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“Pasé la infancia avergonzado”

Nacho Duato (1957) revive su salida del armario en 1990, que evocó en la final del programa ‘Prodigios’ de TVE

Nacho Duato, en Londres, a los 18 años, haciendo calceta para pagar sus estudios.
Nacho Duato, en Londres, a los 18 años, haciendo calceta para pagar sus estudios.

La energía asustada de la memoria golpeó a Nacho Duato y le devolvió la infancia como una ventolera. Lo dijo con sosiego. “Es difícil recordar en público que tu padre se avergonzaba de ti”. Lo contó como si se lo estuviera dictando al niño que fue. Ocurrió el último sábado, en la final de Prodigios (TVE), ante Boris Izaguirre, ante los jóvenes que se sometían al juicio de Andrés Salado, Ainhoa Arteta y el propio Duato. “Yo no quería hablar de mi homosexualidad. Quería hablar de mi niñez. Durante todo el programa pensaba en la pena de todo lo que yo me había perdido porque mi padre nunca me preguntó cómo me iban las clases. Pasé la infancia avergonzado de lo que era”.

Vació una terrible experiencia. “Lo peor es que tu padre se avergüence de ti. No lo culpo a él, no culpo a mi familia. Culpo a la dictadura y a aquella España. Mi padre era afable y simpático. Pero era presidente de Acción Católica, fue gobernador civil, venía de una familia conservadora y tener un hijo que quería ser bailarín y al que ya veía con aquel ramalazo..."

”El padre nunca fue a un estreno, solo vio cuatro funciones suyas. Esa historia estaba en el alma y brotó. “Fue al ver a esos padres que apoyaban a sus hijos durante todo el proceso de Prodigios. Cada minuto me traía a la mente la imagen de mi padre avergonzándose de mí. Muchos niños vivimos ese trance”. La explosión ocurrió cuando habló de Saïd Ramos, aspirante en el concurso. “Yo miraba la cara de este chico y de su padre. Creo que Saïd entendió muchas cosas en ese momento. Es un buen bailarín. Ojalá pueda venir a mi compañía, en Rusia”. Duato dirige el ballet del Teatro Mihailovsky, en San Petersburgo.“He sido director de ballet desde hace 30 años. Me ha tocado hablar ante ministros y reyes, he recibido premios. Y aun hoy me tengo que decir: ´Nacho, adelante, di lo que piensas, lo que eres, haz oír tu voz”. Esa voz vieja aún alienta en sus oídos: “¡Habla como un hombre!”.

Compañeros suyos del colegio, que en la adolescencia lo vieron en silencio, “como un cisne entre patos”, le han escrito ahora para recordarle aquella imagen de su soledad. “Era la España que era. Y yo era diferente, sí, a esa edad yo no sabía si era gay o no. Era de otra forma”. Fueron nueve hermanos. “Cuando estaba en Londres, estudiando, mi madre y mis hermanas me enseñaron a hacer calceta. Mi padre les preguntaba por qué: 'Porque Alfonso XIII hacía petit point', decía mi madre, 'o sea, que esto es también de chicos”. Nacho Duato se pagó la escuela “haciendo calentadores y mallas para los bailarines, y se los vendía”.

Su discurso en Prodigios marcó la discusión en las redes al tiempo que este país se debatía, otra vez, entre la sensibilidad del pasado y el espíritu que alienta en lo que dijo. “Me critican porque dije que España es libre y democrática. Ahora sabemos lo que es vivir en un país libre”. En 1990 fue de los primeros “en salir del armario”. “Entonces me tiraban huevos por la calle. Pero aquel día había leído esta frase de Nietzsche: ´Si existe Dios seguro que es bailarín`. Salí a la calle, feliz”. El último sábado descargó años de conciencia.

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