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CRÍTICA i

‘El cascanueces’ en el Teatro Real: pudor con el pasado

José Carlos Martínez cierra su etapa de director con una producción integral de un clásico

Un momento de 'Cascanueces' en el Real.
Un momento de 'Cascanueces' en el Real. teatro real

Decía Toynbee que el pasado tiene una manera ineluctable de volver sobre nosotros siempre que queremos dejarlo atrás. El ballet, en su modestia y ambiciones, es un buen ejemplo, vive de unos réditos que a veces son retales, mistificaciones sobre el desvaído estampado de un tejido memorial mil veces zurcido. No por vestir el ejercicio con flamantes estofas nuevas conseguimos que no se mire atrás, pues volver la vista, al contrario que a Orfeo y que a la mujer de Lot, nos hará algo mejores, nos dará conciencia del punto exacto en que se encuentra el acto de bailar lo precedente adornado con lo que se cree propio y nuevo. Ley de vida en el ballet, leyes sagradas del arte.

La heterogeneidad de la plantilla de la CND y el poco peso disciplinario de sus ensayadores hace que las costuras y diferencias estilísticas salten a la vista de manera grotesca

El Ballet del Teatro Lírico Nacional La Zarzuela (hoy Compañía Nacional de Danza) estrenó el ballet Cascanueces en dos actos y cinco escenas con coreografía de Ray Barra (San Francisco, 1930) el 7 de diciembre de 1986 en el Teatro Calderón de Valladolid ; a continuación fue presentado en el Teatro de La Zarzuela de Madrid, manteniéndose en repertorio activo menos de dos años y barrido al más severo ostracismo, como el resto de los trabajos del conjunto (desde 1979 gestionado en ese decenio por Ullate, Ávila, Barra y Plisetskaia sucesivamente) por la llegada de Nacho Duato al poder. Para Duato el séptimo día de la creación universal empezaba con él mismo, así atomizó el patrimonio, disgregó las producciones valieran más o menos, regaló hasta el último atrezo. Hoy insistimos todavía en borrarlo todo, se continúa con esa filosofía devastadora que poco o nada tiene que ver con la cultura real.

EL CASCANUECES

Coreografía: José Carlos Martínez; música: P. I. Chaicovski; escenografía: M. Borromello; vestuario: I. Cobos; luces: O. García. Orquesta del Teatro Real. Dirección musical: Manuel Coves. Teatro Real. Hasta el 10 de noviembre

Barra ambientó su libreto en el consulado español en Berlín en 1906, en la Belle Epoque (el estilo modernista), el mismo segmento temporal que ahora escoge José Carlos Martínez (Cartagena, 1969), que a su vez, había bailado en París varios puestos dentro de la versión Nureyev-Georgiadis, de gusto feérico y honduras psicológicas.

Hay dos versiones de Cascanueces de un mismo tronco poco citadas, y dudo realmente que estudiadas por los coreógrafos de nuevo cuño, que son las que hizo Alexandra Fedorova en Riga en 1924 y en Nueva York en 1940 para el Ballet Russe de Montecarlo. Aún hoy esa es la matriz de lo que vimos en Occidente hasta la difusión de la complicada versión Nureyev (Estocolmo, 1967 y Londres, 1968, con la incorporación de los diseños nuevos de Nicholas Georgiadis, y después recreada en Milán (1969), Buenos Aires (1971), Berlín (1979) y París 1985), lectura que bailó Martínez, pues ingresa en la Ópera en 1988, el año que Nureyev hace el filme de este ballet con el cuerpo de baile y solistas de la casa parisiense protagonizada por Elisabeth Maurin.

Hubo otro Cascanueces en Madrid bailado por José Carlos Martínez con la que era su mujer entonces, la francesa Agnès Letestu, en el Teatro de Madrid La Vaguada en enero de 1996 (ambos no estaban aún nominados como estrellas en París); montó la producción Fernando Bujones (Miami, 1955 – 2005) y actuaron varios artistas de la CND que Duato tenía sentados en el banquillo, como José Antonio Quiroga y Ana Alvero. El conjunto, en realidad semiprofesional, se llamó Ballet Clásico Mediterráneo y tuvo una vida efímera. Esta es la historia de “Cascanueces” en el ballet español de hoy, pero hay que preguntarse ¿por qué se oculta, por qué no se cuenta tal cual fue? No es exactamente pudor con el propio pasado, es también prejuicio y desprecio.

Decorados sonrojantes

La heterogeneidad de la plantilla de la CND y el poco peso disciplinario de sus ensayadores hace que las costuras y diferencias estilísticas salten a la vista de manera grotesca. Ya se sabe que hoy día la mayor parte de las compañías (menos las rusas y asiáticas) tienen una inevitable vocación cosmopolita, y eso aumenta el reto a la hora de obtener ese ideario de ensemble, ese empaque sinfónico y de acorde, de afinación colectiva de las evoluciones en una misma dirección y acentuación. Lejos, muy lejos está la compañía española de tal cosa, aunque hay en escena un brillo momentáneo y una cierta euforia por sacar adelante el proyecto, que está algo mejor que Don Quijote. Termina su cometido Martínez al frente de la CND con este comprometido montaje donde se opera con citas dispersas de la lectura canónica tradicional muy desvirtuadas y un cúmulo de invención sin demasiado interés coréutico. Luces y trajes funcionan con corrección, los decorados sonrojan de pobres y absurdos.

Hay así entre Cascanueces y Coppélia una relación profunda, musical y temática, que ya apuntaron Wiley y Demidov respectivamente y que encuentra un nuevo eco para Martínez en la animación de los juguetes (falta la deliciosa Mamá Cigogne). Debe decirse que hay individualidades que muestran su talento, como es el caso de Ángel García Molinero, notándose a la vez el oficio de Cristina Casa y de Harihi Otani. Carece la puesta en escena de hilo teatral, sentido espacial y de usufructo planimétrico, ni siquiera un gusto por mantener el equilibrio ortogonal, tan caro a Ivanov y al academicismo de Petipa. Por cierto, no hay nada de Ivanov en esta puesta en escena como tampoco de sus continuadores más señeros, de Vainonen a Nureyev.

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