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FIRMADO LEJÁRRAGA CRÍTICA i

Platero, Gregorio y yo

Vanessa Montfort crea un colorido retrato del universo artístico, intelectual y sentimental que rodeó a María de la O Lejárraga

Cristina Gallego y Eduardo Noriega en 'Firmado Lejárraga'. Ampliar foto
Cristina Gallego y Eduardo Noriega en 'Firmado Lejárraga'.

¿Escribió María de la O Lejárraga toda la producción de Gregorio Martínez Sierra? Y de ser así, ¿cómo se supo? Vanessa Montfort da cumplida respuesta a tales preguntas en este drama policial, cuya apasionante intriga va desgranando la autora mediante diálogos picados y retrospecciones vertiginosas. Sus intérpretes encarnan a investigadores que sostienen hipótesis diferentes, pero también al esposo y los amigos de Lejárraga.

A través de la autobiografía y la correspondencia de la autora de Canción de cuna, El amor brujo y Noches en los jardines de España con su marido y con sus queridísimos Falla, Turina, Lorca y Juan Ramón Jiménez; de testimonios de familiares suyos, de un ensayo cuasi detectivesco de Patricia W. O’Connor y de un arsenal documental aportado por Carmela Nogales, Montfort crea una imagen vívida de los personajes y sus circunstancias, un colorido retrato de su universo artístico, intelectual y sentimental.

En Firmado Lejárraga, el verbo de su autora se funde con el de su protagonista, y el testimonio extraído de epístolas, con los diálogos de Sortilegio, que Montfort pone en boca de María y Gregorio para escenificar su ruptura como pareja. Rara vez aparece en la dramaturgia española contemporánea una pieza elaborada con tanto acopio documental y tan bien digerido. Cuanto dicen los personajes de Firmado Lejárraga merece crédito, está entrañado y suena coloquial, dentro de su calidad literaria.

El caso de Gregorio Martínez Sierra, casado con una de las plumas mejores y más caudalosas del momento, amante de Catalina Bárcena, la actriz joven de mayor tirón popular de los años veinte, guarda cierto parecido con el de Bertolt Brecht, esposo de la actriz Helene Weigel pero amante de colaboradoras cuyas obras firmó él. La escena donde María y Gregorio le venden el estreno de Canción de cuna a Cándido Lara evoca la de Brecht vendiéndole al empresario del Theater am Schiffbauerdamm la traducción alemana de la Ópera del mendigo, elaborada por Elisabeth Hauptmann, su novia de entonces. ¿Son estos sucesos de otra época? Editores de cualesquiera países podrían ofrecer listas de escritores que a día de hoy ofician de negros de colegas afamados.

La puesta en escena y las interpretaciones de Firmado Lejárraga están a la altura del empeño artístico de su autora, de la claridad que vierte sobre un caso al que no duda en calificar de fraude literario. Alfredo Noval se desdobla en el papel del frágil, hipocondríaco y amantísimo Juan Ramón Jiménez y en el de perspicaz defensor de la hipótesis máxima de la autoría de Lejárraga. Jorge Usón interpreta con la energía de un joven Charles Laughton a un Manuel de Falla desbordante, afrancesado pero andalucísimo, tan gracioso como celoso. La escena en la que comienza a orquestar El amor brujo mientras María le precisa la dimensión emocional de cada palabra de su libreto es graciosísima, de una teatralidad fulgurante y un lirismo arrebatador.

Gerald B. Fillmore interpreta, entre otros personajes, a un Lorca jovencísimo con los pies en la hierba y la cabeza en las nubes. Eduardo Noriega encarna a un Gregorio Martínez Sierra elusivo y, acto seguido, al investigador reticente a toda hipótesis favorable a la autoría de María Lejárraga.

Cristina Gallego es, sucesivamente, encarnación etérea del espíritu de la escritora fallecida, objeto de una investigación exhaustiva, y mujer generosa y bienhumorada, tan apasionada como discreta, inteligente en grado superlativo. Los cinco actores hacen un trabajo compenetrado y lleno de contrastes. A priori, a la obra de Montfort podría reprochársele que sean cuatro varones quienes escenifiquen la fructífera indagación efectuada en la realidad por la hispanista O’Connor, pero en la práctica la división de este personaje en dos, la introducción de otro que defiende la hipótesis de la autoría total de Gregorio y la de un archivero, es decir, la masculinización del reparto, permite establecer un agilísimo juego de mutaciones de los indagadores de hoy en las amistades masculinas que María cultivó en su día.

Una pega apenas cabe poner a las interpretaciones y a la dirección de Miguel Ángel Lamata: a la escena de la ruptura le faltó verdad profunda en la tarde del estreno. La función transmite alegría, ilustra y conmueve. En el escenario de la sala El Mirlo Blanco del Centro Dramático Nacional queda un tanto apretada. Por su calidad, merece ser prorrogada la temporada próxima en un escenario mayor, tal y como se hizo en 2016 con El laberinto mágico, de Max Aub, en versión de José Ramón Fernández.

Firmado Lejárraga. Autora: Vanessa Montfort. Dirección: Miguel Ángel Lamata. Teatro Valle-Inclán. Madrid. Hasta el 5 de mayo.