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ANÁLISIS i

La mejor isidrada del siglo XXI

Ureña, Ferrera y Roca definen una feria de buen juego ganadero, público joven y mucha sangre

Francisco Ureña, en su actuación triunfal del 15 de junio.
Francisco Ureña, en su actuación triunfal del 15 de junio. GTRES

La feria de San Isidro no se ha hecho corta porque se ha prolongado 34 tardes consecutivas, pero se ha resuelto con mucha más brillantez, repercusión y acontecimientos de cuanto auguraban sus presupuestos iniciales. Mérito de Simón Casas, el productor en jefe de la isidrada, y de una dichosa “conspiración” que ha reunido toreros en estado e gracia -Ureña, Ferrera, Aguado, Roca Rey-, sorpresas inesperadas -David de Miranda-, una gran afluencia de público -641.000 espectadores, 22.000 más que en 2018- y un elocuente rendimiento ganadero, tanto por los toros sueltos de gran calidad -Juan Pedro, Montalvo, Garcigrande, Valdellán, Victorino, Zalduendo- como por las corridas completas que lidiaron Adolfo Martín y Santiago Domecq.

Ha sido la mejor feria del siglo XXI. O sea, la más interesante de las dos últimas décadas. Y no solo por las puertas grandes -ocho-, las orejas -36, todas las categorías incluidas- la contribución triunfal de los rejoneadores -Hermoso de Mendoza en cabeza-, o el hiperbólico tributo de sangre, sino porque la edición de 2019, ni una gota de agua, demasiado viento, ha estimulado el interés de la tauromaquia fuera de los muros de Las Ventas. Ha trascendido la feria de Madrid. Se ha movilizado más que nunca el público joven. Y hasta se han roto los tabúes políticos o los complejos: Felipe VI presidía la corrida de Beneficencia a la vera del ministro socialista José Luis Ábalos. Normalizaban ambos la tauromaquia en su noción reconocida y homologada de bien de interés cultural.

Corresponde a Francisco Ureña el título de triunfador, tanto por el delirio de su actuación el 15 de junio como porque el diestro murciano también había tocado pelo en sus dos compromisos anteriores. Cuatro orejas le permiten ocupar el trono de “torero de Madrid” sin necesidad de compartirlo, aunque la galería de la fama de 2019 reserva un lugar de honor a la genialidad de Antonio Ferrera en la tarde del 1 de junio, a las faenas macizas de Roca Rey con un juampedro y un adolfo, a la reivindicación de Miguel Ángel Perera -puerta grande en la segunda de feria-, a la sobriedad de Emilio de Justo, a la recuperación de Eugenio de Mora, a la calidad de Ginés Marín y al desmayo de Pablo Aguado, cuya grave cornada en la última tarde redunda en un sanisidro particularmente cruento.

Ha habido el doble de cornadas en la feria de 2019 que en las dos ferias anteriores juntas. Una estadística estremecedora que se resume en la hemorragia y en la conmoción de Román. Lo reventó un toro de Ibán el 8 de junio y sintió que se moría, aunque la enfermería de Las Ventas también tuvo que pluriemplearse para reanimar a Manuel Escribano, Juan Leal, Gonzalo Caballero, Ureña, Roca, Luis David, David Mora y Sebastián Ritter.

Puede atribuirse a la fatalidad del viento la crudeza del parte de guerra, pero también a la gallardía con que muchos toreros de la isidrada -desde los más inexpertos a los más consolidados- han interpretado la oportunidad o la desesperación. Se diría que Roca Rey ha puesto a cavilar al escalafón en su tauromaquia sin límites. Y que no ha habido cordones sanitarios ni líneas rojas entre los matadores. Ha sido una competición descarada y descarnada.

Se marchan con nota Curro Díaz, López Chaves, Fernando Robleño y Román. Pierden peso las cotizaciones de Urdiales, Castella, López Simón, Octavio Chacón, Pepe Moral, El Cid. Resiste El Juli. Y se convierte el onubense David de Miranda en la gran revelación de la isidrada.

Dos orejas la arrancó al sexto ejemplar de Juan Pedro Domecq. Uno de los más bravos de la feria. Y expresión del equilibrio entre la casta, la nobleza, el trapío y la emoción. Ha habido variedad de encastes -albaserradas, santacolomas, núñez...- y un punto de encuentro entre el llamado toro comercial y el toro-toro, aunque el buen tono ganadero de la isidrada no contradice ni las decepciones de Alcurrucén (dos corridas), Fuente Ymbro (18 reses) y Jandilla, ni los contratiempos toristas de los cuadris y los ibanes o los ejemplares de Pedraza de Yeltes.

El balance negativo también concierne a la extinción del toreo de capote -Ureña, De Justo y Ginés Marín son las excecpiones- y a la arbitrariedad del palco en el uso y abuso del pañuelo blanco.O el azul, que no llegó a asomarse ni una sola vez en reconocimiento a la bravura de las reses. Han proliferado los toracos de báscula y arboladura. Y han conseguido el tendido siete y sus aliados someter muchas tardes la plaza al dogmatismo y a la sublevación, pero no hasta el extremo de sabotear una feria que ha dado la razón al planteamiento visionario de Simón Casas.

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