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Santiago Posteguillo: “Los autores de novela histórica avisamos de lo que viene”

El ganador del premio Planeta con 'Yo, Julia' cree que la Unión Europea debe adoptar del imperio romano "esa administración conjunta de entidades tan diversas"

Santiago Posteguillo, el pasado martes.
Santiago Posteguillo, el pasado martes.

“Que con determinación, todo es posible, y que pueden ser mucho más listas que los hombres… sin que eso vaya en detrimento de su condición femenina”. Esas son las enseñanzas que las mujeres de hoy pueden aprender de Julia Domna (170-217), la emperatriz más importante de Roma, que convenció a su marido para que tomara las armas para acabar con sus rivales políticos y alcanzara el trono. Así lo cree Santiago Posteguillo, el gran escritor de la novela de romanos en castellano, que la ha convertido en la protagonista absoluta de Yo, Julia, la novela con la que el lunes obtuvo el 67º premio Planeta (y sus 601.00 euros).

Lo cierto es que, amén de inteligente y amante de la filosofía, Julia era, según estatuas y grabados de la época, “de gran belleza”. Un arma que también usó, un recurso habitual de las mujeres con poder en el mundo clásico, en una estrategia en la que sobresalió Cleopatra. “Julia aunó cultura, inteligencia y el uso de esa belleza; lo cierto es que la pasión que sentía por ella su esposo, Septimio Severo, hizo que tuviera al emperador en su mano y se convirtiera en un flanco, una manera de atacarle”, apunta el autor de las voluminosas trilogías sobre Escipión el Africano, con la que en 2006 debutó, y Trajano. Hoy por hoy, no sabe si también lo será Julia, "pero da para lo que quieras", admite.

Aquella Julia “iba de caza mayor: acabaría formando la que sería la última gran dinastía altoimperial”. Tras ella vendría la anarquía militar. La familia, a las puertas de tiempos convulsos, como refugio entonces y quizá también ahora. “La familia siempre debería serlo”, sostiene el escritor. ¿Fue Julia buena madre? “Por todo lo que hizo, puede parecer lo que no debería ser; en cualquier caso, no sabemos ni nadie pregunta si César o Napoleón fueron buenos padres... ¿Ella? Entre otras cosas, fue declarada madre de las legiones a petición de esas mismas legiones”. Al parecer acompañó en casi todas las campañas militares a su esposo, a pesar de que a él no le gustaba: “Si se quedaba en Roma, sabía que acabaría siendo potencial rehén de la guardia pretoriana o de cualquiera que quisiera chantajear a su marido; una nueva demostración de que era más inteligente que él”.

La dinastía que acabó formando fue como una última frontera antes del inexorable desmoronamiento del imperio, que bien pudiera tener un símil con la situación de la Europa actual. “Se hace ese símil, pero el imperio romano duró mil años y con la prórroga del bizantino, 2.500 años. ¿Cuánto tiempo tiene la Unión Europea? Sólo decenios. Nos admira de Roma su perdurabilidad; y es de eso de lo que hay que aprender, de esa unidad administrativa, que a veces se reorganizaba, sí, pero que, con buen o mal gobernante, hasta en épocas convulsas mantenía esa administración conjunta de entidades tan diversas; la Unión Europea será fuerte y sus valores sobrevivirán en la medida que sepamos seguir todos juntos”.

Cree Posteguillo (Valencia, 1967) que el momento actual tendría su equivalente, en la historia del imperio romano, en “un periodo de cambio de dinastía, de los que Roma se salió en algún caso con inteligencia, como con Nerva Trajano, quien llevó los límites del imperio a su expresión máxima, pero demasiadas veces con guerras civiles; esperemos que Europa acierte ahora y nazcan líderes con la envergadura para conducir a la gente hacia la calma y la unión”.

Aquel imperio incluía también el norte de África: “Por vez primera, con Septimio Severo, lo dirigió un libio; pero es que Julia era de Siria, si bien a ella sí se la consideraba al inicio una peligrosa extranjera, en el marco del temor romano a la mujer oriental”, deja caer Posteguillo, con su seductora estrategia narrativa. “La mujer oriental no aceptaba el rol de comparsa, de sumisión femenina, como simbolizó Cleopatra; la sociedad romana era machista, pero aún así la mujer libre tuvo unos derechos, como el de divorcio, el aborto o el mantener fortuna propia, de las que no gozaron plenamente las mujeres hasta finales del XIX”.

Sobre la situación española, Posteguillo ya ha reconocido que el tema de Cataluña “no se arregla enviando legiones”, pero declina todo tipo de comentario más a partir de una premisa: “Cuando los presidentes de la Generalitat y del Gobierno opinen sobre mi novela, yo lo haré de su política; a ver si así conseguimos que lean; si lo hicieran, las cosas nos irían mejor”. A pesar de esa respuesta, siente que los escritores, en especial los de novela histórica --género que en España “viene a suplir una no muy buen tradición de divulgación histórica”--, tiene la posibilidad de dar respuestas “a dos preguntas vitales para la humanidad: de dónde venimos y adónde vamos; de lo segundo dan fe los de ciencia-ficción, que desde hace años hacen mayormente distopías, mientras los de novela histórica respondemos a la primera pregunta; ambos estamos intentado avisar de lo que viene”. Y con un punto de pesimismo, añade: “El siglo XXI es el XX acelerado y ya sabemos que acabó en una guerra mundial… Por ello, la peor Unión Europea es el mejor de los mundos posibles”.

Sí tiene un aire en la distancia corta, pero nadie diría que el césar de las novelas de romanos en castellano es profesor universitario en Castellón de literatura del XIX, momento en que la novela estalla y se convierte en el género de referencia. ¿Le sirve para sus libros? “Yo, por ejemplo, estoy utilizando la técnica de Tolstoi, cruzando varias historias, como hace en Guerra y paz”. Y se detiene: “Por las mañanas explico la cosa y por la tarde, en casa, intento aplicarla”. A un ritmo de dos años y medio por título, parece que le va saliendo.

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