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FERIA DE SAN ISIDRO

Ha llegado la hora del Rey

El torero peruano Andrés Roca afronta su primera tarde preguntándose por qué no va a poder cortar un rabo

El torero Andrés Roca Rey, fotografiado en Madrid.
El torero Andrés Roca Rey, fotografiado en Madrid.

Se amontonan 34 tardes en la feria de San Isidro a semejanza de unos ejercicios espirituales, pero el cartel de “no hay billetes” únicamente identifica aquellas en las que aparece anunciado Andrés Roca Rey (Lima, 1996). La primera coincide con este miércoles. La más llamativa expone el desafío con los albaserradas de Adolfo Martín, el próximo 30 de mayo. Y la tercera confronta al diestro peruano con las reses de Victoriano del Río en el desenlace del ciclo (15 de junio).

Planteamiento, nudo, desenlace: es Roca la columna vertebral de la isidrada, la referencia taquillera y el protagonista de un fenómeno taurino y extrataurino que ha abierto un puente entre la tauromaquia y la “sociedad civil”. Lo demuestra su dimensión sociológica en América, su carisma mediático y su impacto en el público menos iniciado.

El más iniciado lo vitorea como a un ídolo. De hecho, la repercusión de su actuación en la reciente Feria de Abril precipitó que los aficionados maestrantes reclamaran, sin éxito, la concesión de los máximos trofeos. No se corta un rabo en Sevilla desde 1971. Ni en Madrid desde 1972, más allá de la proeza del rejoneador Diego Ventura en la isidrada de 2018.

¿Lo cortará Roca Rey? “Es difícil de predecir”, explica a EL PAÍS. “Pero si se ha cortado en el toreo a caballo, por qué no se va cortar en el toreo a pie...?” Es la manera elegante de postularse. Y de afrontar una feria de tres paseíllos que incluyen el reto de los “adolfos”. Le tocaron por sorteo. Roca Rey es la primera figura del escalafón, pero se avino a compartir la incertidumbre del bombo con la clase media. Y su nombre terminó coincidiendo con los de Manuel Escribano y Román.

“Madrid es una plaza muy exigente más allá de la ganadería”, señala el matador. “Sé que para esa tarde de Adolfo Martín hay una expectación mayor, pero yo tengo un compromiso antes. Las tres tardes en Madrid para mí tienen la misma importancia y las afronto con la misma ilusión y motivación. Cada una tiene una preparación especial. Y ahora estoy al 100% en la primera de ellas”.

Se anuncia este miércoles Roca Rey en un cartel extemporáneo. Ofrecen mucha confianza las reses de Parladé -la “otra” divisa de Juan Pedro Domecq-, pero tanto el veterano Cid, implicado en su año de despedida, como el joven López Simón comparecen en situaciones delicadas y acuciantes de sus respectivas carreras. Estuvieron muy arriba. Titubean ahora por no descolgarse.

Nada que ver con la tiranía que ejerce Roca Rey. Su tercera campaña de matador de toros tanto se abastece de los triunfos en las grandes ferias -Olivenza, Castellón. Valencia, Aguascalientes (México), Sevilla- como demuestra un asombroso proceso de perfeccionamiento y de madurez.

Y no porque Roca Rey haya abjurado de la tauromaquia de quietud, de pasmo, de cercanía, de poder, sino porque su tauromaquia se ha depurado estéticamente. Y porque el torero limeño ha sabido incorporar a sus actuaciones un imponente estado de sugestión. Tiene “plaza” Roca rey. Se desenvuelve con arrogancia en el ruedo. Posee sentido de la dramaturgia. Ha estilizado su toreo fundamental, pero ejerce el mismo magnetismo de antaño con el capote.

“Intento mejorar día a día”, señala. “Efectivamente, soy muy exigente conmigo mismo. Así entiendo esta profesión desde que empecé. Creo que la autoexigencia es buena para dar el máximo, aunque esta profesión es un constante aprendizaje”.

La tercera escala de la isidrada le permite coincidir con Sebastián Castella y Paco Ureña, toreros de tanto prestigio en Las Ventas como las reses madrileñas de Victoriano del Río. Decepcionaron la pasada temporada en Las Ventas -tres corridas-, pero no hasta el extremo de devaluar su divisa.

Frente a ellas, Roca Rey representa la firmeza inconmovible de su primer apellido y el absolutismo del segundo. Y se ha puesto las cosas difíciles a sí mismo, pero también se las ha complicado la irrupción milagrosa y milagrera de Pablo Aguado. De hecho, la revelación del diestro sevillano se produjo en La Maestranza coincidiendo con el propio colega limeño en el ruedo. Se reanuda así la dialéctica de las viejas competencias: la lírica y la épica, la regularidad arrolladora y el asombro.

Roca Rey ha cumplido casi los mismos años de edad (22) que El Juli tiene de alternativa (21). Impresiona su madurez, su proceso evolutivo, pero más lo hace la sensación de que no se le vislumbra techo. ¿Cortará un rabo en Las Ventas?

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