Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Dudamel convence a la tercera

El director venezolano regala una magnífica versión de la Cuarta Sinfonía de Mahler

Gustavo Dudamel durante un ensayo en el Teatro Real el pasado mes de enero.
Gustavo Dudamel durante un ensayo en el Teatro Real el pasado mes de enero.

¿Una orquesta de cámara con 14 primeros violines (y de ahí para abajo: 12 segundos, 10 violas, 8 violonchelos y 7 contrabajos)? Cuesta creerlo, pero esa es la plantilla de la cuerda que utilizó Gustavo Dudamel en la excelente versión de la Cuarta Sinfonía de Gustav Mahler que acaba de dirigir en el Auditorio Nacional al frente de, valga la redundancia, la Orquesta de Cámara Mahler. Las dos anteriores visitas a la capital del director venezolano (a esta misma sala y al Teatro Real) habían dejado un amargo sabor de boca: una lectura muy desafortunada de la Novena Sinfonía de Beethoven, con su Orquesta Sinfónica Simón Bolívar; y, nada menos que con la Filarmónica de Viena, sendas interpretaciones anodinas de la Sinfonía fantástica de Berlioz y el Adagio de la Décima Sinfonía de Mahler.

Ha sido de nuevo el compositor austriaco, quizás el que más ha frecuentado a lo largo de toda su carrera, quien ha acudido esta vez en su auxilio y con la que es, para muchos, una de sus mejores composiciones, la tersa y poética Cuarta Sinfonía. En la primera parte, sin embargo, Dudamel había vuelto a sembrar dudas sobre su afinidad con ciertos repertorios. Su Tercera Sinfonía de Schubert fue, por lo general, apresurada y con sonoridades demasiado gruesas (12 primeros violines en este caso, demasiados quizá para esta música). Lo mejor fue, sorprendentemente, el Trío del Menuetto, pero aquí el mérito fue de los dos extraordinarios instrumentistas que cargaron con buena parte de la responsabilidad de tocarlo: la oboísta Mizuho Yoshii-Smith y el fagotista Guilhaume Santana. El primer Schubert tiene mucho de clásico, pero también hay frecuentes presagios de su estilo posterior. No es fácil dar con ese estilo transicional, a caballo entre dos siglos, pero directores como Nikolaus Harnoncourt (en sus dos grabaciones de la integral de las Sinfonías de Schubert con la Orquesta del Concertgebouw y la Filarmónica de Berlín) lo han conseguido. El Presto vivace final fue literalmente tal y la orquesta dio muestras de su enorme clase y virtuosismo, pero Dudamel no dejó que la música respirara y tuviera sentido y variedad en medio de tantas carreras.

Schubert: Sinfonía núm. 3. Mahler: Sinfonía núm. 4. Orquesta de Cámara Mahler. Dir.: Gustavo Dudamel. Auditorio Nacional, 21 de septiembre.

Desde el comienzo de la Cuarta Sinfonía de Mahler, con los mordentes y las corcheas staccato que reencontraremos luego en varios momentos de la obra tocados inmejorablemente por las flautas de madera de Chiara Tonelli y Júlia Gállego, quedó claro que Dudamel pisaba ahora territorios más afines. Ha dirigido la integral de las Sinfonías del austríaco a su orquesta venezolana y a la agrupación de la que es titular desde hace una década, la Filarmónica de Los Ángeles, y es un compositor por el que confiesa sentir una afinidad especial: de hecho, su triunfo en el Concurso de Dirección Gustav Mahler en Bamberg en 2004 marcó el comienzo de su irrupción internacional.

Los dos primeros movimientos fueron ágiles, frescos y, a pesar de la plantilla, había múltiples signos visuales y auditivos de que nos encontrábamos, efectivamente, ante una verdadera orquesta de cámara: por la manera de escucharse y por las continuas complicidades entre los músicos, por cómo reaccionaban a las indicaciones de Dudamel, mucho menos gesticulante que en el pasado, por la expansiva personalidad que irradian varios de sus músicos más veteranos. Requiere mención especial el concertino Raphael Christ, modélico en los solos para violín en scordatura prescritos por Mahler en el segundo movimiento. Pero lo mejor, lo que marcó el punto más alto del concierto, estaba por llegar. El tercer movimiento, Ruhevoll, está tan bien escrito y estructurado por Mahler que, a poco que se ciñan a la partitura orquesta y director, la emoción está garantizada. Dudamel lo dirigió especialmente bien, con gran sobriedad, modelando la cuerda como si fuera plastilina y dejando gran protagonismo a los soberbios instrumentistas de viento, una fiesta para los oídos durante todo el concierto. Al margen de su nacionalidad, merecen aplauso individualizado, aparte de los ya citados, el trompista José Vicente Castelló (perfecto técnica y musicalmente en todos y cada uno de sus solos) y el clarinetista Vicent Alberola (igualmente irreprochable), ambos aclamados con toda justicia en la tanda final de aplausos.

El último movimiento reservaba la sorpresa de la prestación solista de la soprano surafricana Golda Schultz, que convenció a todos con su frescura, su hermoso timbre, su simpatía, su excelente dicción alemana y su comprensión del humorístico texto de La vida celestial (no impreso ni traducido en el programa de mano, lo cual es reprobable, porque gran parte del público debió de sentirse más que perdido). Dudamel la acompañó, como pide explícitamente Mahler, con la máxima discreción y todos cosecharon un clamoroso y merecido triunfo. Si en enero fue imposible ver a uno solo de los instrumentistas de la Filarmónica de Viena aplaudir a Dudamel tras su concierto conjunto en el Teatro Real, la totalidad de los integrantes de la Orquesta de Cámara Mahler aplaudió larga y generosamente al final al venezolano, modesto y generoso a la hora de recibirlos, compartirlos y repartirlos. Normalmente los grandes directores contagian su personalidad a las orquestas que dirigen. Aquí la sensación fue justamente la contraria: que había sido esta orquesta nómada, plurinacional, sin sede fija, lugar de encuentro de extraordinarios músicos que creen en una determinada manera de hacer música, colectiva y solidaria, aprendida y compartida en sus orígenes con Claudio Abbado, la que había hecho mucho mejor al director.