estética —el empoderamiento de una mujer que escribe— y la ridiculización de quienes aseveran que no escriben para entretener ni complacer al público. La sensibilidad prospectiva de Cholmondeley —su percepción de que los lectores no son niños, pero tampoco clientes— sintoniza con observaciones actuales sobre los vínculos entre literatura y espectáculo. Un guiso de lentejas tiene la ambición de ir más allá de los fuegos artificiales. Y logra su propósito deliciosa y acariciadoramente.

Un guiso de lentejas Mary Cholmondeley. Traducción de Ricardo García Pérez. Nocturna Ediciones, 2019. 488 páginas. 19 euros

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