Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Vivir dentro de la catástrofe

En las narraciones de Magalí Etchebarne hay una voz personalísima que logra que sintamos que todo está siendo nombrado por primera vez

Delta del río Rapadalen, en Suecia.
Delta del río Rapadalen, en Suecia. GETTY IMAGES

Magalí Etchebarne coge el lápiz y adopta la postura idónea para escribir. Maneja los resortes ortodoxos del cuento y, a la vez, consigue hacerlos insólitos. Detecto la aplicación de esta joven escritora argentina y las seguridades de su buena letra literaria, pero lo maravilloso es que, por debajo de las enseñanzas del taller de escritura, hay una voz personalísima que logra que sintamos que todo está siendo nombrado por primera vez. Para que reparemos en ello. En ‘Capitán’, magnífico cierre, la narradora busca una imagen hasta que surge más allá del tópico: “El Delta es una huella digital de un gigante”. Antes el Delta se ha nombrado con otras metáforas. Descartadas una a una.

A menudo las narradoras de Etchebarne escriben a través de voces de niñas que han crecido, que comprenden más tarde lo que no se ha comprendido en su momento —sexo, religión, deslealtad, cansancio— y se ven obligadas a saltar con destreza sobre la línea del tiempo narrativo; voces que, a la ingenuidad —“torres de alta tensión con forma de hombres del futuro”—, suman la experiencia, la felicidad del desencanto, las adicciones literales o figuradas —todas son literales— o la certidumbre de que, desde el hueso de melocotón de cada familia —cada fundación de un vínculo—, emana una tristeza biliosa, un leve sarcasmo, una luz oscura: “Lo que vemos son estrellas muertas, muertas hace siglos, que siguen brillando”, le revela una madre, loca de lucidez, a su hija en ‘Tsunami’. Las metáforas se hacen realidad: una abuela habla del amor que prende fuego y la palabra “involuntariamente poética” se convierte en un incendio en la casa. Pinget escribía en Señor sueño: “Repetir escabiosa acacia trébol de olor amarillo, y míralo el verano en mi página”. Así, igual, opera Etchebarne.

Esa manera primigenia de nombrar nos indica que los cuentos, además de lo que cuentan, cuentan la escritura en sí misma; por eso, las narradoras escriben, incluso se ganan la vida, como negras, escribiendo para otros: en ‘Como animales’ percibimos una concepción cómica del relato de la vida en el paralelismo que se establece entre los hijos no biológicos —de dónde vendrán— y esas historias que no nos pertenecen y, no obstante, contamos. Etchebarne tiende hilos que conectan las narraciones y juega con la imprevisibilidad, a través de la inclusión de personajes que aparentemente fracturan el todo —Natacha y su babero—, de la mezcla de elementos disímiles y de una forma de narrar que presenta dos planos distintos: en ‘Cosita preciosa’ la enfermedad de una madre se emborrona —quizá refulge— por los amores de la narradora con Ramón. En este cuento reconocemos el extrañamiento carveriano, del que Etchebarne se apropia con particular sentido del humor: los amantes conservan una radiografía dental de la protagonista del mismo modo que en ‘Plumas’, el cuento que abre Catedral, aparece el molde dental de Olla, la esposa del amigo que invita a cenar al narrador.

Cuentos de lo fallido, lo trunco, de mujeres que escriben y barruntan que su amor será una catástrofe mantenida en el tiempo (‘Que no pase más’) o de mujeres que no escriben, tienen hijos y saben que podrían vivir un amor bello y extraño que, sin embargo, nunca llegarán a vivir (‘Buena madre’). Se puede vivir dentro de la catástrofe. Lo hacemos casi siempre con bastante pundonor.

Los mejores días. Magalí Etchebarne. Las Afueras, 2019. 128 páginas. 16,95 euros.