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Apachería arcádica

‘Ahora me rindo y eso es todo’, de Álvaro Enrigue, fabula sobre un pasado mítico que no hace justicia a los propios análisis del autor sobre el proceso colonizador

El jefe apache Geronimo (derecha), en 1890. Ampliar foto
El jefe apache Geronimo (derecha), en 1890. GETTY

Del mexicano Álvaro Enrigue (1969), autor de libros fascinantes como La muerte de un instalador (1996) e Hipotermia (2005), Premio Herralde de Novela con Muerte súbita (2013), suele destacarse su inteligencia narrativa. Ésta, a mi entender, trabaja en dos direcciones: en primer lugar, en la poderosa intuición estructural, un oído que reconoce cómo disponer las piezas para reinventar, por ejemplo, la novela histórica como una forma aún pertinente de novela política y plural. Pero también es una característica de la inteligencia de Enrigue cierto laconismo: sabe que el músculo de una historia se mide por los sobrentendidos. Si el primer tipo de inteligencia es evidente en Ahora me rindo y eso es todo, el segundo, el don de la exactitud, ha desaparecido en buena parte. El estilo se ha vuelto profuso y de un detallismo casi mecánico. Y no es el único problema de esta obra tan ambiciosa como autocomplaciente.

“Ahora me rindo y eso es todo” son las últimas palabras del apache Jerónimo antes de entregarse al ejército estadounidense, firmando una paz onerosa, y la novela de Enrigue reconstruye este lento sacrificio a la vez que cartografía un territorio impreciso entre el sur de Estados Unidos y el norte de México: Apachería.

Apachería arcádica

La narración alterna tres planos narrativos. El rapto de la mexicana Camila por el jefe indio Mangas Coloradas, padrastro de Jerónimo. La crónica diversificada, en varios puntos de vista, de los últimos días de Jerónimo y del pueblo apache. Y, finalmente, la vida y las relaciones familiares del autor durante un viaje que emprende para documentarse sobre su novela.

En las crónicas es manifiesta la citada profusión de detalles que emborronan. En cuanto al registro autoficcional, ya no es sólo que esta fórmula (la vida privada del escritor mientras investiga su “tema”) sea uno de los clichés favoritos de la literatura actual, sino que estas páginas carentes de verdadera pulsión autobiográfica (“días tan intensos y desquiciantes que apenas pude leer algo y no escribí nada”, escribe Enrigue) apenas pretenden señalar al lector la interpretación de la novela. Y aquí viene un problema de mayor calado: Ahora me rindo y eso es todo no hace justicia a sus propios análisis del proceso colonizador, sutiles, por ejemplo, respecto a la violencia del lenguaje. Enrigue se ve necesitado de fabular un pasado mítico que oponer al enemigo imperialista, un nuevo Buen salvaje, ese subproducto del impulso civilizatorio condenado a su autenticidad y, por lo tanto, a su insignificancia política. El resultado es una Apachería arcádica con personajes modélicos y malvadísimas “fuerzas de ocupación”. “Eso eres, América” se convertirá en el leitmotiv de su lamento, dirigido, en buena medida, a la capacidad autocrítica de un lector que es identificado con el colonizador.

Ahora me rindo y eso es todo fracasa por la desconfianza del propio Enrigue en encontrar un lector a la altura de una ambiciosa “gran novela mexicana”. Por ello quizá resulta más chocante que su talento se halle, en algunas páginas, en la plenitud de su sutileza. Esto es evidente en la historia del rapto de Camila, un oasis de exactitud entre tanta prosa abstracta. La transformación de la criolla pone patas arriba la vieja dicotomía entre civilización y barbarie. En ella caben, sin señalar ni hacer aspavientos, todas aquellas interpretaciones a las que se presta un material tan rico.

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