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IDA Y VUELTA COLUMNA i

La narración ilimitada

Ahora que el arte de la novela parece contraerse, Don Winslow se atreve a abarcar generaciones y países enteros

Ronald Reagan inspecciona armas confiscadas en Estados Unidos en 1982.
Ronald Reagan inspecciona armas confiscadas en Estados Unidos en 1982.

Empecé hace unas semanas a leer a Don Winslow y no he podido dejarlo. Hasta hace muy poco apenas me había fijado en sus libros y ahora empiezo uno en cuanto he terminado el anterior, y compruebo con impaciencia, casi con alivio, que acaba de publicarse otra novela suya, que reseñaba hoy mismo The New York Times. Lo peor de los prejuicios es que uno no sabe que los tiene. En escaparates de librerías, en suplementos literarios de aquí y de fuera, yo había encontrado el nombre de Don Winslow, pero no me había fijado mucho en él porque venía asociado a ese tipo de novelas que uno ve muy destacadas en las librerías de los aeropuertos, con portadas como titulares sensacionalistas, a veces en letras doradas en relieve.

Yo daba por supuesto que Don Winslow sería un escritor de novelones de intriga internacional o de ese género parásito de la celebridad de los narcotraficantes y los asesinos en serie que desde hace tantos años es omnipresente en el cine y en la televisión. Cualquiera que tenga algo de conocimiento o de juicio sabe que no hay nada de heroico en un traficante de drogas, y que solo una mente estropeada o encallada en la adolescencia puede atribuirle romanticismo o glamur a alguien que encuentra placer en matar a personas desvalidas. Pero un envoltorio estético adecuado ennoblece en seguida el espectáculo de la crueldad, y aunque a estas alturas parezca inverosímil, todo lo relacionado con el tráfico y el consumo de drogas destructivas sigue teniendo un aura cool para muchas personas. Los dos o tres capítulos de Narcos que vi antes de desistir por puro aburrimiento me pareció que incurrían de nuevo en la tediosa, la desvergonzada glorificación de los narcotraficantes, cargada de todos los clichés posibles del género, empezando por el barroquismo visual, e incluyendo la complacencia más bien pornográfica en la extrema violencia.

Veía los libros de Don Winslow y por el aspecto de sus portadas imaginaba que serían más de lo mismo. Una crítica particularmente entusiasta y detallada en un medio que me inspira confianza me animó a comprar una de sus novelas, The Power Of The Dog. El efecto ha sido instantáneo, con una parte feliz de admiración y gratitud y otra aleccionadora de humildad. De cuántas cosas no se privará uno por culpa de esos prejuicios que no sabe que tiene, y contra los que, por tanto, no puede ponerse en guardia.

La narración ilimitada

En esa reseña que leí, el crítico decía que Don Winslow es un novelista de una ambición tolstoiana. Después de haber leído en unos pocos días The Power Of The Dog, y encontrándome ya a la mitad de su continuación, The Cartel, esa afirmación no me parece desmedida. En una época en la que el arte de la novela parece contraerse cada vez más en los límites del ensimismamiento, Don Winslow se atreve a abarcar periodos temporales de generaciones y espacios que contienen enteros ciudades y países, vidas privadas y panoramas políticos, lo más noble y lo más bajo, la diversidad de las hablas de los grupos étnicos y las clases sociales, lo que sucede a la luz pública y ocupa primeras páginas y noticiarios de última hora y lo que permanece oculto, en los sótanos y en los sumideros del mundo.

Don Winslow utiliza las normas del thriller con la misma libertad y el mismo rigor con que John Le Carré ha usado las de las novelas de espías en sus obras mejores, con una ambición equivalente de aprovecharse de ellas para dar forma a un relato verídico del mundo tal como es. En The Power Of The Dog, la pura fuerza de la intriga dibuja las conexiones criminales, en los años de Reagan, entre los cárteles mexicanos de la droga y el Gobierno de Estados Unidos para financiar y suministrar armamento a los Contras de Nicaragua y a los militares y paramilitares que llevaban a cabo campañas de exterminio contra cualquier forma de disidencia política, retratada siempre como subversión comunista.

Uno ve con melancolía cómo el arte de la novela se repliega cada vez más, cediendo sin lucha a las series de televisión el terreno que fue suyo, el que fue fundado y engrandecido por generaciones de escritores, de Cervantes y Mateo Alemán a George Eliot, a Dickens, a Balzac, a Melville, a Conrad, a Pérez Galdós, a Pardo Bazán, a la extraordinaria y todavía en activo Edna O’Brien: contar la vida de la gente, la de cualquiera, la de todos, la vida y el habla, los trabajos, las pasiones, la fiebre del dinero, las bajezas de la política, la confusión entre todo lo bueno y todo lo malo, lo mejor y lo peor, la cobardía y el heroísmo, la ternura, la soledad, la embriaguez, el crimen, la belleza. El arte de la novela alcanza su máxima altura cuando nos permite transitar de una conciencia a otra y explorarlas todas con la misma precisión, desde su propio punto de vista, con las palabras que son propias de cada uno. El arte de la novela se alimenta con igual codicia de lo noble y lo inmundo, de lo terrenal y lo invisible, porque de todo eso está hecha la vida real.

Sin duda está bien escribir alguna vez sobre novelistas que escriben una novela y hablan de literatura con otros novelistas y se emborrachan juntos en congresos literarios, después de haber hecho reír al público con un repertorio de gracias repetido. Pero se nos olvida que la novela puede ser mucho más; que puede arrebatarnos como una historia de aventuras y crímenes, y explicarnos toda la riqueza y la complejidad de lo real con una hondura a la que solo llegan las mejores crónicas; que puede ser tan realista como un documental y al mismo tiempo tan llena de poesía como la narración de un mito. Una novela no necesita estar llena de sermones ideológicos para dar cuenta de las injusticias sociales. Lo que hace falta en una novela es que uno sienta el impulso físico de ir internándose en lo desconocido, que escuche una voz poderosa y a la vez una multitud de otras voces; que quiera llegar al final para saberlo todo y quiera también que la novela no termine. Antes de tener uso de razón, yo me hice adicto a las novelas porque me daban todo eso. Me lo vuelven a dar con generosidad desbordada estas novelas de Don Winslow.

El próximo 26 de febrero, HarperCollins publica en español ‘La frontera’, la nueva novela de Don Winslow, traducida por Victoria Horrillo Ledesma. ‘The Power Of The Dog’ está publicada en español con el título ‘El poder del perro’ (Mondadori, 2008). ‘The Cartel’ ha sido traducida como ‘El cártel’ (RBA, 2015).