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La suerte impuesta de Enrique Vila-Matas

El escritor reúne en un nuevo volumen artículos, ensayos y discursos, un viaje, dice, al universo del que todo parte

Enrique Vila-Matas, bajo la lluvia, en Barcelona.
Enrique Vila-Matas, bajo la lluvia, en Barcelona. EL PAÍS

Hay, en todo lo que escribe Enrique Vila-Matas, y, en especial, dice, en sus artículos, reunidos, junto a conferencias y ensayos, en nuevo volumen, Impón tu suerte (Círculo de Tiza), “un gusto por el ready-made y por democratizar el pensamiento”, por mezclar, “a la manera de Alberto Savinio”, profundas investigaciones sobre la mitología romana, con, pongamos, la vida, que no obra, de una stripper del Moulin Rouge. Por convertir su primer encuentro casual con Roberto Bolaño en una mayúscula reflexión sobre la (vida en la) derrota. Y no, no son piezas aisladas. Cada uno de ellos puede contener el embrión de una novela – “todo depende de hasta qué punto se ramifique la idea” – o limitarse a ser un ejercicio de esgrima con aspecto de bote salvavidas. Porque eso son los artículos para Vila-Matas, botes salvavidas. Tan necesarios que, sin ellos, tal vez no escribiría.

“Pensar en escribir sólo novela sería de lo más neurótico. Siempre he hecho periodismo. Desde el 68, sin interrupción. Los artículos no sólo son complementarios, también necesarios. Si no, cuando la novela se entorpeciera, no tendría otra cosa que hacer que pensar que la novela no funciona. Cuando eso ocurre ahora, puedo ponerme a escribir un artículo. Antes, me bajaba a fumar”, confiesa. Aunque lo de bajarse a fumar no era tan efectivo, a menos que se topara con una historia. “Los artículos te llevan a otra cosa”, dice. Es como si abrieran una ventana cuando la puerta se cierra. Y desde esa ventana puede verse el camino que te aleja de ese bloqueo narrativo. “Son como las preguntas que te hacen al final de un coloquio. Pueden dar con algo en lo que jamás habías pensado y devolverte al campo”.

Ocurrió así con Doctor Pasavento. La novela entera partió de una pregunta que alguien le lanzó al final de una charla. La pregunta era: “¿Cuándo piensa usted desaparecer?”. Así, los artículos no son compartimentos estancos. Como no lo son sus charlas. Todo puede acabar en una novela. “Hay novelas que empezaron siendo conferencias fueron después artículos y acabaron desarrollando una historia”, apunta. No existe, pues, una distinción entre sus piezas de ficción, porque, dice, “todo lo que yo hago es ficción, nunca he pretendido otra cosa”, sólo que es una ficción “que no inventa”, y que también está lejos “de las historias basadas en hechos reales que, como diría Nabokov, son un insulto al arte y a la verdad”. No existe la autoficción para el autor de Dublinesca. Lo que existe es la biografía mental, y a ésta contribuye todo.

Hermanos pequeños de su narrativa, los textos que reúne Impón tu suerte conforman (como lo hicieron en su momento los de El viajero más lento o Una vida absolutamente maravillosa), una suerte de territorio ya explorado por el lector – pues todos, los alrededor de 100 que contiene el volumen, han sido publicados – que, sin embargo, no se tenía a sí mismo como un continente conocido sino como un planeta gaseoso condenado a girar alrededor de la obra a la que llegar a dar pie. “Es un territorio liminar y al mismo tiempo bien custodiado y reconocible, aunque inclasificable”. Un lugar en el que, dice, se siente cada vez más cómodo. Y en el que reivindica su don para la caza de la anécdota holística. “No hace falta que te pasen ciertas cosas para contarlas pero a veces te pasan y nadie se lo cree”, dice. Gajes de su afán por teñir de ficción la realidad, o de vivir como un personaje, de dejar que la realidad misma se convierta en uno, siempre, intelectualmente fascinante.

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