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Por qué lloramos por Notre Dame

Universitarios y expertos analizan las reacciones pasionales frente al incendio de la catedral, que inscriben en la noción de “emoción patrimonial”

Flores dejadas por los transeúntes en el puente enfrente de Notre Dame, en París, hoy miércoles 17 de abril.
Flores dejadas por los transeúntes en el puente enfrente de Notre Dame, en París, hoy miércoles 17 de abril. AFP

A muchos les cayeron las lágrimas. La primera reacción ante el incendio que arrasó Notre Dame fue la conmoción. La caída de la aguja de la catedral fue vivida con desgarro e incluso comparada con el 11-S, pese a la diferencia flagrante en el número de víctimas (3.000 muertos contra ninguno). La hipotética destrucción de un fragmento de la supuesta Cruz del Calvario fue vivida como una tragedia por ciudadanos plenamente agnósticos. Hubo abnegadas muestras de apoyo, presupuestos públicos desbloqueados en cuestión de segundos y cuantiosas donaciones de multimillonarios en aras de su reconstrucción. ¿Por qué lloramos por Notre Dame? ¿Por qué la sociedad se moviliza por unanimidad por la pérdida de una catedral, pero no por otras causas? Universitarios franceses llevan estudiando desde los noventa este fenómeno, bautizado como “emoción patrimonial” por el antropólogo Daniel Fabre.

“Se trata de una globalización de las reacciones emotivas respecto a los edificios en peligro, que ya no responden solo a una cuestión de proximidad”, señala la historiadora Isabelle Saint-Martin, profesora de la Escuela Práctica de Estudios Superiores de París. Recuerda que, en 2001, cuando los tres budas esculpidos en la roca en un lejano valle de Afganistán fueron destruidos por el régimen talibán, muchos lamentaron su pérdida pese a no haber visitado el lugar ni conocer su existencia. Lo mismo sucedió con la inundación de Florencia, la desaparición de Tombuctú, la destrucción de Palmira o el terremoto que arrasó Bagan, la ciudad birmana de las mil pagodas. “Es un sentimiento que surge con la Sociedad de Naciones en los años 30 y que se termina de imponer con la noción de patrimonio de la humanidad, que la Unesco adoptó en 1972”, afirma Saint-Martin.

Ese dolor se pronuncia cuando el monumento es conocido o está sobrecargado de símbolos, como la catedral parisina. “En el caso de Notre Dame, la emoción patrimonial es evidente. Se asimila la desaparición de un monumento a la de un ser humano”, indica Anne-Marie Thiesse, investigadora del prestigioso CNRS y especialista en historia cultural. “Además, su reputación está ligada al libro de Victor Hugo, con su historia extremadamente trágica y sus personajes marginales. Esta semana se ha despertado el recuerdo de las emociones vividas durante la lectura o al descubrir sus adaptaciones cinematográficas”, considera Thiesse. En la década previa a la publicación de Nuestra Señora de París en 1831 y al fenomenal éxito que consiguió, existieron distintos proyectos para derribar la iglesia. “Se encontraba en mal estado y su renovación se consideraba excesivamente cara. Entonces no existía un gusto por el arte gótico. Fue la novela la que suscitó un nuevo gusto por lo antiguo”, añade la historiadora.

Para la socióloga del arte Nathalie Heinich, profesora de la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales (EHESS), el sentimiento de pérdida es más simbólico que material y va mucho más allá de lo propiamente religioso. Por eso no solo los católicos y creyentes han lamentado el incendio. “Lo que está en juego es la transmisión de un bien común, perteneciente a todo un colectivo. En este caso, la nación”, señala Heinich. “La destrucción de ese patrimonio hace imposible que haya una transmisión, lo que explica las reacciones dolorosas y traumáticas que vemos desde el lunes”. A la socióloga le parece significativa nuestra insistencia a la hora de afirmar que se logró evitar lo peor y que la nave de la catedral pudo ser salvada. “Cuando hay un accidente de carretera, siempre es mejor que haya dos muertos que cuatro. En las situaciones de luto, se positivan los hechos para evitar verse devastado por ellos. Es un pensamiento mágico que sirve para consolarse”, argumenta Heinich.

Al gran medievalista francés Jean-Claude Schmitt, Notre Dame le parece una catedral gótica como otra cualquiera. “No es la más bella ni la más importante. Ni siquiera en términos religiosos: los reyes eran coronados en Reims y enterrados en Saint Denis. Hasta el siglo XVII, Notre Dame ni siquiera tuvo una archidiócesis propia”, recuerda. Su importancia procede del hecho de ser la catedral de París, justo cuando la ciudad se convertía en capital de Francia. Impulsada en 1160 por el obispo Maurice de Sully, Notre Dame fue “un proyecto conjunto de la Iglesia y la monarquía”, dos sedes del poder vecinas en la minúscula isla de la Cité, para asentar el poder de esa nueva capital. “A partir del siglo XIX, con el éxito de la novela de Hugo, Notre Dame dejará de ser un monumento religioso y se convertirá en uno de tipo nacional”. En una catedral de consenso, casi ecuménica, en la que cada ciudadano, francés y del mundo, puede identificarse a un nivel distinto. “Por eso la emoción es tan fuerte. Con la catedral de Estrasburgo nunca hubiera pasado lo mismo”, opina Schmitt.

Ese registro emotivo también ha invadido el discurso político. En su discurso televisivo del martes, Emmanuel Macron rememoró, con voz trémula, la noche de los hechos. “Los franceses temblaron, conmovidos. Los extranjeros lloraron”, expresó. El subtexto, no siempre sutil, es que esa catedral somos todos. “Desde el punto de vista de la historia del arte, es un hecho deplorable. Desde el punto de vista social, puede tener una utilidad”, apunta el arquitecto jefe de los monumentos históricos franceses, François Chatillon, a cargo de la restauración del Grand Palais. “La arquitectura gótica es un juego de pliegues en el que los elementos se sostienen los unos contra los otros. Es como la propia sociedad: así logramos vivir cosas inmundas sin perder totalmente el equilibrio”.

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