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Alan Riding entona el ‘mea culpa’

El periodista narra en 'Traidor(es)' cómo la revolución sandinista, que él apoyó, se convirtió "en una tiranía con la violencia y el cinismo que ello implica"

El escritor y periodista británico Alan Riding en Barcelona, 2011
El escritor y periodista británico Alan Riding en Barcelona, 2011

Corrían los primeros meses de 1979 y el ambiente en Nicaragua era de guerra. El dictador Anastasio Somoza Debayle llamó al corresponsal del The New York Times, Alan Riding, el "décimo comandante" (nueve eran los líderes de la guerrilla sandinista), en alusión a su trabajo periodístico y dada su aparente simpatía por aquellos rebeldes que, por años, sedujeron al mundo entero en su lucha por derrocar a una dinastía de casi medio siglo.

Hoy, el periodista se confiesa "profundamente decepcionado" por el desenlace de una revolución que él creyó democrática y que cubrió con la pasión de pocos, de 1971 a 1983. Se ubicó como enemigo de Somoza, entonces fiel aliado de Estados Unidos quien, en sus memorias Nicaragua traicionada (1980) asegura que Riding le confesó ser "socialista", cosa que el escritor de origen británico niega.

Es indudable que aquellos años dejaron una huella indeleble en el narrador, ahora residente en París. Escribir sus memorias le parece una tontería que "a nadie le interesa". Como su sueño siempre fue ser dramaturgo (lleva ocho obras escritas), optó por producir Traidor(es), que "podría haber sucedido hace unos años en Cuba o Irán; podría suceder hoy en Venezuela, Nicaragua, Kazajistán o Corea del Norte", según reza la sinopsis.

La obra "tiene su semilla en lo que pasó entonces y pasa ahora en Nicaragua, una cierta mea culpa" y examina "cómo una revolución poética se convierte en una tiranía con la violencia y el cinismo que ello implica", explica el autor del paradigmático libro Vecinos Distantes sobre la relación entre Estados Unidos y México, donde vivió 13 años.

Traidor(es) sucede durante 80 minutos sin intervalo, en una celda donde un prominente líder de un gobierno revolucionario está en reclusión solitaria, culpable de haberse reunido con veteranos desencantados como él. Lo visita su esposa, un interrogador y el presidente. Niega haber iniciado un complot, con el argumento de que su único objetivo es enderezar el giro de la revolución hacia sus promesas de libertad y democracia.

Riding opta por no ubicar la pieza en Nicaragua, en parte, dice, porque tiene elementos inspirados en El Salvador y Cuba, pero también porque "el fenómeno de las revoluciones que se autodestruyen es tristemente global, desde la primavera árabe a varios procesos en Europa del este, Turquía o Argelia".

En la charla, brotan anécdotas y recuerdos de aquella época donde el Frente Sandinista de Liberación Nacional empezaba a construir un proyecto que alentaba las esperanzas de los nicaragüenses, el cual, cuatro décadas después, se desvaneció para abrir paso a una creciente oposición social.

Recuerdos como cuando sirvió de vínculo entre el entonces secretario de Gobernación de México, Jesús Reyes Heroles, y un líder sandinista. Su intervención en aquella ocasión, piensa, fue crucial para que los sandinistas iniciaran lo que se transformó en el apoyo generoso de ese gobierno a favor de aquella lucha antisomocista.

“Tumbar a Somoza”

A Riding le brillan los ojos incluso a través de la vídeollamada, al relatar una plática privada con un amigo mexicano, a finales de febrero de 1977, cuando le cuenta que ha decidido regresar a Nicaragua para "tumbar a Somoza". Es la primera vez, confiesa, que comparte esta "broma entre amigos" que podría sonar fantasiosa, quizás un sueño demasiado íntimo.

Riding viaja entonces a Nicaragua desde México para cubrir las masacres denunciadas por monjes capuchinos en el norte del país. El 2 de marzo de 1977 publica un artículo sobre el tema en primera plana del The New York Times. El texto fue, quizás, el primer cañonazo de ese diario contra Somoza.

Jimmy Carter llevaba apenas unas semanas como presidente de Estados Unidos. Ese mismo día, el embajador de ese país en Nicaragua, Mauricio Solaun, le comunica al dictador nicaragüense el enojo de su Gobierno. Somoza niega las acusaciones y más tarde, en sus memorias, se dice traicionado por Estados Unidos.

Una foto a traición

Otros detalles Riding los cuenta con sorna. Un 17 de noviembre de 1978, luego de una conferencia de prensa en Managua, convocada por el congresista demócrata estadounidense John Murphy para denunciar que la Venezuela de Carlos Andrés Pérez era la proveedora de armas para los sandinistas, Novedades, el periódico oficialista que le llamaba "el periodista guerrillero", publica una foto suya en portada con un arma de grueso calibre.

"Al lado de Murphy (gran amigo de Somoza) había una mesa con armas de fuego. Murphy me llama para indicarme las marcas que, según él, probaban que venían de Venezuela. Me pasa un rifle semiautomático, probablemente un AR-15. Lo agarro y en ese momento un fotógrafo me llama, levanto la cabeza y '¡zas!' me saca una foto”, relata Riding.

No es misterio que Somoza no quería al reportero. Sus artículos alertaron a Carter sobre las violaciones a los derechos humanos y demás arbitrariedades del dictador, quien por años había sido "un hijo de perra, pero nuestro hijo de perra", frase autoría de Franklin Delano Roosevelt.

Como en la obra de Riding, que se presenta este mes en Francia y en un futuro podría llegar a Buenos Aires y a Ciudad de México, en Nicaragua hay "traidores" para unos y para otros. Daniel Ortega, guerrillero convertido en tirano, acusa a sus antiguos compañeros. Ellos a él y una mayoría de millennials, a casi todos los que participaron en la revolución sandinista. La obra de Riding sintetiza este trágico duelo sin aparente ganador por ahora, pero con Nicaragua como país perdedor indiscutible.

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