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GRAN HERMANO TRIBUNA i

‘GH Dúo’, más grande que el CIS

El programa proporciona un envidiable soporte empírico para extraer conclusiones sólidas sobre la moral popular en España

El presentador Jordi González ayuda María Jesús Ruiz a levantarse del suelo tras conocer ésta que había ganado 'GH Dúo'.
El presentador Jordi González ayuda María Jesús Ruiz a levantarse del suelo tras conocer ésta que había ganado 'GH Dúo'. GTRES

¿Cómo lo sabes?, pregunto a quien me cuenta alguna maledicencia aireada en uno de esos programas televisivos tan desprestigiados como populares. “Estaba haciendo zapping y por casualidad…”. Pues bien, yo he estado haciendo mucho, mucho zapping en los últimos tres meses, coincidentes con los de emisión de GH Dúo y, oh casualidad, han aparecido en la pantalla de mi televisión sus galas y resúmenes diarios, alguna vez se ha colado incluso el canal GH 24 horas, y ahora traigo para vosotros algunas noticias frescas.

La telerrealidad ha sabido convertir en espectáculo una honda pulsión humana: la de enjuiciar comportamientos ajenos. La única manera de conocer los valores morales es personalizándolos. Odiamos o amamos a alguien en concreto, no un valor abstracto sino a su poseedor, y a golpe de aprobación y censura de ejemplos se va moldeando nuestra educación sentimental. Ahora bien, las personas susceptibles de juicio moral compartido están normalmente reducidas al entorno particular, lo que limita en exceso el número de potenciales conversadores, pero entonces los medios de comunicación de masas subvienen esta falta y nos ofrecen profusión de ejemplos públicos y universalmente conocido: los políticos, los famosos del entretenimiento. Nuestro apetito de adhesión y desprecio halla allí materia abundante.

Pero están demasiado dispersos: las celebrities hacen cada una su vida y no forman relato. Et voilá: los encerramos en una Casa durante tres meses. Y a la unidad de espacio y de tiempo así garantizada se añade la unidad de acción dramática por medio de vídeos diarios sabiamente editados que estructuran tramas para el espectador, perfilan personajes buenos y malos y potencian astutamente el conflicto que divide las opiniones. Nuestro concursante favorito está en peligro, ¿qué pasará ahora? Como una serie de HBO, pero mejorada: los protagonistas son reales, viejos conocidos, actúan en directo, se alían y repelen, nominan al adversario, superan las pruebas, riñen, lloran, se levantan, sobreviven o mueren (expulsión) y el suspense se mantiene vivo hasta el final a la espera de lo que vote la audiencia.

Esta intensa dramatización excita la sed de interpretaciones sobre lo que está ocurriendo en la Casa. Qué decepción cuando el amigo, que creías inteligente, simpatiza con el concursante equivocado. ¿Está ciego o qué? A falta de amigos con discernimiento, sobran debates televisivos donde se analizan las gestas de los concursantes y se suministran un surtido de interpretaciones tan variado que raro será que alguna no secunde la propia, con el consiguiente alivio de la insoportable tensión emocional.

¿Y qué clase de juicios se emiten en esos programas de vocación hermenéutica como Sálvame diario? Sentemos un principio general. Cuanta mayor vulgaridad, mayor tendencia a la moralización. Está comprobado que los entendimientos más frágiles son los que más recurren al sermón moralizante. La vulgaridad que se exhibe en GH Dúo es extrema, luego debemos esperar dictámenes de moralidad muy subida. Pues bien, estoy en condiciones de confirmar a los lectores de este importante periódico que en efecto es así. Los juicios que los concursantes formulan unos sobre otros, los que justifican sus nominaciones, los de los colaboradores en platós y en debates, en suma, todos los juicios se fundan en principios morales. Hubiera podido uno imaginar otros criterios: el éxito, el dinero, el talento, la inteligencia, la cultura, la ideología, el atractivo personal, incluso el capricho. Pero no: es el bien y el mal en lucha lo único que realmente cuenta.

¿Y cuál es el estado de la moralidad de la sociedad española? Dejémonos de chácharas cuando disponemos de datos. Porque en la última macroencuesta del CIS se entrevistaron a 16.000 personas, un número ridículamente pequeño comparado con las 700.000 personas que votaron sobre asunto menor como la repesca de Candela, concursante expulsada pero con opciones de vuelta. El estudio del voto nos proporciona un envidiable soporte empírico para extraer conclusiones sólidas sobre la moral popular en España.

Por ahora me limitaré a adelantar cuál es la virtud moral suprema en el concurso y sin la cual sería impensable ganarlo: la sinceridad absoluta y su habitual pareja, la autenticidad. Esta virtud, en el código GH, exige al concursante ir de frente y decir las cosas a la cara, particularmente las desagradables. Caso de que a uno "se le caliente la boca" y regurgite un exabrupto nauseabundo, conviene pedir perdón "si ha molestado a alguien" reconociendo que a veces "le pierden las formas", pero que nadie pueda decir que no va "con la verdad por delante", "su verdad", porque siempre actúa "de corazón" y nunca, nunca "deja de ser él mismo".

A mí siempre me ha parecido que la sinceridad es para borrachos y yo la practico solo excepcionalmente, en caso de fuerza mayor, así que me resignaré a no participar nunca en el concurso y a seguirlo solo por la tele…cuando aparezca por casualidad en pantalla. El jueves noche estaba haciendo zapping y me enteré de que María Jesús, exmiss España y modelo, había ganado GH Dúo. Mi sincera enhorabuena.

JAVIER GOMÁ LANZÓN es filósofo. El 30 de abril publica su comedia Quiero cansarme contigo (Pre-Textos)

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