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Semíramis, la más deseada, ambiciosa y cruel de las reinas

Mario Gas se estrena en el Siglo de Oro con ‘La hija del aire’, de Calderón, en una versión escrita por Benjamín Prado

Un momento del ensayo de 'La hija del aire', en el Teatro de la Comedia de Madrid.
Un momento del ensayo de 'La hija del aire', en el Teatro de la Comedia de Madrid.

Tan deseada es Semíramis como cruel. La ambición y la astucia hacen de ella una mujer guerrera hasta la locura. Criada en la violencia y el odio, esta reina asiria protagoniza La hija del aire, la monumental e inquietante obra de Calderón de la Barca, con la que debuta en el Siglo de Oro y en la Compañía Nacional de Teatro Clásico el dramaturgo Mario Gas, tras más de 50 años de carrera teatral. La obra, respetando los metros y las rimas, ha sido reducida y reescrita a partir de los ocho mil versos de la original por Benjamín Prado, que ha buscado mezclar la música de la poesía de Calderón con otra más actual. Una imponente escenografía del maestro italiano Ezio Frigerio, que traslada al espectador a la mitología babilónica, acompaña a los 14 actores del elenco de la obra, con Marta Poveda como Semíramis a la cabeza, en este viaje por un mundo de ambición, de poder, lealtades, celos y tentaciones. La función se representa en el Teatro de la Comedia de Madrid hasta el próximo 23 de junio, antes de su presentación en el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro a mediados del mes de julio.

Que no se desvaneciera la poesía, que la tremenda historia que narra La hija del aire luciera en todo su esplendor, que el espectador no se perdiera ninguno de los matices y los ángulos de los personajes, ambiguos todos ellos. Esa ha sido la obsesión que ha marcado el camino que han recorrido juntos Mario Gas (Montevideo, Uruguay, 1947) y el poeta Benjamín Prado (Madrid, 1961). “Si el mejor dramaturgo del Siglo de Oro es Lope de Vega, sin duda el mejor poeta es Calderón. Reescribir La hija del aire ha sido como caminar por un alambre pero con una sólida red debajo: la que te ofrece una de las más completas y extraordinarias obras de teatro. Esta obra es como una fruta con más de una piel, que hemos ido pelando hasta quedarnos con la exquisita almendra central. Mi intención ha sido la de limpiar el lenguaje de Calderón, quitando escenas hoy día inverosímiles y, respetando absolutamente el verso, decir lo mismo pero de una manera más asequible al espectador. Las versiones se hacen no para complacer al autor, sino para complacer al público y eso es lo que he pretendido con La hija del aire”, asegura Prado, que se confiesa estremecido y feliz ante este encargo que supone su debú en el universo de la dramaturgia.

Una obra apenas representada

La hija del aire es un texto difícil, poético y misterioso, mítico y violento. Así lo aseguran todos los dramaturgos que se han enfrentado a ella. Esta leyenda histórica de la reina asiria Semiramis es una de las obras menos representadas de Calderón de la Barca (1600-1681). Nunca antes la Compañía Nacional de Teatro Clásico había estrenado esta función, escrita en dos partes en 1653.

Dos han sido los montajes de esta obra de Calderón que todavía resuenan en la memoria de los espectadores. El primero fue el dirigido por Lluis Pasqual en 1981 con Ana Belén en el papel de la princesa Semiramis, que se estrenó en el teatro Lope de Vega, en Sevilla, para luego saltar al María Guerrero, en Madrid. El segundo tuvo a Blanca Portillo como protagonista en una función que se representó en el Teatro Español, en el 2004, con el argentino Jorge Lavelli como director.

Después de ocho temporadas, el actual montaje de La hija del aire, con escenografía de Erzo Figrerio, vestuario de Franca Squarciapino e iluminación de la también italiana Fiammetta Baldiserri, cierra la etapa de Helena Pimenta al frente de la CNTC antes de que LLuis Homar se haga cargo de la compañía.

Para su estreno en el Siglo de Oro Mario Gas ha elegido una de las obras “más bella, compleja y oscura” del repertorio clásico y del propio Calderón. “La hija del aire va de la mitología a la política, de la humanidad individual al conflicto colectivo. Es una función muy sabia que va salvando con gran autoridad los vericuetos de esta historia de voracidad por el poder, sin desdeñar el viaje a las profundidades y abismos de las contradicciones del ser humano que se ve enfrentado a sí mismo y a un destino predeterminado, que si entonces eran los dioses hoy sería un conflicto bélico o determinados poderes fácticos políticos o económicos”, explica el dramaturgo, que confiesa que para ser fiel con Calderón primero han tenido que ser infieles. “Más allá de la riqueza de Calderón hay que atreverse y hurgar en textos clásicos que tengan hoy algo que decirnos. Como hecho escénico, más que puramente literario, estamos ante una obra que pretende que el espectador pueda seguir la anécdota y el conflicto entendiéndolo todo, respetando la métrica, el aire y la atmósfera de Calderón y eliminando la ampulosidad”.

Bueno es si al final llega. Así explica Mario Gas su ausencia del teatro del Siglo de Oro en una carrera que comenzó con 18 años. “No soy un enorme defensor del Siglo de Oro, aunque reconozco que hay una docena de obras maravillosas que podría haber montado hace tiempo y no lo hice. Las cosas van como van. Uno no puede olvidar el azar, la vida o la casualidad. A lo mejor, a partir de ahora no paro de hacer Siglo de Oro. Vaya usted a saber”.

 

 

 

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